Colombia, una esperanza sin condiciones

Por José Obdulio Gaviria Vélez, periodista y académico colombiano (EL PAÍS, 29/12/06):

Hasta agosto de 2002, Colombia sufrió curiosa acefalia, producto de una enrevesada concepción del ejercicio de la autoridad pública y de la mala caracterización del origen y contenidos de la violencia terrorista. Me explico: dijeron los analistas que la violencia de las FARC y del ELN era "oposición armada" cuasi legítima, pues era resistencia contra la "inequidad y la injusticia estructural de la sociedad colombiana". En consecuencia, aconsejaron que el Estado no se enfrentara a los terroristas porque sería ejercer "represión violenta contra los luchadores populares". Los tratadistas, propios o importados, propusieron hacer, más bien, "inversión social", no represión. En lugar de presencia policial, pidieron despeje de territorios y "solución política negociada". Todos terminamos pagando los platos rotos que produjo esa política ultraliberal: hubo desmesurado crecimiento de los homicidios y secuestros, y cundió el desplazamiento forzado. Dos décadas perdimos los colombianos en ese callejón sin salida: llegamos a tener 200 municipios sin policía y 400 alcaldes de elección popular amenazados por guerrilleros y paramilitares. Y, claro, no hubo inversión (ni social ni de la otra), porque al último lugar al que quisieran ir los inversionistas es donde no lleguen los policías.

Cuando desaparece la presencia civilizadora de la fuerza pública, el espacio lo llena el caos paramilitar. Basta repasar la historia de la Alemania post-Tratado de Versalles: a su ejército lo sustituyeron las bandas paramilitares nazis o comunistas. Hoy, tras cuatro años largos de ejercicio firme y democrático de la autoridad por parte del presidente Álvaro Uribe, la presencia terrorista está menguando y la de la fuerza pública llega a los cuatro puntos cardinales. ¿Cómo lo ha hecho Uribe? ¿Se ha dedicado, acaso, a ejercer una rabiosa represión? ¿Ha conculcado los derechos y garantías de los ciudadanos? Al contrario. Si se le hace un seguimiento a las páginas electrónicas de los terroristas colombianos o se leen los artículos más virulentos escritos por gentes como James Petras, Alberto Pinzón o Jordi Borja, por ejemplo, observamos que hacen referencia al alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón; al gobernador del Valle del Cauca, Angelino Garzón, y al crecimiento del Polo Democrático, partido de izquierda al que esos gobernantes locales pertenecen. Todos, además, citarán artículos de medios como Semana, Cambio y El Tiempo. Pero ¿es posible que un régimen tiránico y paramilitar permita que gane elecciones locales la oposición y que abunde el periodismo libre?; ¿que existan cordiales y respetuosas relaciones entre el Gobierno, los opositores y la prensa?; ¿que sea común que senadores y periodistas debatan pública y enérgicamente? ¿No vieron los españoles, en su propia casa, a un Uribe que pidió a sus encarnizados enemigos de Amnistía Internacional que hicieran sus críticas delante de él para poder responderlas?

Los maniqueos son la contrapartida de la visión democrática de la sociedad. Ven sólo blanco y negro; buenos y malos. Eso pasa si llegan a España, a Colombia o a Cafarnaún. En el caso de Colombia, vienen y ven sólo uribistas y antiuribistas. Si toman el punto de vista de los unos, nos describen como una arcadia feliz guiada por un líder magnánimo y justo; si de los otros, nos maldicen como una satrapía asesina que obliga a los pobres a vender su sangre para poder comprar un vaso de agua. Gracias a Dios, los maniqueos son los menos. Un español común que llegue a Colombia verá -como es natural- que somos un país pobre, sí, pero con un ímpetu de crecimiento que asombra; y que ese crecimiento no es resultado de que nos hayamos ganado una lotería petrolera, sino que responde a la inversión interna y externa; y que esa inversión es producto de la bonanza de confianza que hoy se vive; y que esa confianza (los mejores exponentes de ella son los empresarios españoles y chilenos) nace de la percepción de que hay paz y estabilidad política y vigencia de la seguridad democrática. Verá nuestro visitante, también, que el mayor ingreso fiscal se está invirtiendo en mejor oferta de salud, formación para el trabajo, subsidios a niños, ancianos y mujeres cabeza de familia, y construcción de infraestructura pública en beneficio de los más. Verán, en fin, una democracia.

¿Cómo logró Colombia que renaciera la confianza? Primero, con el ejercicio firme de la autoridad. En agosto de 2002, guerrilleros y paramilitares campeaban y hacían de las suyas en casi todas partes. Al final de ese año, con sólo ejercer el mando de la fuerza pública, Uribe recuperó el tránsito por las carreteras, disminuyó la destrucción de infraestructura, los homicidios y los secuestros. Pero, y eso es lo que no concebían los esquemáticos de la izquierda, a los perseguidos (guerrilleros y paramilitares, todos a una) les ofreció una salida digna: desmovilizarse y reinsertarse a la vida honrada. Más de 32.000 paramilitares y 10.000 guerrilleros ya dieron el paso. Entre los que no, muchos han sido dados de baja o fueron capturados y juzgados.

La opinión pública internacional va a sufrir constantes andanadas de la propaganda proguerrillera. Les dirán que unos jefes paramilitares que negociaron su desmovilización están escenificando un sainete y que sus estructuras mafiosas y asesinas están intactas. La OEA, en cambio, les podrá certificar que ha habido la más grande entrega de armas que se conozca por una fuerza irregular, que sus jefes están en una cárcel de máxima seguridad; y que ya puestos a buen recaudo los jefes, las víctimas han perdido el temor y los están denunciando a ellos y a sus cómplices y testaferros políticos, varios elegidos para el Senado, la Cámara de Representantes o como alcaldes y gobernadores. Muchos militaban últimamente en las fuerzas políticas uribistas; antes lo hacían en el Partido Liberal. Es natural. Los políticos corruptos siempre están cerca de los gobiernos: fueron antiuribistas cuando Uribe estaba fuera de juego y se le acercaron cuando llegó al gobierno. Pero lo que cuenta en Uribe es que ha sido rígido como un riel: ha pedido que caiga sobre ellos la fuerza de la ley. Él como gobernante ha creado las condiciones para que las acciones clandestinas de antes y las de hoy sean develadas. A diferencia de lo que ocurría -que los gobiernos hacían la vista gorda-, hoy están creadas condiciones para que haya verdad, justicia y reparación. Uribe aplica la misma dosis para terroristas de izquierda y de derecha, todos nutridos y alimentados por la renta infinita de la coca. Por eso, igual ocurrirá, más pronto que tarde, cuando el ELN dé el paso de desmovilizarse, y sus militantes comiencen a señalar a sus auxiliadores y cómplices en la comisión de secuestros y voladura de oleoductos: tendrán que confesar sus tropelías contra el pueblo si quieren gozar de las penas alternativas decretadas por el Congreso.

Porque hay una democracia en ascenso y perfeccionamiento, Colombia vive hoy una bonanza de confianza inversionista. Y ningún propagandista anticolombiano, por más poderoso que sea, logrará aislarnos y parar nuestro orgulloso regreso al escenario universal.