Colón descabezado

No cesa la ola de indignación y protestas que ha investido a la sociedad norteamericana a raíz del asesinato de George Floyd por parte de la policía de Mineápolis. El vídeo de su detención, inmovilizado mientras grita «¡no puedo respirar!», ha dado la vuelta al mundo y se ha convertido en emblema de la discriminación racial de nuestros días. Una discriminación sutil, negada por l’esprit des lois, pero sancionada por esa distancia insalvable que parece reinar a sus anchas entre lo legal y lo que Juan de Mairena llamaba consuetudinario. El demócrata Biden, en su carrera hacia la Casa blanca, ha acogido el simbolismo de la protesta y ha declarado llegado el tiempo de la justicia racial. El tiempo dirá si se trata de un movimiento con capacidad operativa para cambiar las cosas o si será engullido por la lógica del capitalismo avanzado y acabe como camisetas que se venden de rebajas con la cara o el grito de Floyd impresos.

En las protestas que han recorrido las ciudades norteamericanas se han visto gestos y actos que llaman poderosamente la atención. Algunos nos tocan más o menos de cerca, en cuanto españoles con pasado, y exigen una reflexión más allá de la superficie de las pasiones y de los afectos políticos de las manifestaciones en que se inscriben. Pregunta: ¿es adecuada esa inscripción? ¿Qué tienen que ver las estatuas derribadas de Colón con la varia reivindicación de la justicia racial que llevan a cabo las protestas por el asesinato de George Floyd?

Lo de Colón no es nuevo y viene de muy atrás. Tuvo su epicentro en 1992 alrededor de las conmemoraciones de un V Centenario cuyo mismo nombre se hacía problemático: ¿descubrimiento?, ¿encuentro?, ¿desencuentro?, etcétera. Y había empezado antes, claro, con la crítica y justa deconstrucción de ese capítulo que en nuestra historia llamábamos Conquista de América. Pero en todas aquellas disputas el navegante genovés había permanecido generalmente a salvo y al reparo: lo que se revisaba era la acción de los conquistadores y misioneros. Colón era un navegante, un descubridor, alguien que había querido ir a las Indias por otro camino y sin querer se había topado con un continente desconocido. Desconocido para Europa, claro. Pero él quedaba libre de la sospecha que desde Las Casas en adelante incumbía sobre la sucesiva llegada de los españoles al Nuevo mundo.

Ahora las cosas han empezado a cambiar también para Colón. De estos días son los vídeos que recorren las redes sociales con las estatuas de Colón descabezadas o derribadas, en un gesto múltiple que se hace uno con los derribos y descabezamientos de las estatuas de Stalin o Saddam, entre otras muchas, o con la destrucción de los símbolos fascistas en la Italia de postguerra. ¿Colón genocida? Desde luego que no, pero se le hace responsable, tal vez no a él directamente sino a su símbolo, de una historia de sometimiento, dominación y esclavitudes de varios tipos y géneros. Fácil de desmontar, claro, pero no tanto como para poner freno a los excesos de una actitud crítica, facilona, populista, que se ha lanzado en un camino de huida intelectual hacia adelante sin medir bien las consecuencias. Porque en el fondo se trata de una huida de sí mismos, de su propia historia, de su propio pasado.

Es, sin duda, la identidad problemática de los americanos lo que se manifiesta y explota en estas situaciones, lo problemático de la conformación compleja de sus sociedades mixtas, hermosamente mestizas, pero en modo alguno igualitarias. Raza, género y creencias siguen operando en favor de la desigualdad y contra el espíritu de las leyes. No es contra Colón que braman ahora los manifestantes, como antes contra los conquistadores, sino contra ellos mismos, contra su incapacidad o contra su imposibilidad para asumir su propia historia, su propio pasado. Un pasado que al día de hoy no parece fácil poder darle forma de historia. No sólo de historia común, que es lo que tienen que ser todas las historias de un pueblo cualquiera, sino de historia asumible. De mínimos, pero asumible para poder reconocerse en ella. ¿Quién? Un pueblo, sin duda, o una sociedad compleja que mira hacia adelante y por eso tiene que forjarse también un pasado.

Y es que lo americano tiene algo de herencia maldita. Fue Octavio Paz quien habló del ser hijos de una violación. Pero no es reconociéndose sólo en la herencia de la víctima que puede uno –un pueblo, un individuo– encontrarse a sí mismo, por mucha justicia que haya en ello, que la hay, sin duda, sino asumiendo esa doble herencia problemática del ser hijos de la víctima y del victimario, del violador y del violado, del europeo y del indio o del negro o del criollo. Lo demuestra el camino recorrido hasta acá desde las independencias de antaño: no era –o no era sólo– el poder europeo el que explotaba y discriminaba, la corona inglesa o española, sino que lo que empezó como liberación no trajo consigo ningún reino o ninguna república de la justicia en aquellas tierras. Acaso porque lo que entonces empezó no sea más que un camino empezado y haya que seguir en su tránsito para llegar efectivamente a liberarnos. Ellos y nosotros, claro, porque también tenía razón Martí cuando decía que después de Cuba había que descolonizar a España.

También nos pasa a nosotros. Nuestra democracia la quieren salida directamente de la II República, hija natural de ella, como si fuera posible hacer borrón y cuenta nueva del franquismo, como si fuera posible además de condenarlo, como debe hacer en justicia todo demócrata, negarlo y condenarlo a la inexistencia, a lo que no es y no nos toca, como si su pasado no nos perteneciera y pudiéramos a gusto o a conveniencia desprendernos de él como quien se cambia traje o de zapatos. Porque en el fondo somos lo que somos, sin que podamos ser –ser sólo o elegir ser– herederos de lo que más nos gusta o del antepasado que mejor casa con lo políticamente correcto de ahora.

La cabeza de Colón rodando por los suelos dice poco de Colón y mucho de nosotros mismos, de este tiempo nuestro tan poco dado a la asunción de responsabilidades y tan dispuesto a jugar en fuera de juego y a echar balones fuera. No es derribando una estatua o descabezándola que se hace justicia al pasado, desde luego. Al pasado se le hace justicia dándole una forma histórica capaz hacernos entender cabalmente de dónde efectivamente venimos y adónde efectivamente vamos. Una historia imposible de contar en su plena verdad, claro, pero sin que tengamos que dejar por ello de intentarlo. Porque no es a Colón a quien hay que descolonizar, sino a nosotros mismos, a este modo nuestro de seguir pensándonos como agentes en el camino hacia el mejor de los mundos posibles.

Francisco Martín Cabrero es filósofo y filólogo.

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