Como boxeadores zumbados

Ocurrió en la tarde del 22 de mayo,  y ya sea porque cada vez dudo más incluso de lo que veo, o también porque me cuesta creerlo, vuelvo una y otra vez a la foto de Uly Martín, en la que se ve la llegada a la sede socialista del presidente Zapatero en su coche oficial, con ese semblante que querría ser serio pero que no puede evitar el rictus de gracioso que le ha ido quedando después de tantas actuaciones estelares. Hay otra persona sentada a su lado, casi apoyándose en él. La calidad de la instantánea me trajo a la memoria otra foto inolvidable, en este caso de César Lucas, en la que un coche oficial salía de la Zarzuela llevando dentro al flamante presidente Adolfo Suárez, muy serio, seguro de sí mismo, como si hubiera querido posar para la historia diciendo: al fin he llegado.

Hay algo que me lleva a agrupar esas dos fotografías, la de un Suárez entrando en la historia y la de un Zapatero saliendo. Pero eso queda ahora lejos de porqué yo miraba la foto de Uly Martín sin acabar de creérmelo. ¿Quién compartía asiento en ocasión tan trascendental con el presidente Zapatero? Venían de Moncloa y se dirigían a la sede socialista de Ferraz. Por tanto fuera quien fuera ese caballero con gafas a la moda y camisa abierta, es claro que al presidente le parecía de perlas su compañía o le importaba una higa que le vieran con él.

Se necesita desparpajo para que el secretario general y presidente del Gobierno se exhiba en la noche más catastrófica de la historia del PSOE en democracia con Javier de Paz, uno de esos símbolos negativos de todo lo que el zapaterismo ha alimentado con el doble lenguaje; humo para muchos y rica miel para algunos. Quien no esté familiarizado con esto de los partidos y sus interioridades, tan fundamentales como el aceite para los coches, debe saber que Javier de Paz, 53 años, antiguo secretario general de la Juventudes Socialistas, alcanzó el estrellato económico gracias a su amistad con Zapatero. Con tan notable currículo no es extraño que le contratara el presidente de Telefónica, César Alierta, gran empresario de la hispanidad – nunca me aclaro, ¿este tipo de empresarios forman parte de la sociedad civil, o de la estamental?-y del que no me atrevo a decir una sola palabra más si no es en presencia de mi abogado. Javier de Paz, cuyo único título profesional es el de conseguidor,pertenece a ese club de gente exigente – un millón sobrado de euros al año-que considera imprescindibles las reformas estructurales de nuestro mercado laboral. Con esta perla se presentó el presidente en Ferraz la tarde que todo era llanto y crujir de dientes.

Hay quien llamaría a eso inconsciencia, pero desde que me convencí de que teníamos en Zapatero al modelo genuino de vendedor de humo empieza a rondarme en la cabeza algo que no me atrevo aún a formular. ¿Nuestro presidente puede ser un majadero? Lo engorroso de esta historia es la facilidad con que llegaríamos a esa conclusión tras ir sumando factores, y el definitivo para mí es algo tan simple como que no le dé ningún valor a exhibirse, el día de la mayor derrota que conocieron los suyos, con el símbolo de quienes les abocaron a ella. Los franceses, que son reyes del lenguaje, llaman a esto izquierda caviar.Lo nuestro vendría a ser algo menos sintético, por ejemplo: izquierda lomo ibérico.

Fui un apasionado del boxeo. Se aprenden cosas. No creo, como Jack London o Hemingway o Nelson Algren, que el ring sea una escuela de la vida, pero sí ayuda en las metáforas. Y por eso afirmo que la noche del domingo, cuando Zapatero apareció con Javier de Paz, esa asociación de boxeadores zumbados en la que acababa de quedar convertido el PSOE y sus púgiles, no tenían más opción que apostar por el más veterano. Que se había acabado el juego de piernas de los pesos pluma y los amagos de ganchos definitivos de la categoría de pesados.No hay para más: o Rubalcaba o nada.

No comparto con mis colegas su visión del incidente Carme Chacón. Si introducimos la variable, más que posible, de la supuesta majadería del presidente, el escenario de lo ocurrido podría ser éste: “seguimos con el plan, yo no apoyo a nadie, pero me gustaría que Carme Chacón participara en esa simulación democrática que son las primarias”. Pero había pasado ya el domingo de marras y posiblemente una parte muy importante del baronato arruinado del PSOE había llegado a la conclusión de que el presidente no era consciente de que estaba tan acabado que amenaza con hundirles aún más. Un partido, con la derrota asegurada y que espera del más descreído de los suyos un milagro, no puede lanzarse, a propuesta de su presidente, a unas primarias a cara de perro. No fue un dedazo, fue una patada en el culo de los reunidos a su presidente.

Rubalcaba es fajador, no lo olviden. Jamás hubiera sobrevivido a tanta mudanza en un partido que él empezó a conocer en 1977 – vamos a ver cosas que nos asombrarán; acabo de leer que ya el gran Alfredo descubrió su identidad socialista en 1969; pronto habrá quien asegure que es descendiente de Pablo Iglesias-.Los guerristas, gentes con más lengua que influencia, inventaron una coplilla hoy olvidada: “El malvado Rubalcaba, si te vuelves te la clava”. Lo que ocurrió con Carme Chacón fue un poco más complejo, pero más de lo mismo. Bastó que un par de barones angustiados ante el inquietante futuro le dijeran al chico de la sonrisa: “Presidente, o todo el apoyo a Rubalcaba ahora, o lo ponemos todo patas arriba en un congreso, empezando por ti mismo”. Y así crujió Carme Chacón. Apenas le dieron dos horas para preparar su intervención y se notaba. El gesto demudado de chica pillada en mal momento; quien lo quiso ver, notó algo que Rubalcaba ya había dejado caer: “aún le falta un hervor”. El texto que leyó, que más parecía dimisión que retirada táctica, tenía un aire de advertencia, una huella quizá inevitable de su marido, Miguel Barroso, esa especie de Gran Lebowski del socialismo hispano.

Como hacemos un periodismo de baja intensidad – líquido, dicen los posmodernos-no entendimos que ahí es donde había que picar. Miguel Barroso y Rubalcaba y Chacón, un triángulo curioso de longa data. Cuando Rubalcaba empezaba su carrera política, o sea, anteayer, ejerciendo en la Secretaría de Universidades, bajo la superioridad de Carmina Virgili, todos tenían un mandatario, un orientador político que venía de la extremísima izquierda y al que el ministro de Educación, José María Maravall, había nombrado jefe de su gabinete: Miguel Barroso,  hoy pareja de Carme Chacón. A él se debe, entre otras cosas, la retirada de la nómina de reptiles;37 periodistas, independientes por horas o por líneas, a elegir, que nunca se hicieron públicos por eso de los rubores de la transición.

Lo que es la vida. Y ahora se cambian las tornas y quien fue sparring en la sala de entrenamiento y subió al ring a hacer sus primeros combates ahora está echando un magnífico reto. Rubalcaba tiene tanta historia que resume el PSOE de los años de gobernanza, eso quizá no lo entendió ni Zapatero ni Chacón, ni probablemente Barroso, complicado en demasiadas tareas para darse cuenta de que Rubalcaba tiene muchos cargos pero una sola misión: conservar el poder. La gran oportunidad de un boxeador zumbado a quien el árbitro ha contado los puntos varias veces pero que se ha levantado al llegar al ¡seis! ¡siete! Y helo aquí, a punto de cumplir sesenta años, el hombre que se apuntó a todo y a todos: Maravall, Felipe, la Logse – esa ley imborrable que nos legaron él y Marchesi, su subordinado, otra perla de la cantera “Bandera Roja”-.También apostó por Guerra, y por Solana y hasta por Bono. El cine de Joseph Losey describe muy bien ciertas características del personaje.

Se me quedó fuera el Partido Popular, ese vencedor sin brillo. Y la Asturias insólita. Y ese rompecabezas en el que los grandes talentos estratégicos han convertido Euskadi. ¿Saben ustedes que uno de cada tres votos emitidos en Guipúzcoa ha ido a Bildu? Una pausa para la publicidad y seguimos el próximo sábado.

Gregorio Morán

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *