Colombia: el duro camino de la paz

He vivido momentos de euforia tras la firma de varios acuerdos de paz. Por supuesto me unía a la esperanzada alegría del momento, mientras esperaba poder decirles que iniciaban un duro y largo camino. Les recordaba: «en España acabamos una guerra en 1939 y aun parte de nuestra sociedad la remueve».

Vemos cómo ha rebrotado la crisis social en Nicaragua tras los esfuerzos de la comunidad internacional y de los propios nicaragüenses, por acabar aquella guerra entre sandinistas y «la contra» a finales de 1989, al amparo de unas elecciones que ganó Violeta Chamorro que parecían significar un cambio importante de régimen y de convivencia de un pueblo entrañable.

El difícil proceso de paz que llevó al gobierno colombiano del presidente Santos a firmar una salida política a cincuenta años de terror propiciados por las FARC, dejó tres flecos importantes sin cubrir: el primero el de quienes consideraban que su Gobierno había cedido demasiado y lo manifestaron en las elecciones presidenciales que llevaron a Iván Duque en agosto de 2018 a la Casa Nariño; en segundo lugar los grupos disidentes de las FARC que no aceptaron el acuerdo de paz y siguen en el monte; el tercero y más importante, el del ELN. Con este grupo se reiniciaron conversaciones en 2017 en Quito al amparo de la Iglesia Católica (no olvidemos su procedencia de cierta interpretación de la Teología de la Liberación) y continuaban actualmente en La Habana bajo el mismo formato y amparo con que la diplomacia cubana propició el acuerdo con las FARC.

En una acción criminal difícil de justificar, el pasado jueves 17 estallaba una carga de 80 kilos de pentolita en la Escuela de Policía de Bogotá dejando 21 muertos y cerca de un centenar de heridos. El indiscutible pulso y chantaje al actual gobierno lo ejecutaba un veterano del ELN –Jose Aldemar Rojas (a) Kiko– que se inmoló precipitando su vehículo contra un dormitorio de alumnas. Dos interrogantes se plantearon enseguida: nunca entre estos grupos terroristas «cristianos» como ETA, –a diferencia de los miembros de la yihad– se ha llegado al sacrificio personal; dos: el empleo de pentolita explosivo militar de difícil fabricación artesanal es inusual y se indaga su procedencia. Se han cortado las conversaciones de La Habana y el Gobierno ha activado una orden internacional de detención contra sus dirigentes. ¿Qué tenía en su cabeza Kiko? ¿Chantajear al Gobierno o romper la negociación de sus compañeros? Ya el año pasado por estas fechas el ELN asesinó a 5 policías e hirió a otros 15, por medio de un paquete bomba en una comisaría de Barranquilla, la capital del departamento Atlántico normalmente alejado de acciones terroristas.

Las conversaciones con el ELN, activo desde hace 54 años, se pierden en la noche de los tiempos. Los mayores esfuerzos proceden de la presidencia de Pastrana muy bien apoyado entonces por el gobierno español de Aznar. Había muerto en 1998 por hepatitis Manuel Perez el cura aragonés heredero del también clérigo Camilo Torres. Con mas de 9.000 víctimas asesinadas o secuestradas desde sus comienzos, cerca de 5.000 pertenecen al período 1998-2002 de presidencia de Pastrana, coincidiendo con sus esfuerzos en pro de la paz.

Con el incierto número de 1.500 efectivos, dirigidos por Nicolás Rodriguez Bautista (a) «Gabino», el ELN sigue viviendo en zonas rurales y mineras particularmente en departamentos cercanos a Venezuela como Arauca de cuyo frente «Domingo Laín» procedía «Kiko». De ahí las sospechas sobre la procedencia de la pentolita.

No es nueva la relación entre actividades terroristas y conversaciones de paz. Siempre los subversivos «calientan» el ambiente buscando la debilidad de un gobierno o la incertidumbre de períodos electorales. Al ELN se le contabilizan 42 acciones en 2015, que se incrementaron a 186 en 2016, a 130 en 2017 y 163 el pasado año, signos de una «manifiesta y clara voluntad de alcanzar la paz». Retiene en la actualidad a 16 rehenes entre ellos los tres tripulantes de un helicóptero abatido el pasado 11 de Enero.

Como tampoco son nuevas estas secuelas tras conflictos de muchos años. Unas generaciones han crecido en este ambiente pensando que solo se resuelven los conflictos sociales a tiro limpio. El propio «Gabino» (68) entró en el ELN con 14 años.

Los acuerdos de paz deben representar no solo justicia y reconciliación sino también cultura de confianza y reinserción. No. No es fácil.

Pero hoy, el ELN debe responder ante la opinión pública internacional y la propia colombiana de este crimen, o bien desmarcándose de la acción de uno de sus miembros o bien cambiando claramente de actitud en las negociaciones.

Alguien que cree conocerles y se comprometió por ellos, les aconseja: ¡no lo duden!

Luis Alejandre

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