Colón, político y escritor

El punto de partida del mundo que vivimos fue el descubrimiento de América, la llegada de Cristóbal Colón y un grupo de eficaces y valientes marinos españoles a un islote de las Bahamas, el 12 de octubre de 1492. La dimensión del acontecimiento fue invisible a ojos de sus contemporáneos. Ellos pensaron con toda lógica que habían llegado a un lugar frente a China o Japón. A los indígenas, quizás taínos, que los vieron aparecer en una playa, les parecieron sin duda las gentes más extrañas que habían visto nunca. Esa madrugada se puso en marcha la conversación global, la interrelación humana a escala planetaria. La manera en que se dio a conocer el evento por Colón, un mago de las relaciones públicas, apunta rasgos geniales de su personalidad. Pues fue un hombre muy moderno, consciente de la importancia de la publicidad, la escritura y la propia imagen.

Colón, político y escritorNavegante, comerciante, cortesano, gobernante, cruel y mezquino en ocasiones con sus subordinados, pero capaz de adulaciones a los poderosos si convenía, poseyó una clara visión de la importancia de la escritura, algo esperable poco después de la invención de la imprenta por Gutenberg. Como buen autodidacta, adaptado a la etapa de transición de la edad media al renacimiento que le tocó vivir, según ha señalado Felipe Fernández Armesto, «en 1492 poseía ya suficiente cultura erudita como para añadir los atributos de un geógrafo aficionado a los logros de un navegante experimentado».

En el acercamiento a su figura, lo habitual ha sido el oscurecimiento de un balance ponderado de éxitos y fracasos, por las enormes repercusiones de su mayor logro, el descubrimiento de América. Pero visto en perspectiva, su éxito consistió en volver para contarlo. Ese hecho marcó la diferencia y fue máxima expresión del instinto cultural que poseyó Colón en grado superlativo. El componente individualista de su personalidad, patente en memoriales y cartas, también fue decisivo. Colón entendió que no se trataba solo de llegar primero, sino de apropiarse de un hecho de la navegación marítima y tornarlo en memorable, digno de ser conocido y difundido. Mediante la novedosa letra impresa y a gritos de pregoneros en calles y plazas públicas. Colón fue el primer publicista moderno de los descubrimientos geográficos. La dosis suficiente de mentira podía corroborar la verdad de lo contado, pero el descubridor supo que la exactitud le otorgaba autoría y autoridad. El hallazgo colombino de las «islas de poniente» puso nombre y apellido a sus gestas, pero es crucial entender que hubo una artesanía de la incertidumbre en sus escritos, una fría administración de lo que contaba y lo que escondía. Aunque produjo un notable número de textos, su Diario de Viaje fue el más importante. Conocemos el Diario gracias al sumario que hizo de sus contenidos el padre Bartolomé de las Casas y a los fragmentos incluidos por Hernando Colón en la biografía que escribió de su padre. Las Casas, «apóstol de los indios», no fue sólo transmisor del principal escrito colombino, sino también editor y manipulador. La escritura del Diario colombino fue primero pragmática, específica y material. Durante los primeros 42 días de viaje, habló de vientos, corrientes y distancias, ansiosamente relacionadas con segmentos de tiempo, pero a partir del 12 de octubre la información geográfica estuvo referida a una amplia contextualización cultural y a una determinada trayectoria personal y de ambición política.

Uno de los elementos más destacados fue la invención de una geografía de lo exótico, entendido como modo descriptivo de lo que hallaba, que Colón conoció e incorporó de una cierta manera. Hay que resaltar, sin embargo, que lo desconocido era la ruta, no el objetivo, Asia, de la cual se sabían muchas cosas, que no aparecían en lo que pronto se dedujo era otro continente, un eslabón perdido de la historia global. El problema mayor del Colón escritor fue la progresiva inadecuación entre lo que sabía del lugar al que «forzosamente» había llegado y la evidencia lenta pero tozuda de la inexistencia de tradición cultural occidental sobre las islas y tierra firme recién halladas. ¿Cómo se puede describir a quien nunca la ha visto una piña? Aunque Colón retornó de su primer viaje con papagayos de colores, ¿en qué se parecían a los elefantes o unicornios que se suponía abundaban en el extremo oriente de Eurasia? Ese desfase minó su credibilidad y ofreció oportunidades a ambiciosos y resentidos. En la primavera de 1503, Américo Vespucio escribió una carta a Lorenzo de Médicis en la que asentaba la novedad de las tierras descubiertas: «Días pasados muy ampliamente te escribí sobre mi vuelta de aquellos nuevos países, los cuales nuevo mundo nos es lícito llamar, porque en tiempos de nuestros mayores de ninguno de aquellos se tuvo conocimiento». Esta afirmación de Vespucio a espaldas de Colón implicó el paso definitivo de una concepción del viaje atlántico como empresa dirigida a un lugar ya conocido a otra en la que se encaminaba hacia lo nuevo. América era un continente inesperado, cuya existencia no podía negar ni siquiera su descubridor, aunque no dejó de intentarlo.

La pérdida de la autoridad colombina había empezado años atrás. Si el viaje de 1492 se puede caracterizar como una empresa calculada de capital riesgo en la cual el potencial beneficio para la corona española en comparación con lo invertido podía ser enorme, el modelo que Colón siguió reprodujo la tradición de la exploración africana, en la cual en parte se había formado. Pocas embarcaciones, tripulaciones especializadas que compartían peligros e iban a porcentaje, ocupación de desembocaduras de los ríos con fortalezas y almacenes, comercio de productos de alto valor agregado, oro, especias, esclavos, ese fue el modelo portugués de frontera marítima que Colón y todos los demás consideraban eficaz y viable.

En la forzosa conversión del negocio de las Indias castellanas de epopeya marítima a colonización terrestre, continental y urbana, el almirante y quienes le rodeaban no supieron cómo proceder. Depuesto como gobernador, envió memoriales y cartas, para justificarse y evitar la ruina. Todavía en 1502 los Reyes Católicos le concedieron permiso para el cuarto viaje, cuyo resultado más sobresaliente fue la exploración costera de lo que hoy es América Central. Pero los efectos de tantos viajes y desengaños convirtieron a Colón en un personaje descontento y le socavaron la salud. En los últimos años de su vida se hizo cada vez más religioso, se vistió de hábito franciscano y se entregó a la búsqueda de supuestas profecías, algunas sacadas de libros clásicos, pero en su gran mayoría de textos sagrados, que pretendió interpretar como pruebas del apoyo divino a sus empresas y confirmaciones de su llegada a un punto extremo del Oriente donde se hallaba el paraíso terrestre.

Murió en Valladolid en 1506, contumaz en la negación de que había hallado un continente nuevo. Pues con la misma pasión y terquedad que puso en llegar a Asia navegando por el oeste, desconoció que, en realidad, sin proponérselo, había vuelto a atar el destino común de la Humanidad al servicio de la Monarquía española.

Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador del CSIC.

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