Cobardía

Noche del 13 de enero de 2012. El buque de recreo «Costa Concordia» choca contra unas rocas y se hunde frente a la isla italiana de Giglio. El capitán siempre es el último en abandonar su barco en caso de hundimiento, según la normativa universal de marinería. Sin embargo, el capitán Francesco Schettino, condenado a dieciséis años de cárcel por el naufragio, se lanzó a una de las barcas de emergencia y abandonó el buque en pleno hundimiento, cuando, a mayor vergüenza, él había sido el responsable de que el «Costa Concordia» encallara al haberlo conducido indebidamente saliéndose de su ruta oficial.

El caso de Schettino dio la vuelta al mundo acompañado de un adjetivo que nadie cuestionó: cobarde. Aunque habría que añadir también irresponsable. Si nos remontamos más de un siglo atrás, al 14 de abril de 1912, el propietario del «Titanic», Joseph Bruce Ismay, se convirtió en otro cobarde ilustre al ser uno de los primeros en abandonar su propio trasatlántico de lujo mientras se hundía entre los restos del iceberg contra el que había colisionado entre la niebla.

A Cataluña han intentado convertirla en un barco a la deriva en medio de la bruma independentista. Quienes lo han hecho, paradójicamente, son aquellos designados para todo lo contrario: para regirla, guiarla, gestionarla y atender las necesidades de los ciudadanos. En definitiva, quienes gobernaban y ahora han sido suspendidos en sus funciones por saltarse las leyes vigentes en el territorio español. Todos y cada uno de los consellers del gobierno intervenido, con su presidente a la cabeza, Carles Puigdemont, sabían perfectamente que sus actos cometidos fuera de los confines legales de la Constitución les conducirían a la actual situación, no sólo la de tener que abandonar sus cargos sino también la de los posibles efectos penales. Pero nada les importó. Siguieron sin salir de su realidad paralela. Y el barco cada vez iba más a la deriva. Las empresas fueron abandonando Cataluña (cuando los gobernantes independentistas, es decir que sólo gobernaban para una parte de los catalanes que ni siquiera es mayoritaria, defendían que ninguna empresa radicada en suelo catalán se marcharía). En el momento de escribir este artículo son ya dos mil trescientas. Hoy ese número habrá crecido.

Todos ellos estuvieron sacando pecho mientras lanzaban soflamas vacuas como las de «queremos la república para no ser súbditos de la monarquía» (gran desconocimiento de la evolución histórica gracias a la cual los españoles hemos dejado de ser súbditos para ser ciudadanos al estar sometida nuestra monarquía al funcionamiento parlamentario); «aspiramos a ser más libres» (¿en un lugar gobernado por quienes actúan fuera de la norma legal que garantiza escrupulosamente todos nuestros derechos y libertades, como es la Constitución española de 1978?); «preferimos la independencia para no tener la corrupción del PP y del Estado español» (con tan sólo una palabra, Pujol, no habría que decir más al respecto). Podríamos llenar páginas de este periódico desgranando las majaderías que han propagado quienes están llevando a Cataluña a una súbita recesión económica que contrasta con la paulatina –por más que pueda parecer lenta pero es innegable– recuperación económica de España tras la terrible crisis que hemos padecido.

Han enardecido a sus filas secesionistas haciéndoles creer que en nuestra democracia conseguida con sudor y renuncias, y hasta con sangre cuando se luchaba en el franquismo por conquistarla, se puede retar al Estado sin más. Pero sus argumentos se vacían, tornándose estériles, cuando al caer sobre ellos el peso de las consecuencias de actuar al margen de la ley se les encoge su falsa valentía. La cara de Artur Mas al conocer la multa de cinco millones impuesta por el Tribunal de Cuentas lo dice todo.

Abandonar el barco, dejar Cataluña con premeditación y nocturnidad para no ser visto, saliendo por carretera hasta Marsella y de allí en avión a Bruselas, es uno de los actos más cobardes y ruines que se han visto en nuestros cuarenta años de democracia.

Del histórico «Ja sóc aquí» («Ya estoy aquí») de Josep Tarradellas en su regreso del exilio en 1977 pronunciado en el balcón de la Generalitat, hemos pasado al «Ya estoy donde no podéis atraparme» de Puigdemont desde Bélgica en 2017 resistiéndose a la Justicia española mientras los suyos están encarcelados. En 1977, apenas estrenando adolescencia y sin que importara compartir o no el ideario político de Tarradellas, me sentí orgullosa de vivir en un país que recibía a un presidente tras años oscuros de dictadura. Ahora, en cambio, no puedo sentir más vergüenza como ciudadana nacida en Cataluña, de padres que emigraron de Andalucía, al tener que presenciar, como el resto de millones de españoles, el bochornoso espectáculo que está regalando a Europa el presidente de la Generalitat destituido. Porque por más que se empeñe en su realidad paralela, Puigdemont ya no preside nada, ha dejado el cargo, sus funciones y, por lo que parece, también la vergüenza necesaria para gobernar, con la cara bien alta, una zona de España llamada Cataluña.

En estos días convulsos y espesos, la comunidad internacional les ha dado la espalda. Bueno… cuentan con el apoyo de Yoko Ono, Julian Assange, Nicolás Maduro, Pamela Anderson… Así ya se puede sacar adelante una secesión.

Y mientras Puigdemont persiste en el ridículo de hacer creer al mundo que en uno de los países más garantistas de Europa, como es España, hay presos políticos, yo intentaré abrazar el sueño del pasado, aquellos tiempos en los que Cataluña tuvo otros presidentes de mayor altura y calado. Políticos valientes que antepusieron el interés de su pueblo a los suyos propios, con principios morales en los que jamás se contempló la cobardía.

Tal vez Puigdemont crea que se está preparando su lugar en la Historia. Es posible, porque a la Historia no sólo pasan los héroes sino también los cobardes.

Mari Pau Domínguez, escritora y periodista.

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