Columnistas del 'New York Times'

Una buena amiga me envía la página de Opinión de un reciente 'The New York Times', que por su originalidad, modestia y valentía, merece ser comentada, aplaudida y tenida como ejemplo. El rotativo neoyorquino pidió a sus comentaristas más famosos que escribiesen un artículo en el que detallasen su mayor equivocación en los últimos tiempos. Y ellos lo han hecho sin que se les cayeran los anillos ni buscaran la menor excusa o escurriesen el bulto, contando su grave error como si estuvieran en un confesionario. Rompió el fuego el más veterano de todos, David Brook, con un titular que era ya una proclama 'I was wrong about capitalism' (me equivocaba con el capitalismo), y un texto que podría servir para muchos de su generación. Durante sus años de Bachillerato, cuenta, se creía un socialista democrático, arrastrado por la izquierda radical de los años 30 y la gran crisis de 1929, que dejó a millones de norteamericanos sin trabajo y sin comida, teniendo que alimentarse en los 'comedores sociales'. Fueron los años del New Deal de Roosevelt, que mantiene la esperanza de su pueblo con charlas radiofónicas al lado de la chimenea con lo que a estas alturas es ya una leyenda 'The american dream' (el sueño americano), que tampoco era nada del otro mundo, pues consistía en un pollo en la cazuela, una casa a pagar en 30 años y los hijos en el 'college'.

Columnistas del 'New York Times'Fue precisamente en el 'college' cuando Brook empezó a pensar que la caridad del Estado no era suficiente para conseguir un auténtico progreso. Era necesario bastante más, algo que sólo podía llegar movilizando la iniciativa privada y el libre mercado, como estaban haciendo Margaret Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en Estados Unidos. Coinciden, además, con su despacho a Moscú para que informe sobre la Unión Soviética, que ensaya una especie de 'apertura' bajo Mijaíl Gorbachov. El párrafo que le dedica no tiene desperdicio. «Yo vi y no vi la enorme cantidad de corrupción. Vi y no vi que el dinero sólo no hace una sociedad decente. El principal problema de todas las sociedades es el orden, un orden moral, legal y social. Me tomó su tiempo el darme cuenta de que la principal necesidad de Rusia no era la privatización, sino imponer la ley y el orden». Algo que sirve para todos los países en todos los tiempos. Y Brooks no se cansa de repetir en sus columnas.

Gail Gollins, tras reconocer que cometió errores al cubrir la campaña electoral de Romney, sobre todo por prestar demasiada atención a su perro, centra su fuego en Donald Trump, empezando por la nota que le envió con una falta de ortografía, que no es nada comparado con lo que está haciendo ahora: intentar volver a la Casa Blanca alardeando de «Conmigo, Putin no se habría atrevido nunca a invadir Ucrania», y fanfarronadas parecidas. Terminando con esta frase que parece de un filósofo estoico: «La lección que he aprendido en esta profesión es que existen cosas peores que aburrir», que deberían tener en cuenta tanto periodistas como políticos.

Bret Stephens, en cambio, prefirió seguir los pasos de Aristófanes y la sátira política de su 'mea culpa' versa precisamente de los votantes de Trump, y se acusa de haberse equivocado con ellos. Su confesión arranca de esta patética manera: «Las peores líneas que posiblemente haya escrito son las que escribí sobre el destinado a ser el 45 presidente de los Estados Unidos: «Si a estas alturas usted no sabe que Donald Trump es impresentable, usted es impresentable»». Y tras la confesión del pecado, la penitencia: «Es también probable –dice a continuación– que con ello ayudé más que dañé la candidatura de Trump. Decir a los votantes que son moralmente unos ignorantes es la peor manera de conseguir que cambien su voto». No era sólo una ironía. Bret Stephens muestra un afilado olfato político-sociológico, muy necesario en nuestra profesión, al pensar que más norteamericanos de los que se piensa no ven a Trump como un inculto fanático, como hacen la clase cultivada e intelectual, le ven como alguien del que gustan reírse las élites. Que incluyen los periodistas famosos como él, que Peggy Noonan ha clasificado como «los protegidos»: viven en un barrio seguro y agradable, sus hijos van a una escuela pública excelente y él gana un buen sueldo, con todo tipo de garantías. Los seguidores de Trump, en cambio, son los «inseguros», los que no gozan de todas esas prebendas. «Ningún milagro que estén cabreados», dice Stephens. Aparte de haber sido engañados no una, sino tres veces. La primera, cuando después de haber cargado con el mayor peso en las guerras de Irak y Afganistán, quienes las iniciaron decidieron liquidarlas por resultarles demasiado costosas y molestas. Luego, con la crisis económica de 2008, en la que los menos protegidos se quedaron sin empleo. Y por último, cuando llegó la 'gran revolución o diversión de usos y costumbres': cambio de sexo, matrimonio entre ellos y entre ellas, junto a otros placeres que sólo afectan a quienes pueden permitírselo. Mientras, las tradiciones, el patriotismo y los símbolos nacionales se van al cubo de la basura. «Para resumir –dice Stephens– (los votantes de Trump) no eran impresentables. Están cabreadísimos y se sienten traicionados por las élites del país».

Sobre lo que se equivocó el cuarto y último columnista del 'NYT', Farhad Manjoo, bien poco puedo decirles ya que trata sobre Facebook. Como no navego por Internet ni uso el ordenador más que para enviar estos artículos y escribir algún libro –de hecho, ni siquiera tengo móvil–, sólo puedo pasarles sus titulares: «Me dejé llevar por la excitación de la nueva tecnología» y «no considero tan a largo plazo la ubicuidad de Facebook», que me suena a chino y puede que lo sea.

Pero en conjunto me ha parecido interesante tanto como experiencia periodística como por la forma de tratarlo, demostrando que el humor puede mejorar los temas más áridos y, desde luego, es más eficaz que los insultos. Aunque dudo de que se extienda en España.

José María Carrascal es periodista.

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