Códigos culturales

El pasado 21 de noviembre la Sala de lo Criminal en el juzgado de Coutances (La Mancha) absolvió a un inmigrante musulmán de Bangla Desh del delito de violación por «no tener el acusado los códigos culturales» necesarios1 y pese a haber sido condenado a dos años de prisión por otra infracción similar acaecida en 2015. El tribunal suspende provisionalmente esta última condena y le pone en libertad. El personaje, al parecer, es un portento: durante el interrogatorio en la comisaría de Saint Lô hubo de colocarse un agente entre él y la traductora porque intentaba palparle los glúteos, dicho sea finamente. El tribunal atendió los argumentos de la defensa: carencia de los códigos culturales franceses que, irremisiblemente, enviarían a un nacional a la cárcel por el mismo delito; visión la del inmigrante que justificaría su mal concepto moral sobre las francesas y por consiguiente los actos que pueda cometer, con vía libre para correr Francia adelante sin más «códigos culturales» que los suyos. Bingo.

Códigos culturalesDesconozco si a estas alturas se mantiene en el país vecino la obligación que va de soi y ni siquiera requiere de normativa escrita, de que la gente acredite su personalidad cuando es preciso, otro de los puntos de fricción con musulmanes, que pretenden quedar, en Europa, al margen de las leyes y obligaciones de todos, con un estatuto legal distinto, su objetivo último. Es decir, no sé si podría repetirse el caso de una pareja que -en Limoges, ABC, 14.02.06- decidió renunciar a su boda ante la exigencia del funcionario municipal de que la novia demostrase ser quien decía, descubriendo su rostro, lo que bien mirado no es gran cosa. Y con feroz bronca e improperios de los familiares, quienes alegaban «atentado contra su intimidad». Multiculturalismo en estado puro, bien alentado, azuzado y nutrido por oenegés de esto y aquello, subvencionadas o no, inconscientes o despectivas ante el daño que originan a los derechos individuales, a la igualdad jurídica de todos los ciudadanos y aun a la misma libertad. Ignoro si en Francia, aun de manera esporádica, pueden suceder casos semejantes, pero lo de Coutances eriza los vellos. Sí sé que la pañoleta de las niñas se prohibió en las escuelas, como era de razón, y no pasó nada, mientras en España coló en toda la línea y ahí sigue (inolvidable la intervención del Sr. R. Gallardón, en El Escorial: después plañen porque no les votamos, qué risa). Y también conozco dos casos concretos en que la musulmana (si es que era mujer y pertenecía a esa religión) actuó sin oposición alguna ante el escapismo y cobardía de las supuestas autoridades españolas (universitaria en un caso; gran preboste autonómico en otro), con triunfo total de sus códigos culturales, del multiculturalismo y la diferenciación confesional.

Obviamente, el caso del violador de Normandía ha pasado desapercibido en las páginas del periódico regional La Mancha Libre y sin que las feministas y Femen de por allá acudan a las mezquitas a organizar sus habituales aquelarres de mal gusto que, por supuesto, condenaríamos. Es la misma arbitrariedad oportunista que por acá padecemos: petición callejera de agravamiento implacable de las penas contra los cretinos bestiales de La Manada y silencio absoluto frente a casos infinitamente más brutales y sangrientos. Sólo citaré uno: la violación y asesinato -horrendo- de Sandra Palo, que sólo mereció fotos con su destrozada madre de políticos que prometían reformar la Ley del Menor para impedir impunidades, del Código Penal, de la ley de Enjuiciamiento Criminal, meses antes de no hacer absolutamente nada una vez ganadas las elecciones; y si el silencio de las feministas progres se rompía (poco) era para concluir, buenistas, que «el criminal es una víctima de la sociedad», o «execra el delito y compadece al delincuente», con ojos en blanco y fervorosa memoria de Benedetto Croce. Ya ves tú. ¿Qué código cultural específico estaban aplicando las feministas de izquierda a los asesinos de Sandra Palo y cuál endosan a los cretinos bestiales de La Manada?

Pero la confrontación de «códigos culturales» otras veces adopta un cariz menos trágico, más risible, como la penúltima ocurrencia de los animalistas -como buenos progres, obsesionados con meter mano al idioma: creen que cambiando las palabras modificarán los objetos y los actos- de sustituir el tiro de los dos pájaros con la gazmoña cursilada de «Alimentar a dos volátiles con un mismo panecillo» (para que dijeran, en tiempos, de las famosas Ursulinas) y sin caer en la cuenta de que están atentando contra el lenguaje «inclusivo»: se olvidan de pormenorizar «un pájaro y una pájara», con perdón. Y conste que de la melonada de la «escritura inclusiva» tampoco se libran los vecinos transpirenaicos, con intervención del mismo Gobierno francés ante el volumen de bobadas, algo impensable en la España actual. La resistencia de la lógica lingüística es tan fuerte que no han conseguido imponer sus genialidades, ni aquí ni allá, pero sí consiguen enturbiar la convivencia creando problemas artificiales que nada remedian de las dificultades y conflictos de las mujeres (y de los hombres).

En otras ocasiones, nuestros códigos culturales, en manos de acomplejados más bien ignorantes, se disfrazan con eufemismos. Se interioriza el terror a decir «negro», sustituido por «subsahariano», con lo cual los negros de América se quedan sin gentilicio. Como sucede con «moro». En uno de mis primeros viajes a Cuba me ocurrió algo que me curó por completo de seguir enmascarando la palabra con «de color». Dando una clase en la Universidad de La Habana, hablé de «una persona de color», a lo que un negro sentado en primera fila me interrumpió con la pregunta «¿De qué color?». El hombre tenía razón al rechazar todo el paternalismo, los complejos y la cobardía de nuestro mundo occidental, convencido de que con palmaditas en el hombro se arreglan los conflictos de siglos. Desde entonces -y van veinticinco años- no he vuelto a usar tan tontorrona expresión, con gran alboroto del gallinero patrio cuando he llamado, en público, negros a los negros y moros a los moros. Para mí la cosa está clara: el matiz peyorativo lo trae la circunstancia en que se produce y la intención, visible, de los hablantes o -y esto es más delicuescente- de los oyentes. Y dado que en España se vuelven a perseguir los delitos de opinión (sólo de un lado: ultraizquierdistas y separatistas no más ejercen su derecho a la libertad de expresión), andémonos con ojo tan sólo por hablar en español.

De Colbert, Pierre Loti, Gobineau -odiosos colonialistas y más nada- hablaremos otro día, bien entreverados con sus malvados compadres Colón, Fr. Junípero Serra, Vitoria, Vasco de Quiroga, Elcano, Orellana o Juan de la Cosa, condenados todos a quedarse sin calle ni nombre en institución alguna. Todo sea por los salvíficos códigos culturales nuevos.

Serafín Fanjul es miembro de la Real Academia de Historia.


(1) Nota de la redacción: la anécdota acerca de la absolución de un inmigrante por «no tener el acusado los códigos culturales» necesarios fue publicada en varios medios de comunicación franceses que la dieron por buena. Sin embargo, parece ser que se trata de una noticia falsa.

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