Cómo cerrar la brecha de financiamiento de África

A finales del año 2018, Estados Unidos fusionó sus existentes agencias de desarrollo para formar la nueva United States International Development Finance Corporation (Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de Estados Unidos), IDFC por sus siglas en inglés. Con una capacidad de financiamiento de $60 mil millones en capital y deuda (más del doble que la capacidad de sus predecesoras) la nueva agencia, cuyo inicio de actividades se programa para fines del presente año, representa un paso importante en la política de desarrollo de Estados Unidos, en especial con respecto a África. A su vez, puede también ser un reflejo de la creciente concienciación mundial acerca de que una enorme brecha entre la inversión y el financiamiento se constituye en una amenaza existencial para el futuro de África.

El potencial del continente está fuera de toda duda. A lo largo de las últimas dos décadas, África ha entrado en una fase de cambio estructural que está a punto de acelerarse. La estabilización política progresiva, aunque desigual, ha permitido que varios países africanos dependan menos de las exportaciones de materias primas y comiencen a convertirse en economías de consumo. McKinsey, por ejemplo, pronostica que el gasto de los consumidores africanos aumentará en $645 mil millones entre los años 2015 y 2025.

No obstante, aún quedan grandes desafíos. El FMI pronosticó recientemente que África debe crear 20 millones de nuevos empleos por año hasta el 2035, a una tasa que duplica la tasa actual, únicamente para poder absorber a los nuevos ingresantes en la fuerza laboral. Esto requerirá de una gran inversión. Sin embargo, las tres fuentes principales de financiamiento no estatal en África no tienen la capacidad para satisfacer estas necesidades.

La Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) a África disminuyó entre los años 2014 y 2016, y se ha mantenido relativamente estable desde entonces. Los sectores financieros locales, incluyendo los grandes bancos africanos, sufrieron a causa de una caída en los precios de las materias primas, y aún se encuentran restringidos por ello. Además, y de manera significativa, los bancos internacionales se retiraron del continente después de que las nuevas normas regulatorias aumentaran los costos y el consumo de capital con respecto a operaciones en países sin grado de inversión. Sorprendentemente, este aspecto del daño colateral causado por la crisis financiera mundial no ha provocado mucho debate.

Como resultado, la brecha africana de financiamiento continúa ampliándose de manera alarmante. Si bien las necesidades de financiamiento anual de África se han estimado en $130 mil millones – solamente para infraestructura – los recursos disponibles cubren menos de la mitad de dicha cantidad. Según McKinsey, el gasto de capital en África, en los hechos, ascendió a $415 mil millones en el año 2015. Si se considera que se espera que el crecimiento anual promedio del PIB en el continente sobrepase el 3%, África va a necesitar financiar otros $750 mil millones en gasto de capital a lo largo de los próximos diez años.

Ninguna de las principales fuentes de financiamiento existentes puede hacer frente a este desafío por sí sola. Incluso la IDFC, que tiene como objetivo contrarrestar la influencia china y competir con las instituciones europeas, no cambiará significativamente el patrón de los flujos financieros internacionales que se dirigen hacia África.

Lo que África necesita es un nuevo tipo de inversor. Las buenas noticias son que las fuentes alternativas de fondos se han ido acumulando como nunca antes. PwC espera que el valor de los activos mantenidos en todo el mundo por los fondos de pensiones, compañías de seguros, fondos de riqueza soberana y personas individuales con un elevado patrimonio neto aumente de $115 millones de millones en el año 2012 a $195 millones de millones hasta el 2020.

Obviamente, estos inversores no han estado satisfechos con los muy bajos rendimientos disponibles en los mercados europeos y estadounidenses durante los últimos años. Además, los activos líquidos permanecen extremadamente volátiles. Varios de estos inversores ahora se están distanciando de la visión estándar que tilda a las transacciones africanas como operaciones de “alto riesgo”, que sólo pueden ser comparadas con inversiones de alto rendimiento en dólares estadounidenses o en euros.

Este cambio de percepción está respaldado estadísticamente. En el año 2016, Moody’s publicó un informe que mostraba que la tasa de morosidad vinculada a la financiación de proyectos en África entre los años 1983 y 2015 fue la segunda más baja del mundo, situándose en tan sólo 2,7%, lo que refleja la importancia estratégica relativamente mayor de dichos proyectos. Como resultado, la idea de invertir en África a través de instrumentos más conservadores, en lugar de acuerdos de capital privado de “alto riesgo y alto rendimiento”, gradualmente está ganando terreno.

Los fondos de deuda del sector privado podrían constituirse como el mejor vehículo para tales inversiones. Dichos fondos suman casi $640 mil millones en todo el mundo, pero su mercado continúa siendo principalmente norteamericano y europeo. A pesar de que los fondos de deuda privada recaudaron más de $100 mil millones en el año 2017, prácticamente nada de dicha recaudación se dirigió a África.

Por lo tanto, el potencial de estos fondos para invertir en África es enorme. Incluso si únicamente un tercio de las necesidades adicionales de inversión de África, que se estiman en aproximadamente $750 mil millones a lo largo de la próxima década, fueran financiadas por deuda, ello equivaldría a un requerimiento de $250 mil millones en financiamiento. Ello marca una oportunidad única para emparejar a inversionistas que buscan financiar activos reales que ofrezcan retornos estables a largo plazo con proyectos que necesitan financiamiento.

Sin embargo, inclusive si la percepción de riesgo de moratoria en África en las mentes de sus potenciales nuevos inversores ha evolucionado, ellos aún permanecen paralizados por la reputación e imagen del continente. Difícilmente se les puede culpar por ello, debido a la incesante cobertura mediática de las clasificaciones de los países africanos en los índices mundiales de gobernanza, facilidad para hacer negocios y corrupción.

En este punto es en el que las instituciones financieras de desarrollo pueden desempeñar un papel clave con respecto a tranquilizar a los nuevos inversores que aún están disuadidos por el denominado “riesgo de África”. La AOD anual a África supera los $50 mil millones y se invierte en los sectores público y privado de la mayoría de los 54 países del continente; y, a menudo, involucra a patrocinadores industriales de clase mundial. Las Instituciones Financieras de Desarrollo (DFI) también han contribuido a promover la inversión de capital privado en África, misma que ascendió a casi $24 mil millones entre los años 2012 y 2017, en sectores tan diversos como infraestructura, telecomunicaciones, banca y bienes de consumo. Claramente, es realmente posible hacer negocios en un ambiente decente en África.

La brecha en el financiamiento de inversiones en África es una importante amenaza para el futuro del continente. Se acoge con agrado el creciente reconocimiento internacional de esta situación, así como que con igual agrado se da la bienvenida a los adicionales miles de millones de dólares para el desarrollo que provienen de Estados Unidos y de otros lugares. Sin embargo, África necesita nuevos inversores, y en especial necesita que dichos inversores provengan de los fondos de deuda del sector privado, con el fin de cerrar la mentada brecha y convertir en realidad su enorme potencial.

Guillaume Arditti, a lecturer in international relations at the Political Sciences Institute of Paris (Sciences Po), is the founder of Belvedere Advisory. Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.

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