Combatir la radicalización desde las aulas

Recientemente nos hemos encontrado de nuevo llorando muertos inocentes en el ataque terrorista ocurrido en Barcelona y continuamos preguntándonos por posibles soluciones. Ninguna parece clara, las únicas políticas que se proponen son aquellas relacionadas con la seguridad. Si bien las considero extremadamente necesarias, también es cierto que transmiten una percepción de gestionar las situaciones sobre la marcha, trabajando en una “emergencia” que se está convirtiendo en algo permanente. Es necesario ir más allá.

Otra vez nos encontramos frente a un grupo de jóvenes musulmanes de segunda generación en Europa, probablemente liderados por un tipo de imán mayor -en el que ven una figura paterna-, jóvenes disociados de unas familias que no reconocieron su proceso de radicalización y que fueron incapaces de transmitir los valores reales de la religión islámica -un problema de educación religiosa que también se observa en el ámbito cristiano-.

Antes del proceso de radicalización, en este caso concreto reciente, el grupo vivía una vida normal y vacía, enriquecida por todo lo que resulta particularmente popular en Europa: alcohol, hachís, chicas… Sin ideología ni vergüenza por no tener una. Este es probablemente el primer punto para analizar.

Como se ha visto claramente en muchos de los artículos que Olivier Roy ha publicado en los últimos años, nos enfrentamos a una islamización del radicalismo, así como a una joven generación europeo-musulmana (una minoría realmente limitada) incapaz de distinguir la ficción de la realidad, un videojuego de la vida cotidiana.

Durante la Guerra Fría, estudiantes universitarios con buena educación, procedentes de familias burguesas, poblaron las filas de asociaciones terroristas europeas como las Brigadas Rojas Italianas y Primera Línea, la alemana Fracción del Ejército Rojo y otras de carácter más separatista y secesionista como ETA y el Ejército Republicano Irlandés (IRA).

El apoyo cultural a la ideología había sido por lo general necesario, en particular si se encontraba profundamente insertado en un debate internacional y en acontecimientos históricos específicos.

Sin embargo, este no es el caso. Tras cada ataque terrorista, estas características se repiten como un mantra: el proceso de radicalización es muy rápido; un conocimiento real del Islam no solo se percibe innecesario sino que se descarta: una reflexión mínima puede ser fatal para el adoctrinamiento; la presencia de un líder, alguien que realmente se ha ido a Siria o en Irak y ha luchado allí (aludiendo a los ataques de Francia y Bruselas); y una nueva forma de padre putativo (probablemente la dinámica real en España) que debería llevarnos a reflexionar sobre el conflicto real intergeneracional dentro de las familias musulmanas europeas.

¿Hay soluciones?

Prevenir la radicalización debe partir de la vida cotidiana, de la integración en la escuela, donde la historia, el arte, la literatura, la música y la religión de quienes son percibidos como otros se consideren tan relevantes como los del Viejo Continente. Debe ser así particularmente en aquellas clases donde los estudiantes que no proceden de un entorno cultural europeo suponen una proporción significativa.

Supongo que cada uno de los doce jóvenes terroristas españoles asistió a una escuela intermedia y secundaria, ¿no?

Dentro de los sistemas educativos europeos, tanto en España como en Italia, en Francia y en el Reino Unido, los contenidos de los currículos apenas contienen módulos dedicados a la historia, las religiones, la literatura y el arte de partes del mundo no europeas. De hecho, los planes de estudios de las escuelas parecen no tener en cuenta que la composición de las cohortes escolares cada vez está más diversificada en cuanto a los orígenes culturales, étnicos y religiosos y los entornos migratorios de los estudiantes. Por lo tanto, un estudiante de segunda generación con antecesores argelinos, nigerianos o etíopes, casi nunca ha tenido la oportunidad de estudiar la historia, la literatura o el arte de lugares no europeos durante su escolarización.

Este enfoque no tiene la intención de abolir tradiciones como las fiestas navideñas en las escuelas, sino limitar el currículo excesivamente enfatizado -español, pero también italiano, francés, alemán, británico, etcétera- de nuestros programas escolares. La integración se da en un contexto preciso y los hijos de los inmigrantes deben conocer y comprender los rasgos culturales de aquel. La perspectiva apunta a la integración interdisciplinar de las humanidades de los otros en un continente donde, de 500 millones de habitantes, 34,3 nacieron en un Estado que no pertenece a la UE.

La propuesta se refiere a la necesidad de diseñar una política educativa integradora con el objetivo de prevenir la radicalización violenta, centrada en las humanidades, específicamente en las interconexiones entre historia, literatura, religión, historia del arte, música…

Supone un contraste que en Europa, donde la educación es gratuita y accesible, haya jóvenes que decidan provocar ataques terroristas, mientras que en los países africanos pobres, los jóvenes de la generación rural aspiran a ser enfermeros, médicos, etcétera, pero no pueden alcanzar un nivel mínimo de educación.

El sistema educativo no puede compensar la ausencia de lazos familiares, la presencia de una paternidad saludable y el reconocimiento por parte del niño del amor de sus padres. Sin embargo, la escuela es el primer “lugar físico de la integración” que cada niño encontrará durante su vida. Mientras que la familia debería ser capaz de dar la capacidad de enfrentarse al mundo exterior desde un punto de vista emocional, la educación debería dar a los niños un lugar en ella, así como unas expectativas claras y realistas de su futuro.

Como hijo de maestros del sistema público, puedo afirmar que el buen carisma de un maestro o profesor durante la edad formativa -en los niveles intermedio, secundario o universitario-, no solo tiene la capacidad de generar interés por su asignatura, sino de planificar un programa de capacitación para el estudiante. Un sistema educativo que integra a alumnos y estudiantes de contextos sociales y culturales diferentes es una escuela en la que se forman maestros y profesores y se preparan libros de texto que tienen en cuenta los retos actuales de integración en nuestras sociedades.

La capacidad de prevenir diferentes formas de radicalización, no solo la islámica, pasa por la capacidad del sistema educativo para reorganizar programas y planes de estudios, así como para proporcionar nociones e impulsar talentos a través de una metodología plural y diversificada. La solución no es eliminar la historia del Imperio Romano o de la democracia ateniense, Cervantes, Shakespeare o Jean-Jacques Rousseau, sino poner todo sujeto en relación con otras geografías, escritores, filósofos y acontecimientos históricos. Combatir y prevenir la ignorancia de la radicalización religiosa debe comenzar aquí y ahora para tener un impacto en los próximos diez años. Este enfoque ayudaría a contrarrestar la hipóstasis de una visión binaria del mundo (“nosotros” versus “ellos”) que constituye el núcleo de toda forma de radicalización violenta.

Marco Demichelis es investigador Marie Curie en el Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra.

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