Colorín colorado

Me gustan los cines de verano. En julio y agosto voy con un bocadillo y preparado con un cojín para soportar las sillas metálicas. De chico me encantaba ver películas mientras contemplaba estrellas fugaces, comía helados y sorbía refrescos que compraba en el ambigú de bombilla roja, como la de los submarinos en inmersión. Allí vi cuentos tradicionales en versiones de Walt Disney que me emocionaban y conmocionaban, pues ambas características tienen los cuentos infantiles. En mi casa escuchaba hasta hartarme cuentos, pues había varios discos y casetes con adaptaciones sonoras que me encandilaban por su teatralidad, sobre todo el de La cerillera, a pesar de que me entristecía. Antes de desflorarme literariamente con libros juveniles de Julio Verne devoré tebeos y cuentos a mansalva que me compraban en los kioscos, y también me fascinaban los cuentacuentos, pues me quedaba boquiabierto escuchando aquellas tremendas y aleccionadoras historias que parecían retrotraerse a la noche de los tiempos, a la época en la que las personas se congregaban alrededor del fuego para pasar el rato y conjurar miedos. De estos cuentos voy a hablar.

Érase una vez unos padres que retiraron doscientos cuentos de una escuela por considerarlos tóxicos «por su alto contenido sexista». Alarmados, los progenitores eliminaron de la biblioteca del cole «Blancanieves», «La Bella Durmiente», «Caperucita roja» o «Cenicienta». De seiscientos cuentos, un 30% los consideraron «muy negativos» por su elevado contenido machista, y sólo un 11% los calificaron «buenos desde una perspectiva de género» para los peques menores de seis años. Esto ha sucedido en Barcelona, en la escuela pública Tàber, cuya AMPA ha perpetrado un novedoso expurgo literario. Fanáticos de variado pelaje han prohibido la lectura en diferentes épocas de la historia, aunque hasta ahora habían respetado las narraciones infantiles. Pero al igual que el amor no tiene edad, tampoco la ignorancia.

Colorín coloradoEn el Quijote, el barbero y el cura queman los libros de caballerías que le habían sorbido el seso al hidalgo. En la novela Fahrenheit 451 que retrataba una inquietante sociedad futura los libros estaban prohibidos y los bomberos los quemaban, y en su adaptación cinematográfica ardían entre la sugestiva banda sonora de Bernard Herrmann. Los nazis organizaron sus célebres quemas de libros durante una noche de mayo de 1933 y, mientras los arrojaban a las piras, cantaban himnos. En el estalinismo, los literatos perseguidos mecanografiaban sus obras (el samizdat, la autopublicación artesanal), hacían copias con papel calco y las pasaban a grupos de seguidores, y sus poemas eran aprendidos de memoria para recitarlos en reuniones clandestinas. En la Alemania comunista, en la época en la que en España gobernaba la UCD, la Stasi perseguía a los lectores de libros prohibidos y los encarcelaba durante años. Los papás y mamás de la escuela Tàber no les pegan fuego a los cuentos, sino que se contentan con enviarlos a prisión en alguna habitación convertida en gulag mental, en una Siberia de los príncipes y las hadas.

Los cuentos canalizan principios y valores fraternales, potencian la afectividad, cumplen una función moralizante al dejarles claro a los niños que el bien prevalece sobre el mal, que en el mundo existen la crueldad y la envidia pero también la lealtad y el cariño, y que todo esfuerzo tiene su recompensa. Los personajes que pueblan los cuentos son arquetipos recogidos de tradiciones populares, y su transmisión oral garantiza que estas historias edificantes no se pierdan, porque se graban en la mente y en los corazones de los pequeños. Examinar desde nuestro presente estas piezas narrativas compuestas en siglos pasados es algo ridículo, pues desde esa óptica sesgada habría que desterrar casi todas las grandes obras literarias como, por ejemplo, «La Odisea» o «La Celestina». Los inquisidores, puritanos y censores siempre existen, es el mismo patrón de conducta bajo nombres distintos. Ahora son los paladines de lo políticamente correcto.

En Occidente la corrección política es la gran plaga de nuestro tiempo. Está planteada como una religión político-ideológica donde los no adeptos son herejes, funciona con dogmas que no pueden ser discutidos y la defensa emotiva de sus postulados es su cauce de expresión. Su superioridad moral se plantea en términos maniqueos: Bien frente a Mal, Luz contra Oscuridad. En el fondo, estos dictadores antropológicos que en una nueva Revolución Cultural depuran a los hermanos Grimm, a Perrault y a Hans Christian Andersen no son más que unos cuentistas, unos malversadores de los buenos sentimientos. Y a lo mejor, en una nueva hornada de purgas, prohíben leer «Alicia en el País de las Maravillas» porque se dan cuenta de que la Reina de Corazones está chiflada y piensan que es un cliché heteropatriarcal. Y por supuesto, vetarán «El Ratoncito Pérez» en cuanto se enteren de que fue escrito para Alfonso XIII cuando tenía ocho años.

Mandar a chirona cuentos tachados de machistas es el primer paso de este laboratorio sociológico. Luego, estas mismas cuadrillas del saco la tomarán con las bibliotecas de los institutos y redactarán un índice de libros prohibidos donde a buen seguro estarán Quevedo, Cela, Mark Twain y algún académico de la RAE con pinta de mosquetero, y exigirán que se nieguen subvenciones para la adquisición de estas novelas por parte de las bibliotecas públicas. Conozco el paño.

Vi «Cinema Paradiso» en un cine de verano. El final es antológico, con una película manufacturada con las secuencias de besos censurados a lo largo de los años. Por eso, da igual que los papis y mamis de la escuela Tàber y de otras peguen tijeretazos a los cuentos infantiles donde salgan malvadas brujas, heroicos príncipes y hadas madrinas. Los niños, en los recreos, removidos por la emoción y ajenos a las prohibiciones, harán corrillos para contarse los cuentos que han visto en la pantalla, han leído o les contado sus familiares. Y los padres y abuelos, en sus casas, leerán y contarán cuentos observando las caras de atención y alegría de sus hijos y nietos antes de darles un beso de buenas noches.

El mismo beso de amor que despertó a Blancanieves.

Emilio Lara, historiador y escritor.

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