Columnas y pilares

Los suelos y techos de la vida humana, comunes a todos los hombres, nos permiten asentarnos firmes en el tiempo y acometer gozosos la aventura personal dentro de la aventura propia de la propia familia, de la colectividad y de la nación a las que pertenecemos. Cada uno es responsable de lo común humano a la vez que del grupo al que la naturaleza, la historia o su propia libertad le ha asignado. Todos responsables y todos destinatarios.

¿Cuáles son las columnas de la casa común y cuáles los pilares de la casa particular de cada grupo humano? El espacio de vida en común lo sostienen las cuatro columnas siguientes. Ante todo, la libertad como la capacidad de cada hombre para asumir una misión, responder a un destino, colmar unas necesidades y esperanzas. No somos fruto de una violencia originaria, sino de una divina libertad creadora, y estamos destinados a corresponderla creativamente. La libertad es referencial, viene de más allá del propio sujeto y va más allá de él. El amor está en su raíz y el servicio está en sus frutos. Una libertad sin amor es una soledad absoluta y se convierte en el anticipo de la condenación, es decir de aquel abismo en el que el hombre no encuentra al Absoluto de amor que necesita. Una libertad sin servicio es sinónimo de egoísmo.

La segunda columna de la casa común es la verdad. La realidad nos abarca y nos desborda, nos está dada a todos igualmente como materia para nuestros sentidos y alimento para nuestra inteligencia. De ella nos nutrimos y en ella nos dignificamos. Pertenece a todos y nadie la posee en propiedad. La verdad y el amor son las fuentes de la libertad: de ellos mana siempre, y, agotados aquellos, está cegada. Hay una tercera columna sustentadora de la mansión social del hombre: la igualdad. Común es el origen primero de los hombres: el Dios creador. Común es la condición humana, común es la tierra, comunes son los medios naturales, geográficos y humanos que el creador nos entrega. Nadie puede reclamar una prevalencia por razón de origen, sexo, raza o nación. Todo hombre es hijo de Dios, y cada uno hijo de sus obras. Toda apelación a privilegio debe ser acreditada por un mayor servicio y una mayor responsabilidad. Nadie es más que nadie ni en Castilla ni en cualquier otro punto del mundo, si su persona y sus obras no lo acreditan mejor. Queda una cuarta columna de la casa común: la abertura a la trascendencia. Una caña pensante, una querencia de Absoluto, una espera de Dios es el hombre. La casa humana tiene que mantener abiertas las ventanas para que de su interior asciendan la oración y la esperanza; abiertas claravoyas para que le llegue de arriba «aquella paz divina que desciende… y asciende» (J. Ramón Jiménez).

Dentro de esa casa común los humanos necesitamos edificarnos morada propia en cuyas paredes reflejemos nuestras peculiares razones de vivir, en las que demos cauce a las corrientes más profundas de nuestro espíritu, allí donde lo común se diversifica y enriquece con lo propio. La diferencia crea la alegría de encontrarnos siempre con la novedad que supera el tedio de lo mismo repetido siempre, la sorpresa de encontrar rostros que tienen otros pliegues, ondulaciones y sonrisas. La afirmación de la diferencia lleva a veces consigo la necesidad de la distancia y de la ruptura para no quedar anegados en una generalidad sin rostro que refleja y anticipa la igualdad a la que nos reduce la muerte.

En un instante de pluralismo salvaje por un lado, y por otro de globalización demoledora de la diferencia, es necesario preguntarse cómo cultivar y mantener esa diferencia sin que sea negación de la comunidad y la igualdad fundamentales entre los hombres. ¿Cómo va a perdurar la cultura europea en medio de las culturas del mundo, afirmadas con igual legitimidad? ¿Cómo va a afirmarse y realizarse el cristianismo en medio de las religiones del próximo y del lejano Oriente? ¿Cómo cultivar una ejercitación religiosa de la vida humana cuando la reducción de todo a mundanidad, profanidad y temporalidad asfixie cualquier respiro de trascendencia hacia la eternidad? ¿Vamos a un uniformismo degradante o a una competencia violenta entre formas de vida, cultura y religión?

Pensemos en un posible futuro del cristianismo dentro de un contexto de ateísmo, de indiferencia religiosa o acoso explícito, intentando reducirlo a una especie de gueto social, bien por rechazo directo, bien porque una comprensión del hombre y una legislación sobre la vida humana le hagan imposible vivir en fidelidad al Evangelio. Al preguntarme por la forma de inserción del cristianismo en ese mundo, me he encontrado con un hecho que responde a estas preguntas. ¿No ha sido esta la situación del judaísmo como minoría religiosa tolerada en los tres milenios de su existencia? ¿No es ese el destino de todo hombre que cree en Dios viviendo en este mundo cuando el mal, el pecado y el pecador luchan por negar, excluir, dar muerte a Dios, o cuando una cultura y un poder ateos se cierran a las preguntas y respuestas esenciales de la vida humana?

Los judíos han sido minoría tolerada en unos casos, perseguida en otros, exterminada en otros. Minoría de población con mayoría de creación. Su mínima presencia cuantitativa ha sido a la vez una máxima presencia cualitativa. Si alguien duda de esta afirmación, que estudie lo que era la cultura alemana entre las dos guerras mundiales, leyendo el libro de F. V. Grundfeld, Profetas malditos, o analice la presencia de los judíos en la filosofía, ciencias sociales y la literatura francesa contemporánea. La pregunta se hace inevitable: ¿cómo ha podido perdurar ese pueblo sin quedar anegado en el océano de las tempestades ideológicas, anulado por las devastaciones masivas, envidiado y acosado por los sucesivos totalitarismos? ¿Solo por asistencia divina?

Si yo comprendo bien, y pensando desde fuera de ella, la casa judía ha permanecido viva y entera hasta hoy sostenida en estas cuatro columnas: la familia, la madre, la Torá y la sinagoga. Una clara conciencia de su origen, dignidad y misión en el mundo los ha mantenido enteros, aun cuando derribados; conscientes de su misión, aun cuando solo se les ofrecían dos salidas: una asimilación total o la eliminación, como sugería nada menos que Kant. La perversión del sentido de su elección los ha llevado a veces a la violencia contra los otros, pero siempre los ha mantenido conscientes de la exigencia divina. Ser judío era algo específico: en el ser y en el hacer. «Das tut ein Jude nicht = Eso no lo hace un judío»: es frase repetida en la literatura alemana.

Estas cuatro instancias, ¿pueden llevar a cabo la misma forja de identidad en el cristianismo futuro: familia, madre, Biblia, iglesia? ¿Han cambiado la sociedad, el trabajo y la vivienda de tal forma, o el cristianismo es tan distinto del judaísmo, que esto resulte impensable? Ha habido muchas transformaciones positivas, pero algo hay inmutable. Solo perdura como real a la larga lo que se ha recibido en el tejido de origen con amor concretado en signos, palabras, hechos. Eso son el hogar y sobre todo la madre. Un hombre sólo perdura cristiano si tiene clara conciencia de la propia dignidad: y eso se lo da el saber de su historia, de su fundamento y de su futuro, es decir la Biblia. Frente a individualismos sin prójimo, sin comunidad, sin sentido de pertenencia, solo confiere sostén y orientación la participación en la vida de una comunidad, con templo como lugar de encuentro con Dios y con el prójimo, con lugar de reunión y de estudio, que eso fue la sinagoga para el judío y eso debe ser también la iglesia para el cristiano. Tales columnas reales y tales pilares personales fundan el futuro del cristianismo.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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