Colombia en octavos: un triunfo a ritmo de tambores

 Yerry Mina dio un cabezazo para el gol contra Senegal. Credit Manan Vatsyayana/Agence France-Presse — Getty Images
Yerry Mina dio un cabezazo para el gol contra Senegal. Credit Manan Vatsyayana/Agence France-Presse — Getty Images

Esta es la historia de dos equipos distantes que, sin embargo, están emparentados.

Lo están, en principio, porque comparten una creencia que podría enunciarse de la siguiente manera: hay que bailar hasta que venga la muerte.

Los camarógrafos encargados de cubrir a la selección de Senegal en Rusia nos han mostrado cómo sus integrantes convierten cada entrenamiento en una jarana. Cantan, palmotean, danzan.

En las muchas regiones afrocolombianas donde se juega fútbol está generalizada la misma idea: la pelota se conquista con pies bailarines. Luis Antonio Biohó, un viejo profesor que tenía una escuela de fútbol en Tumaco (en la costa pacífica), hacía los exámenes de admisión no con pruebas para los muchachos con el balón sino poniéndolos a danzar: “Quien baila bien, juega bien”, decía.

Tal concepto ha imperado también en el resto del país; es decir, en la Colombia mestiza. Durante años hemos cultivado un preciosismo estético más relacionado con el baile que con el espíritu competitivo. Se nos facilita el baile guaguancó y se nos dificulta ganar.

Muchas de nuestras selecciones del pasado la tocaban cortita, la tocaban larga, tiraban un caño inesperado, armaban una pared imposible y, cuando quedaban mano a mano con el arquero, fallaban. Si el fútbol se hubiese concebido como recreación sin responsabilidad —si no existieran los arcos, si se jugara por la única gracia de someter a la pelota y convertirla en un trasto de hechicería—, tendríamos varios títulos mundiales.

Senegaleses y colombianos nos parecemos, además, en que durante un largo periodo fuimos capaces de convertir los apagones propios del subdesarrollo en una oportunidad para conversar. El reportero Ryszard Kapuscinski contaba que en una aldea senegalesa donde no había energía eléctrica, los habitantes compraban por las noches una linterna china de un dólar y se ponían a contar historias. “Era ese el momento más literario, más bello, más fantástico del día”, dijo.

En el pasado muchas poblaciones colombianas respondieron de la misma manera ante la falta de energía eléctrica: fútbol durante el día y tertulias durante la noche. Acaso fue así como se forjó nuestro estilo expositivo. Porque a la selección de Colombia se le podría describir con esta maravillosa frase de Jorge Valdano: juega “como en tiempos en que se sacaba la silla a la calle y se hablaba con los vecinos”.

Un pase para allá, es decir, un cuento; otro para acá, es decir, una nueva historia. En Colombia y Senegal, jugar es narrar. Aquí y allá, oír contar historias es como leer con los oídos. Por eso el poeta senegalés Léopold Sédar Senghor decía que cuando un viejo de su país muere, es como si se incendiara una biblioteca.

Dije al principio que en ambos países se cree en aquello de que hay que bailar mientras viene la muerte. Bailar y contar, añado ahora. Quien puede bailar, tiene vida para contarlo; quien puede contarlo, tiene motivos para seguir bailando.

En la Colombia afro, como en el Senegal profundo, la muerte no inspira temor: es tan sólo el último capítulo de la vida vivida y el primero de la vida que vendrá después. Cuando alguien está moribundo, alguno de sus conciudadanos toma un tambor y se va a golpearlo en la montaña más alta. Es su manera de avisarles a los difuntos que pronto les llegará nueva compañía.

Así, entre tambores, uno de los dos parientes, o Senegal o Colombia, iba a morir hoy en el Mundial.

Pensándolo bien, no es que simplemente se trate de equipos emparentados: Por las venas de nuestra selección corre sangre africana, así que es una gran justicia poética que un jugador afro haya anotado el gol del triunfo colombiano.

Parodiando al poeta Jaime Jaramillo Escobar, podríamos decir que Yerry Mina estiró “su largo pescuezo para beber agua en las totumas, para husmear el cielo, para chuparle la leche a los cocos, su pescuezo largo para dar gritos de colores con las guacamayas”.

Estiró su pescuezo hermoso de abuelo bantú y metió un golazo que eliminó a sus desconocidos hermanos, un golazo que desató los tambores comunes y prolongó el latido eterno del corazón africano.

Alberto Salcedo Ramos.

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