Comedia triste

Quisiera en este texto rendir homenaje al Karl Marx reportero, desdibujado a veces por la potencia teórica de sus textos de filosofía económica y social que cristalizan en su libro ElCapital. El Karl Marx periodista es bien distinto del gran teórico que formuló la importante Idea del materialismo histórico. Es más intuitivo y literario y está dominado por un trasfondo de ironía trágica, ironía con la que aborda el análisis de los eventos históricos. Escribió, como reportero, un célebre texto sobre el golpe de estado de Luis Napoleón, sobrino del emperador, que instauró una dictadura burguesa en la Francia posterior a la revolución de 1848.

Napoleón Bonaparte, como todos sabemos, conquistó, con un ejército surgido de la revolución francesa, toda Europa. Hegel recuerda haberlo visto en Jena dirigiendo sus tropas. Fue derrotado en las infinitas estepas rusas y en las áridas irregularidades de una España en rebelión, acompasada con la armada inglesa.

Fue un gran hombre, un personaje del pueblo, surgido de la agitación revolucionaria de esos tiempos; que, aunque cometió errores, persiguió fines militares y políticos extraordinariamente importantes; fines que procedían de ideas políticas e ideológicas nuevas.

En ese texto Karl Marx, lleno de intuición y poseído de un sentido del humor sorprendente, dice que con frecuencia la historia, espoleada por la mímesis, parece repetirse. A un importante evento, que aparece como gran gesta épico-trágica, le sigue su repetición, pero en clave de comedia o vaudeville. La repetición adquiere sentido y prestancia como categoría ontológica: en Karl Marx, en Sören Kierkegaard, en Sigmund Freud, en Gilles Deleuze. Es una de las principales categorías que convalidan el giro anti-dialéctico que tendría en el eterno retorno de Friedrich Nietzsche uno de sus máximos exponentes.

Primero tiene lugar el original; luego la copia mala, la eídola (o el simulacro, para decirlo en términos platónicos). El primer evento asombró a toda una generación, que quedó marcada por ese gran acontecimiento que protagonizó Napoleón Bonaparte; el segundo se jugó en clave de comedia mediocre por el sobrino lejano: Luis Napoleón.

Quisiera trasladar esta categoría a un escenario diferente, en otra escala. Podríamos usar la misma secuencia del gran reportero que fue Karl Marx para entender algunos episodios de la política catalana de ayer y de hoy. El Marx reportero conocía la España que le fue contemporánea. Pero la comparación me conduce a tiempos más recientes, a los conflictivos años de la Segunda República.

No estaba previsto que la derecha pudiese gobernar en la Segunda República Española, pero así fue. La República parecía patrimonio de socialistas, comunistas, anarquistas y centro-izquierda. Pero la derecha acabó triunfando, quizás gracias al voto femenino, al fin legalizado.

La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), dirigida por Gil Robles, en coalición con el partido presidido por Alejandro Lerroux, inició una singladura traumática que culminó con la proclamación, desde el balcón de la Generalitat de Barcelona, del EstatCatalá. Lluis Companys, responsable de ese acto de rebeldía, obligó al Gobierno central a deponerle de su cargo y a encarcelarle.

No tuvo más remedio que hacerlo si quería mantener la legislación vigente. Fue un trágico episodio, una de las principales razones de la Guerra Civil que poco después estallaría, a partir de una rebelión militar que terminó guiando Francisco Franco. Hubieron otras importantes causas: lucha de clases exacerbada, falta de sentido político en el experimento republicano. Como resultado de esa suma de despropósitos se implantó una dictadura que duró 40 años y que marcó la infancia, adolescencia y juventud de muchos de nosotros.

Podría suceder que lo que fue un acto de rebeldía de consecuencias trágicas tuviese ahora su repetición en clave de comedia triste.

La circunstancia no es comparable; el caos de aquellos años, las desigualdades sociales, la imparable ascensión de partidos políticos totalitarios no admite semejanza. Europa no está en guerra civil. Se está configurando una Unión Europea más sólida de lo que muestran a veces las apariencias.

Un destino trágico parece haber abocado a Lluis Companys a proclamar el EstatCatalá desde el balcón de la Generalitat. La situación en la que surge el actual momento político no es tan trágica: existen alternativas. Opciones dramáticas como consecuencia de la decisión que el actual gobierno ha elegido.

También Lluis Companys podía haber tomado una determinación menos traumática. Pero su margen de maniobra era mucho menor que el de Artur Mas, al que podríamos llamar el Empecinado; el que no escarmienta de un error fatídico y reincide en él con la fe del súbito converso, arruinando el potencial caudal de votos de centro que lo convirtieron en paradigma de guía de un partido político nacionalista burgués, de derechas.

¿Qué puede esperarse de esta deriva? ¿Cómo puede terminar esta aventura a Ítaca? ¿Se han ponderado las consecuencias que el proceso de supuesta liberación y ruptura acarrea? ¿Se han estudiado las previsibles reacciones del gobierno español y del europeo? Una multitudinaria manifestación obnubiló hasta tal punto la perspectiva política de Artur Mas que éste no pudo escribir una página gloriosa en la historia de Cataluña. Chocó con la Cataluña real. Y ahora forma gobierno con los republicanos de toda la vida; los que quieren ya, ahora, la separación de España y la independencia de Cataluña.

Los errores en política siempre se pagan. No es posible darse de cabezadas contra el muro de piedra del freudiano principioderealidad. Lo que se fantasea como acontecimiento histórico, el más importante de la reciente historia de este país, puede ser —una vez más— puro efecto de un error de perspectiva política del que, sobre todo, Artur Mas es responsable.

El sublime deseo de una mayoría «excepcional» que avalase la consulta electoral del paso 25 de noviembre, ante la atenta mirada de todos los medios, nacionales e internacionales, se trocó en un escenario de mala comedia: el president mostró su desnudez, hizo el ridículo. Fue, ya entonces, una triste comedia, pero la obstinación en el mismo error puede convertir ésta en una comedia triste. Triste, muy triste, porque nos afecta a todos, catalanes, españoles. Será el fin de todas las Quimeras, Ítacas y demás ensoñaciones diurnas, en culpable olvido de que la política sólo admite como categoría lo posible.

Mucho peor sería si ese deseo se realizase, si bien el margen para esa eventualidad es muy angosto. Sería una transición a trompicones, llena de espinas, dolorosa; todos lo pagaríamos muy caro. La ruina económica ensombrecería el horizonte. El paraíso soñado —Ítaca, Sangrilá o Xanadú— se iría trocando en infierno cotidiano. Un trasfondo de resentimiento y sensación de fracaso se apoderaría de importantes sectores de la población.

No vale decir: el catalanismo radical es un sentimiento, una prueba de inteligencia emocional. En política los afectos se combinan con los razonamientos; las pasiones con las facultades intelectuales. Cataluña es una realidad compleja y llena de contrastes; también políticos; también ideológicos. Despierta emociones pero reclama razones.

Eugenio Trías Sagnier, filósofo

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