Cómo atrapar a Proteo

La historia de Proteo, el dios marino capaz de ir cambiando de apariencia según las circunstancias, mitificado por Homero en el canto cuarto de La Odisea, ha fascinado durante casi 3.000 años a la inteligencia humana. Desde Platón y Virgilio hasta James Joyce, que bajo su advocación convirtió un capítulo del Ulises en el más poderoso ejercicio de transformación del lenguaje de la historia de la literatura, muchos grandes intelectuales y escritores han incluido lo proteico -el poder de la metamorfosis- entre sus principales obsesiones.

La proyección de la figura de Proteo sobre la vida política produce a la vez magnetismo e inquietud. Lo positivo era que el dios podía convertirse sucesivamente en león, en serpiente, en árbol o en lo que quisiera y eso le permitía adaptarse a cualquier escenario y salir airoso de todas las coyunturas. Lo negativo, que sólo por la fuerza decía la verdad y que, como pudieron comprobar Menelao cuando quería saber lo que había ocurrido en Esparta durante su ausencia o Aristeo cuando trató de averiguar por qué habían muerto sus abejas, sus dones camaleónicos lo hacían escurridizo y prácticamente imposible de atrapar.

El gobernante, capaz de reinventarse a sí mismo con desafiante reiteración, como está resultando ser el caso de Zapatero, genera, por lo tanto, sentimientos encontrados. Atrae su creatividad, repele su oportunismo. Atrae su combatividad, repele su desmemoria. Atrae su pragmatismo, repele su decisionismo. Es el político actor, eligiendo en el camerino la máscara del día, dispuesto a representar al héroe o al villano, a la paloma o al halcón, al despilfarrador o al austero, al libertador o al prohibicionista. El aprendiz de brujo capaz de embutirse el severo sayal del penitente. El funambulista que hace juegos malabares en el alambre para caer sobre la red de su buena suerte, haciéndonos ver que igual le dan ocho que ochenta.

Cuando el día en que Zapatero tuvo que abdicar de todas sus fantasías sobre la salida social de la crisis para asumir el plan de ajuste que le exigía la UE se dijo acertadamente que estábamos viviendo «la T-4 de su política económica», yo ya advertí que el paralelismo podía tener más recorrido de lo que se pensaba. Porque, en efecto, él quedaba tan en evidencia, tan en ridículo, tan devastadoramente dañado como con el atentado de ETA. Una y otra situación eran de las que, de acuerdo con los manuales de urbanidad de la política democrática, conllevan la dimisión del chamuscado a nada que tenga su corazoncito. Pero habida cuenta de que el de Zapatero está recubierto por una espesa capa de amianto iridiado -y no por eso deja de latir-, el descarte de esa opción sólo permite otra alternativa: si no puedes con la realidad, súmate a ella. De negociar con ETA, pasó a tratar de liquidar a ETA. De columpiarse en el déficit ha pasado a declararle la guerra. «Íbamos a reformar los mercados y los mercados nos han reformado a nosotros». Frase para la posteridad y a remangarse tocan. Comprendo que abunden los analistas, economistas o empresarios que sintieran ganas de estrangular a Zapatero cuando le oyeron presentarse la semana pasada como el presidente «de las reformas». Me pido primero. Es en efecto frustrante comprobar cómo, al cabo de dos años perdidos en los que España se ha ido hundiendo más y más en la crisis por culpa de su deuda creciente y su solvencia menguante, este hombre ha empezado a hacer lo que tantos le pedíamos en público, en privado, por activa, por pasiva, por las buenas y por las malas.

No existía, pues, el obstáculo ideológico insalvable que él esgrimía una y otra vez, igual que en enero en febrero, para eludir las políticas de ajuste, las reformas estructurales y las medidas consensuadas con la oposición. Lo de la «salida de izquierdas» a la crisis era filfa, puro teatro. Como el de ahora, sólo que con una función mucho peor. Si el mantenimiento de esa política económica basada en el gasto público a costa de tirar de déficit que tanto aplaudían nuestros patéticos sindicatos hubiera sido una cuestión de principios para Zapatero, se habría ido a su casa antes que rectificarla de arriba abajo. Sin embargo ahí le tenemos diciendo ahora que cumplirá con su obligación «cueste lo que cueste», que antepondrá los intereses de España a los del PSOE y que en lo último que piensa es en las elecciones.

Insisto, no me llevo a engaño, «lo tuyo es puro teatro/ falsedad bien ensayada/ estudiado simulacro». Sustituyamos pues el Happy Birthday Mr. President por aquella canción de La Lupe que Almodóvar incluyó en Mujeres al borde de un ataque de nervios y no le ahorremos ningún latigazo al entrar en la cincuentena: «Igual que en un escenario/ finges tu dolor barato./ Tu drama no es necesario./ Yo conozco ese teatro,/ fingiendo qué bien te queda el papel,/ después de todo parece/ que ésa es tu forma de ser». Pero una vez consumado el desahogo, contagiémonos de su frialdad analítica y examinemos la situación en la que estamos hoy, que es significativamente distinta a la del 1 de mayo, a la del 1 de junio y a la del 1 de julio.

El plan de ajuste, aprobado en el Congreso por un voto, ha entrado en vigor. La reforma laboral anticipada por decreto y mejorada -aunque no de forma suficiente- en el trámite parlamentario ha comenzado a aplicarse. La reestructuración de las cajas de ahorros es un hecho. Los tests de estrés de los bancos han tenido un buen desenlace y sobre todo han resultado ser un acierto en términos de imagen. Hasta la biblia salmón ha aconsejado a Alemania que imite la «transparencia» de España. Los chinos han apostado por invertir en deuda española y, aunque seguro que habrá contrapartidas políticas, los mercados han entendido la señal. El diferencial con el bono alemán -el spread, que de la noche a la mañana, tanto obsesionaba a Zapatero- ha bajado de 230 a 135 puntos. Nuestros bancos empiezan a colocar sus emisiones. Llevamos dos trimestres creciendo mínimamente. El paro ha caído por cuarto mes consecutivo.

¿Significa esto que se atisbe ya el final de la crisis? No, ni mucho menos. Ni siquiera está garantizado que el creciente peso de la deuda pública y privada sobre nuestro PIB no provoque una recaída en el otoño, volvamos a ser el enfermo de la UE y terminemos teniendo que acogernos al fondo de rescate hacia el que todavía hace mes y medio parecía querer empujarnos la señora Merkel para garantizar que nuestros acreedores alemanes cobraran sus deudas y, sobre todo, que una instancia internacional nos impusiera la disciplina que, durante tanto tiempo, habíamos rehuido.

El peor escenario sigue siendo posible, pero sería necio no admitir que también empieza a perfilarse otro menos malo, consistente en que Zapatero persevere en la piadosa representación de su papel de converso a la ortodoxia capitalista y los mercados vayan recompensándole hasta engendrar incluso los primeros trazos del círculo virtuoso, que empieza por la confianza, continúa con la inversión y el consumo, prosigue con el crecimiento y desemboca en la recuperación del empleo. Esto aún son pájaros y flores, pero de la misma manera que la cuesta abajo es siempre más fulgurante y dramática de lo que se espera, también la recuperación puede sorprendernos en 2011 por su mayor vigor.

Nadie debería minusvalorar el estímulo que para un tipo tan competitivo –homo ludens sin paliativos- como Zapatero están suponiendo estos primeros caramelos con que le han endulzado el inicio del verano los circuitos financieros. Pasen y vean al león transformado en serpiente, al dios del mar echando raíces de secano. Ha descubierto que «en el mundo desarrollado no hay más que tres focos de poder: Wall Street, la City y un poco Bruselas». En el último Comité Federal les dijo a los altos cargos del PSOE que era por su bien por lo que les retiraba de los órganos de gobierno de las cajas, pues no era justo que consejeros, alcaldes y concejales, además de gestionar sus instituciones, tuvieran que ocuparse de a quién se le dan los créditos. Está entusiasmado con Fainé y con privatizar la mayor parte de esas cajas, convirtiéndolas en bancos que acrecienten su capital con inversores extranjeros. Sueña con el día en que pueda «ponerle el número 67» a la edad de jubilación de los españoles por «la credibilidad» que ese paso dará a su Gobierno ante los mercados.

O mucho me equivoco o este otoño abrirá el melón del debate sobre las políticas activas de empleo, pactará el Presupuesto con el PNV y se olvidará del brindis al sol del impuesto sobre los ricos. «Creo que ya he demostrado ser un presidente demócrata, ahora voy a demostrar que soy un presidente responsable», le dijo a un amigo el día de su cumpleaños, recordándole que la madurez intelectual se alcanza a los 53 años y a él aún le quedan tres de recorrido. Ver para creer.

El peor error en el que podría embarrancarse el PP es seguir oponiéndose globalmente a la política económica de Zapatero como si continuara siendo la de antes de Pearl Harbor. Pocos empresarios entienden su voto en contra del plan de ajuste y su oposición sin matices a la reforma laboral. El PSOE estuvo a punto de perder aquel envite clave en el Congreso, pero no lo perdió. Si Rajoy sigue atascado en pedir que la mayoría cambie de líder o que Zapatero anticipe las elecciones, corre el riesgo de proyectar una creciente sensación de esterilidad hasta envolver a sus seguidores en el mantra de los esfuerzos inútiles que conducen a la melancolía.

Queda más de año y medio de legislatura y mucho partido por jugar. La ventaja que el CIS y otros sondeos conceden al PP es inferior a la que tenía Aznar poco antes de ganarle por la mínima a González. La nada democrática porfía por defenestrar a Tomás Gómez para poner en su lugar a Trini indica que las autonómicas van a ser a cara de perro. Si Cospedal no vence en Castilla-La Mancha y el debutante Bauzá no recupera Baleares, las dudas y el vértigo arrullarán de nuevo la candidatura de Rajoy a La Moncloa.

¿Qué receta podemos aconsejar entonces quiénes creemos imprescindible para la regeneración de la España constitucional que las próximas generales den paso a una clara alternancia en el poder, fruto de un triunfo rotundo de la oposición? Back to basics: el PP debería utilizar la misma técnica que permitió a Menelao inmovilizar y, por lo tanto, derrotar a Proteo. No hace falta que Rajoy, Soraya y compañía se disfracen con pieles de foca para penetrar en su cueva como hicieron el rey de Esparta y sus compañeros, pero sí que lo aten rígidamente, fijándolo en su condición original, sin inmutarse ante sus sucesivos cambios de apariencia. El león, la serpiente o el árbol se desvanecerán con la misma facilidad con que habrán brotado y el viejo dios del mar continuará ahí, con su verdadera identidad, a sus expensas.

Lo sustancial de la posición de Zapatero como gobernante no es ni su política antiterrorista, ni su política económica, ni su política social, ni su política sobre derechos y libertades, pues en todos esos ámbitos ha demostrado poder hacer una cosa y su contraria. No, lo que le caracteriza de forma inmarcesible -y porque no está en su mano el cambiarlo- es su condición de jefe de un gobierno de coalición entre dos partidos, el PSOE y el PSC, con visiones contrapuestas sobre la identidad de España y la articulación del Estado. La supeditación dentro de esa coalición de los intereses de la mayoría a los de la minoría, fruto de los chantajes de un visionario como Maragall y de un sinvergüenza como Montilla, es el verdadero talón de Aquiles de Zapatero, el punto neurálgico en el que un adversario audaz puede golpearle y derribarle fulminantemente.

Máxime cuando el destrozo fruto de ese sometimiento, a la vez concienzudo y pueril -«Aceptaré el Estatuto que venga de Cataluña»: ¡manda carallo! o si se prefiere ¡manda huevos!- ha ocasionado un destrozo inmenso de proporciones históricas en nuestra fábrica democrática. La inmersión lingüística, la rotulación obligatoria, la prohibición de los toros… ¿qué vendrá después? La Cataluña oficial ha entrado ya en una quimérica fase soberanista muy similar a la que impregnaba al País Vasco del plan Ibarretxe, con la diferencia de que los principales responsables de la exacerbación crítica de un problema, perfectamente conllevable durante siglos, han sido esta vez los frívolos, ambiciosos e ignorantes dirigentes socialistas.

Es de justicia que tengan el castigo electoral que merecen, en Barcelona y en Madrid. Y es condición sine qua non para la prosperidad y estabilidad de España que esta farsa, cuya morfología describí la semana pasada a través del símil del embudo -pluralismo para los demás, sindicato vertical para ellos-, concluya cuanto antes. Sólo el líder del PP está en condiciones de matar esos dos pájaros de un tiro, poniendo la cuestión con toda nitidez un día sí y otro también encima de la mesa, en lugar de tratar de hacerse perdonar brotes de sinceridad y de simple coherencia como el que le llevó a recurrir el Estatut. Pero para que Rajoy acierte en eso, tendría que escuchar mucho menos a Arriola y leer mucho más a Homero.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.