Cómo acaba el maragallismo

Por Valentí Puig (ABC, 21/11/03):

Ofrendas equiparables al oro, el incienso y la mirra mecieron el advenimiento de Pasqual Maragall al liderato del socialismo catalán. Lo tuvo todo a su merced y anduvo a sus anchas, como niño prodigio del nuevo socialismo y como alcalde que había izado la bandera olímpica en Barcelona. Las elecciones autonómicas del día 16 lo han cambiado todo y Pasqual Maragall aparece como el emperador ya desnudo, sin complicidades que puedan ser muy duraderas. Quiso elaborar por su cuenta una nueva fórmula de convivencia para España, liderar la Cataluña del siglo XXI y a la vez dar con la solución del conflicto vasco: sus electores no le han comprendido y han votado en consecuencia. Había pretendido encabezar la sustitución política y social del pujolismo y ha acabado con menos escaños que la lista de Artur Mas, a quien despreció divinamente durante la campaña electoral. Deseaba poner el socialismo catalán al día, en la estela de la tan citada modernidad política, y ha conocido el desafecto de aquellos votantes catalanes que a todas luces se fían más del PSOE que del maragallismo.

Con ciertos excesos de imaginación política, Pasqual Maragall se había volcado en la reconstitución de la socialdemocracia después del traspié notable de la tercera vía. Ha estado entre los que, sin temerle a la «contradictio in terminis», buscan una suma practicable de socialismo democrático y liberalismo para definirse como «social-liberales». En realidad, casi nunca se ha sentido cómodo en la simbiosis PSC-PSOE -procedente de un largo y doloroso pacto de fusión- y por eso fundó la entelequia de «Ciutadans pel canvi» que el aparato del socialismo en Cataluña le consintió a regañadientes porque se daba por hecho que Maragall les iba a dar el poder. Él deseaba un partido a su imagen y semblanza, ubicuo, voluble, errático, de reflexiones al hilo de lo último, como una primacía volatinera de la política.

En algún momento, su modelo fue el partido demócrata americano, la idea de coaliciones aunadas en torno a la presencia cohesiva de un candidato. En verdad, es todo el socialismo europeo que anda en busca de un perfil consistente. Tony Blair supo pronto que tanto las nacionalizaciones como el lastre del sindicalismo debían desaparecer del programa laborista para rehuir una confrontación perdida de antemano con las privatizaciones y los controles a la actividad sindicalista hechas ley por el thatcherismo. Mitterrand, por su parte, comenzó su presidencia en dirección contraria y puso la economía francesa en un callejón sin salida. Para entonces, Blair observaba con interés las políticas de liberalización, reducción de impuestos y privatización que el laborismo iba practicando con éxito en Australia. Al poco Clinton aparecía sacando carné de «nuevo demócrata». Blair estaba a punto para ganar las elecciones, sin alterar los logros de la baronesa Thatcher y enarbolando la bandera de la ley y el orden. Como ha comprendido al final el socialismo español, cederle el patrimonio de la seguridad ciudadana a la derecha es un error que se paga.

En aquellos días, la orquestación de una nueva dinámica internacional parecía que iba a nuclear a los socialismos en torno a la tercera vía, arrumbando oportunamente la Internacional Socialista. Así comenzaba el siglo XXI y Gerhard Schröder se sumó al invento al constatar las posibilidades de la ortodoxia económica que iba impregnando Europa de punta a punta. Después de sus vicisitudes juveniles, el Maragall actual está en línea con un socialismo convencido de una vez por todas de que la riqueza que debe sustentar al sector público sólo puede ser generada por el sector privado. En las páginas de «Capital justo», Adair Turner indica el resquicio que pudiera permitir la reconversión de la socialdemocracia, en la sólida alternativa entre modelos capitalistas, un liberalismo de mercado que también sea redistributivo y humano. Eso no es una alternativa al capitalismo, ni una tercera vía: Turner lo llama capitalismo con rostro humano.

Por la crueldad intrínseca de la política, el socialismo proseguirá su larga marcha por los desiertos y oasis de Cataluña pero Pasqual Maragall caerá de una u otra forma. El electorado le ha olvidado seguramente a causa de lo que él creía su aportación más memorable: una intensificación catalanista en el PSC-PSOE. Es de importancia sumar a ese factor el mal resultado obtenido por los socialistas catalanes en las últimas elecciones municipales, especialmente por parte de un Joan Clos que perdió cinco concejales en el ayuntamiento de Barcelona. La misma Barcelona le ha retirado a Pasqual Maragall cinco escaños en el parlamento autonómico. Quizás le quede como consuelo la complicidad parcial de una clase media alta que no podía votar a las huestes del PSOE y que consideraba a Jordi Pujol poco más que como el líder de los tenderos de Cataluña. La «hoz y el martini» se habían transformado en la «gauche caviar» entregada a sus conspiraciones de fin de semana en masías con mobiliario de diseño postmoderno.

A pesar del bastión municipal de Barcelona, del poder en las diputaciones, de los años del felipismo, de sus recursos mediáticos y del paso de un Pujol totémico a un Artur Mas en rodaje, la alternativa socialista ha tenido tantas pérdidas en las elecciones autonómicas catalanas que no pueden ser culpa exclusiva de Pasqual Maragall, sino también fruto de años de oposición hecha con mala conciencia, de no atraer a las urnas autonómicas a quienes les votan en las elecciones generales, de querer verse más catalanistas que un Pujol a quien tantas veces -como por efecto de la hipnosis- secundaron por no parecer indiferentes al irredentismo de baja intensidad o por no saber hacia donde ir. Contemplado «a posteriori», el despilfarro permanente de capital político puede llegar a considerarse como ilación de un error fundacional del PSC-PSOE. Dicho con brevedad: hasta la fecha los socialistas catalanes han ganado algunas batallas pero siempre han perdido las guerras.

Ahora sentenciarán que el maragallismo les llevó demasiado lejos en el afán de instrumentar la posibilidad de que el socialismo fuera legítimamente catalanista en su estirpe y que los votos de la emigración engrosaran la cantera que durante tiempo fue la materia prima del felipismo, sin votar en las elecciones autonómicas. En definitiva, si el postpujolismo se está resolviendo de forma no desafortunada, el postmaragallismo dejaría al socialismo catalán en una encrucijada. Tal paradoja quizás le quite un peso de encima a Rodríguez Zapatero. También deja una herida en el costado, de difícil sutura. En ocasiones semejantes, siempre hay alguien que quiere poner el dedo en la llaga.

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