Colapso de las redes sociales y salud mental

La repercusión mediática del colapso que se produjo durante tres horas el 6 de agosto de la red social Twitter contrasta con el descuido con que la población se desentiende de las consecuencias dramáticas del escaso apoyo que recibe la lenta disolución de las redes sociales de los enfermos mentales en los últimos decenios en nuestro entorno.

Aunque el concepto de ‘red social’ se remonta a los antropólogos y a sociólogos de principios del siglo XX, se suele aceptar que el término fue acuñado por Barnes en 1954 para caracterizar los vínculos sociales de «las personas que se relacionan las unas con las otras, utilizan tiempo conjuntamente, se gustan o disgustan las unas a las otras y se dan o piden cosas recíprocamente».

A partir del interés de los medios de comunicación digital por las redes sociales (que se remonta, al menos, a 1995, cuando Randy Conrads creó el sitio web classmates.com.) el interés se dirigió desde la sociología a otros campos, como a favorecer el contacto de antiguos compañeros de universidad, a facilitar la búqueda de empleo, etcétera. Hacia 2002 se extendió el objetivo a promocionar las redes de círculos de amigos en línea que derivaron en los sitios de redes sociales (SRS) de los que los más exitosos han sido hasta ahora MySpace, Facebook, LinkedIn y Twitter. Aunque inicialmente la finalidad de estos instrumentos fue facilitar la interconexión entre individuos, lo que conlleva un efecto psicológico beneficioso, pronto fueron utilizados con fines de influencia sobre las actitudes sociológicas o políticas de sus millones de usuarios. Así se dice que han influido decisivamente en algunos conflictos internacionales recientes, y que incluso el equipo de Obama planeaba utilizarlos en su campaña de modificiación del sistema de salud estadounidense. Esta perversión de su objetivo inicial no ha impedido que innumerables usuarios sintieran verdaderos ‘síndromes de abstinencia comunicacional’ ante la privación de tres horas que sufrieron tras el ataque pirata.

Hace un cuarto de siglo se diseñaron instrumentos para medir las redes sociales en epidemiología. El más completo fue el que utilizamos en la tesis doctoral de Eduardo Sota para estudiar la población de Getxo en relación con su patología psiquiátrica. Fue adaptado al castellano a partir del que pusieron a punto J. I. Escobar y colaboradores en sus estudios en EE UU. Actualmente se han desarrollado herramientas para analizar amplísimas redes (disponibles en NetWiki) pero que no han sido utilizadas en epidemiología. Con ellas se han podido realizar investigaciones interesantes, como el grado de ‘felicidad’ que parece correlacionar en los integrantes de algunas redes sociales estudiadas. O un análisis sobre gemelos adolescentes que parece demostrar que algunas características de la red social son genéticamente condicionadas.

Sin embargo, las aplicaciones variadas y de uso inmediato auspiciadas por el extraordinario poder de la Red han relegado a un segundo plano el papel fundamental de las redes sociales en el campo de la salud, en especial en el dominio de la salud mental, en el que el número de investigaciones ha disminuido paralelamente al crecimiento exponencial de esos otros abordajes. Sin embargo, es seguro que en un futuro próximo asistiremos a un enriquecimiento mutuo. En efecto, el concepto de redes sociales es inherente a la noción más general de ‘sistemas de apoyo sociales o comunitarios’, que se ha visto tiene efectos muy importantes en el pronóstico de las enfermedades mentales.

Las enfemedades psiquiátricas presentan frecuentemente tendencia a la cronicidad, lo que se debe combatir con el desarrollo de recursos asistenciales de apoyo en el seno de la comunidad que pretende facilitar al enfermo una adaptación a su medio. Se suele distinguir entre los sistemas de apoyo formal e informal. Entre los elementos formales se incluyen las intervenciones médicas, los centros de rehabilitación, las viviendas protegidas, etcétera. Como elementos informales de apoyo se describen diversas redes sociales preexistentes que, aunque pudieran estar bien organizadas, no son vistas por los participantes como destinadas al tratamiento o la rehabilitación de los enfermos psiquiátricos. Se ha demostrado que, en contraste con los individuos sanos estudiados en la comunidad, los individuos psíquicamente perturbados tienen una red social de menor tamaño que proporciona menor apoyo emocional, información y ayuda instrumental. Numerosos trabajos demuestran que el apoyo social protege de la aparición de trastornos físicos y mentales.

Las redes sociales ‘que apoyan’ han sido consideradas como protectoras respecto a la psicopatología de la neurosis y de la depresión, pero es la esquizofrenia la entidad más frecuentemente escogida para ilustrar el efecto deletéreo de algunas redes. Investigaciones sobre la consecuencia de la pérdida del apoyo social (por muerte, divorcio, separación, emigración…) han demostrado que, cuando una persona no tiene vínculos sociales activos o cuando los pierde es mucho más probable que enferme física o mentalmente.

Las intervenciones dirigidas a modificar las características de las redes mejoran según algunos estudios el pronóstico de la esquizofrenia y de otros trastornos. En el contexto de las acciones encaminadas a modificar las características indeseables de las redes sociales hay que contar de manera preferente con los llamados ‘grupos de ayuda mutua’, como Alcohólicos Anónimos en el caso del alcoholismo, que han demostrado ser poderosos recursos terapéuticos. Tales grupos se van extendiendo a sujetos que presentan otros problemas.

La sociedad en la que vivimos está presenciando el lento pero imparable deterioro de las redes sociales, que dificulta la atención a nuestros enfermos crónicos. Es de esperar que en el futuro próximo, ayudándose con los recursos de la Ley de Dependencia, los indudables progresos realizados con los métodos de Internet puedan ser aplicados para beneficiar a esa sufrida población.

José Guimón, catedrático de Psiquiatría de la UPV-EHU.