Cobardía del fundamentalismo

Por Remei Margarit, psicóloga y escritora (LA VANGUARDIA, 21/07/07):

Según los medios de comunicación, en la mezquita Roja de Islamabad, en Pakistán, los yihadistas se parapetaban detrás de niños y niñas estudiantes de las madrazas, también detrás de las mujeres, tanto, que uno de los cabecillas intentó huir, bajo una burka, entre las mujeres que dejaron salir, aunque no le salió bien y fue descubierto.

Resultado de la operación de la toma de la mezquita por parte de del ejército pakistaní: centenares de muertos, también niños y niñas. No se sabe con exactitud, los números tan sólo son oficiales. Los imanes fundamentalistas siguen educando a los niños y jóvenes para el martirio,como lo llaman ellos, es decir para el nihilismo puro y duro, la muerte directamente, pero la de ellos, la de los jóvenes, nunca la propia. Convierten en proyectiles humanos a jóvenes a los que embaucan desde niños, envenenándolos con palabras altisonantes, preparándolos para la muerte como si fuera un privilegio, como si la vida de cada uno de ellos no fuese justamente el único valor que tienen.

En torno a ese desastre humano y político, cabe hacerse algunas preguntas: ¿cómo es posible que los servicios secretos del país ignoraran el arsenal de armas que había en la mezquita? ¿Cómo es posible que, sabiendo lo que allí se impartía, ya que la gente entraba y salía de ella, no se clausurara antes? ¿Cómo se explica que, ante la ideología de los imanes fundamentalistas, las madres dejaran ir allí a sus hijos e hijas a educarse?,y ¿qué pasa con esa escalada de nihilismo en los países islamistas, dónde están las personas moderadas y sensatas del país, de cada país?

También hay fundamentalismo en Occidente y lo hay en las más altas esferas del poder, pero el engranaje de las democracias tiene algo que decir sobre ello y lo hace, tal vez tibiamente algunas veces, pero pone límites a los desafueros.

El fundamentalismo no acepta límites de ninguna clase, tan sólo aquellos que dictaminan los que se han autoerigido en su representación – siempre se autoerigen, por cierto-, se basa en un cúmulo de tópicos a los que les otorgan las categoría de preceptos que no se hallan escritos en ninguna parte de ningún libro de los denominados sagrados. El islam no es fundamentalista, como no lo es el cristianismo ni el judaísmo; todo depende de cómo se lean los textos y de los énfasis interesados de quien los lee.

En España, en los años cuarenta, se extendió una clase de fundamentalismo nacionalcatólico que sufrimos en nuestras carnes los que entonces éramos niñas y niños pequeños. En nombre de Dios se llevaron a cabo atrocidades sin fin y se malearon jóvenes de mil maneras. La democracia puso punto final a todo ello, porque la voluntad de las gentes está más por la vida que por la muerte.

En Pakistán, el Gobierno deberá controlar y vaciar de fundamentalistas todas las mezquitas y madrazas que imparten sus enseñanzas. No es trabajo pequeño porque, por lo que parece, si a pocos metros de la sede del Gobierno la mezquita Roja se había convertido en un polvorín, es probable que haya muchos más por todo el país.

¿Y los niños y niñas? ¿Es que nadie en el mundo adulto piensa en ellos? Las Naciones Unidas deberían tomar carta en el asunto a escala mundial. La educación de los niños no se puede dejar en manos de la violencia, porque de otra manera la espiral de violencia no tan sólo no se acabará, sino que, como hacen esos cobardes fundamentalistas, se parapetará detrás de los niños, utilizándolos como escudos humanos, porque a la hora de enfrentarse al tan alabado martirio está claro, desgraciadamente, que los niños van por delante.