Colombia y la polarización

Más de 36 millones de colombianos, designarán, el 17 de junio, al próximo presidente de la República. Iván Duque, candidato del Centro Democrático, frente a Gustavo Petro, líder de Colombia Humana; dos figuras extremas que han polarizado el país durante todos estos meses de campaña de ¿pluralismo democrático?

La variedad de candidatos en primera vuelta, pero finalmente los colombianos eligieron volver al eje de bipolaridad que históricamente ha sostenido al país, derecha frente a izquierda. Duque ganó el envite con un 39% de los votos en la primera vuelta. Este abogado, de 41 años, ha centrado su discurso en un cambio del modelo económico bautizado como “economía naranja”.

Sus principales propuestas consideran el control del gasto público, reducir la evasión tributaria, incentivar el emprendimiento y la innovación, aumentar la equidad, fortalecer las fuerzas militares y la policía. Propone cambios estructurales en el Acuerdo de Paz ya que ha sido un firme opositor a todos los beneficios otorgados a las FARC en detrimento de las causas de las víctimas de un conflicto de más de 50 años. Duque ha sido bautizado como el Macron de América Latina, además de confesar ser seguidor del presidente francés también lo es de Albert Rivera en España.

Por su parte, Petro es el líder más influyente de la izquierda colombiana, ex guerrillero del M19, con el 25% logró la segunda casilla de salida a la presidencia. La votación de Petro no supone el crecimiento de la izquierda, los analistas políticos la achacan a la indignación ciudadana. Su hábil oratoria, sus debates con el populismo por bandera, agudizando el mensaje de fortalecimiento de la clase media y reducción de la desigualdad; contra la corrupción y los “parapolíticos”, le sitúan como el Pablo Iglesias colombiano.

Esa retórica siempre suena bien y sería buena en la práctica; lo malo es el cómo. La imagen de Petro ha estado ligada a las expropiaciones; al castro chavismo, al amiguismo con las FARC por su pasado exguerrillero que atraganta a muchos colombianos.

Las últimas encuestas de la campaña presidencial, a 10 de junio, indicaban una ventaja de Duque -con 20 puntos- para la segunda vuelta. Según la firma de investigación de mercados Invamer, el candidato del Centro Democrático tiene una intención de voto del 57% frente a Petro, con el 37%. Todo parece indicar que el Caribe, el Eje Cafetero y el Centro Oriente colombiano llevarán al líder del Centro Democrático, aupado por los ex presidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, a reinar el próximo cuatrienio en la Casa de Nariño aplaudiendo fundamentalmente su ideología de cambiar el Acuerdo de Paz.

Cabe resaltar que Duque, tras ganar en primera vuelta, recibió el respaldo del liberalismo, el conservatismo, sectores de Cambio Radical y la U, antiguos aliados del presidente Juan Manuel Santos.

Los resultados de Invamer destacan que los encuestados que votaron por Sergio Fajardo en la primera vuelta, (Coalición Colombia, centro), optarán en su mayoría por el voto en blanco. Quienes apoyaban a Germán Vargas Lleras (Movimiento Mejor Vargas Lleras, centro derecha, ex vicepresidente del actual gobierno), respaldarán a Duque y los seguidores de Humberto de la Calle, del Partido Liberal, jefe negociador por el gobierno en los diálogos de paz con las FARC, prefieren a Petro.

La encuesta señala que a Petro le va mejor entre la clase media-alta y alta, en especial entre los jóvenes. “No es el candidato de los pobres. Sus votantes que no necesariamente son de izquierda, reflejan el cansancio de los partidos de siempre”.

Llega la hora de la verdad, Colombia afronta en las urnas el deseo de empezar a liquidar los males que deja el gobierno de Juan Manuel Santos. En primer lugar, la maquinaria del Estado “enmermelada”. Sea quien sea el que gane, Colombia necesita una limpieza profunda de la cañería administrativa. Aunque el buen humor de los colombianos ha llevado a denominar la corrupción como “la mermelada”, lo cierto es que esta práctica es el sabor más amargo que contamina al Estado. Ya podría aleccionarse Colombia con la reciente caída del Gobierno de Rajoy, crónica de una muerte anunciada.

En segundo lugar, se debe afrontar la negación absurda de la realidad que vendió Santos. A nadie le extrañó que le dijera a Pastrana que la “gran ganadora” en la primera vuelta fue la paz (contabilizando los votos de los contrincantes de Duque, concluye que el 60% de la votación fue en respaldo al proceso de paz).

Lo cierto es que el Acuerdo de Paz hace agua. El 40% de las FARC ha regresado a la ilegalidad. Estructuras armadas que pueden dinamizar economías criminales e influir negativamente en la implementación del Acuerdo. Por otra parte, las negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) son otro campo de batalla tras la decisión del presidente de Ecuador, Lenín Moreno, de suspender la mesa de diálogo.

Otro de los grandes males, “la coca”. Recientemente el periódico El Colombiano, citaba al procurador general, Fernando Carrillo, quien «afirmó el pasado mes de mayo que el país está inundado en coca, sobre todo en las zonas de frontera». La síntesis del mundo feliz de Santos, de que se va dejando a Colombia mejor depende por donde se mida.

El ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, prometió entregar el Gobierno Santos con 30.000 hectáreas erradicadas. El último estudio de la Fundación Paz y Reconciliación señala que los planes del Gobierno para desaparecer los cultivos de uso ilícito “se asocian a los procesos de resiembra, que en el caso de la erradicación forzosa ascienden al 60%, mientras que los de sustitución social no llegan al 10%”.

Otro quebradero de cabeza es Venezuela, la Siria latinoamericana que ha convertido a Colombia en la Turquía latina acogiendo a miles de inmigrantes en un éxodo masivo que parece no tener fin. A pesar de estos males, Colombia crece más del 2%. ¿Quién da más?

Cristina Murgas Aguilar es periodista y directora del Área de Comunicación Financiera de QUUM.

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