Colombia debe superar la polarización que la divide

El voto por el No en Colombia no solo fue contra el acuerdo y las desprestigiadas Farc, sino contra un presidente cuya baja popularidad ha sido producida en gran medida por la oposición ejercida por su antecesor. Credit Leonardo Munoz/European Pressphoto Agency
El voto por el No en Colombia no solo fue contra el acuerdo y las desprestigiadas Farc, sino contra un presidente cuya baja popularidad ha sido producida en gran medida por la oposición ejercida por su antecesor. Credit Leonardo Munoz/European Pressphoto Agency

Con la ayuda de las lluvias torrenciales del huracán Matthew que bordeó el Caribe colombiano —una región mayoritariamente favorable al gobierno—, ganó el No en el plebiscito celebrado en Colombia. El paso lógico en una democracia normal, tal como lo hizo el presidente Juan Manuel Santos, fue aceptar enseguida este veredicto político, aunque la mayoría obtenida haya sido por una fracción mínima (menos de medio punto porcentual), e invitar a todas las fuerzas políticas, especialmente a la oposición que lidera el expresidente Álvaro Uribe Vélez, a que se sumen a una posible reapertura de la mesa de conversaciones con las Farc. Si ello se concreta, tendrá que dedicarse buen tiempo y esfuerzo a negociar políticamente una versión reformada del acuerdo de paz.

Las Farc ratificaron enseguida que no hay marcha atrás en su compromiso de paz, aunque lamentaron el resultado de la consulta electoral. El uribismo, a su vez, ya ha dicho que no está en contra de buscar la paz, sino de aspectos críticos del actual acuerdo, como la ausencia de penas de cárcel a los guerrilleros en el modelo de justicia transicional diseñado, lo que denuncian como signo de un pacto favorable a la impunidad.

Aunque se abra un diálogo político, la salida de este laberinto será muy compleja, porque lo que ha movido los hilos por debajo de la dura campaña que triunfó con esta decisión política tan sorprendente, es un enconado duelo entre Uribe y Santos.

El voto adverso no solo fue contra el acuerdo y las Farc, sino contra un presidente cuya baja popularidad fue producida, en gran medida, por la implacable oposición ejercida por su antecesor y transitorio aliado político. Ese ha sido un problema central pero no evidente de la búsqueda de la paz estos años: la guerra que se ha venido dirimiendo no es solo contra las Farc, sino una despiadada lucha por el poder en las élites de Colombia.

Desilusionado con Santos a los pocos meses de su primera elección en 2010, Uribe lo acusó de traición y comenzó a atacarle incansablemente. Su principal instrumento ha sido su cuenta de Twitter, que llega a 4,5 millones de seguidores y repetidores de sus decenas de mensajes diarios contra Santos y su gobierno. Ha sido una impresionante gesta de comunicación política que le sirvió para reconstituir su poder político desde las redes sociales, influir en la opinión pública y dañar la imagen de Santos. Su principal caballo de batalla ha sido cuestionar las conversaciones de paz con la guerrilla, calificándolas como un grave riesgo de retroceso para la democracia y la seguridad del país, y usando como metáfora política de la supuesta traición de Santos su entrega al “castrochavismo”, refiriéndose a la alianza entre el régimen cubano y el venezolano.

Santos, por su parte, que fue elegido inicialmente con el lema de la seguridad democrática legado por Uribe, abandonó ese discurso para diferenciarse y no ha capitalizado políticamente las mejoras sustanciales en las condiciones de seguridad logradas en los últimos años. Óscar Iván Zuluaga, de hecho, candidato del partido de Uribe, alcanzó a ganar en la primera vuelta de las pasadas elecciones, y Santos logró salvar su reelección en la segunda vuelta solo con una apuesta extrema por el proceso de paz.

Durante la veloz campaña de este plebiscito, el ambiente político ha sido de gran polarización y desconfianza, alimentadas con rumores amenazantes en las redes sociales.

Pero lo más importante ante el fracaso del Sí, lo que reclama la sociedad civil ante la nueva crisis política, es tratar de salvar los avances en pacificación de los cuatro años de cuidadosas negociaciones con las Farc, con el acompañamiento de la comunidad internacional. Que la guerrilla no vuelva a la lucha armada, el narcotráfico y el terrorismo. Que no haya más víctimas. Que se inicie la construcción de la paz territorial en las regiones pobres más afectadas por la violencia.

El promisorio diálogo que ha ofrecido abrir el presidente Santos será extraordinariamente retador, porque podría terminar convertido en otro episodio de la guerra por el poder de cara a la elección presidencial de 2018. Podría también abrir espacio a opciones complicadas como la convocatoria de la asamblea constituyente que en algún momento han planteado las Farc y que también parece ser de interés del Centro Democrático.

Lamentablemente, Colombia está dividida por mitades. Ojalá el país logre salir pronto del pantano de la polarización y pueda llegar a consensos políticos esenciales; de lo contrario, podría estancarse como sociedad, como economía, como democracia. Es hora de pedir a los líderes de los partidos que con generosidad y patriotismo opten por una actitud de paz y diálogo en su propia competencia política, para que la guerra pueda cesar definitivamente y se avance a un gran acuerdo nacional de paz, con Uribe y Santos en la foto.

Jaime Abello Banfi es director general de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI).

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