Cómo dejar de perder la lucha contra la malaria

Cuando se lucha contra enfermedades infecciosas no se puede medir el avance por la disponibilidad de recursos, sino por la cantidad de vidas que se han salvado. Si este es el baremo, el mundo está a punto de perder su lucha contra la malaria.

Tras años de notables avances, los esfuerzos globales de combatir esta enfermedad transmitida por los mosquitos han llegado a un momento de parálisis. Según el más reciente cuadro informativo sobre la malaria, dado a conocer por la Organización Mundial de la Salud, en 2017 se informaron 219 millones de casos, unos tres millones más que en el año previo. Más aún, mientras los fallecimientos totales anuales se mantuvieron constantes en cerca de 435.000, en algunas regiones se revirtieron las tendencias a la baja.

Lo que es más alarmante es que la cifra de muertes podría ser mucho más alta. Los datos del Consorcio para la Acción Sanitaria, un grupo sin fines de lucro comprometido con la eliminación de la malaria incurable en el Sudeste asiático, muestran un alto riesgo de que una cepa resistente a los medicamentos se propague desde Asia al África Subsahariana, la región más afectada del planeta por esta enfermedad. No es una preocupación sin precedentes. A fines de los años 50, surgió en Camboya una cepa resistente al medicamento antimalaria Cloroquina, difundiéndose por toda África durante los 80 y causando un aumento de dos a seis veces de la mortalidad relacionada con esta enfermedad. Sin intervenciones urgentes y coordinadas podría ocurrir de nuevo, solo que mucho más velozmente.

Por fortuna, hay maneras de reducir esta probabilidad; una de las más importantes es ampliar los programas de prevención, detección y tratamiento de quienes están en alto riesgo. Entre ellos se encuentran las fuerzas de paz regionales, fuente común pero a menudo subestimada de transmisión de parásitos de malaria entre Asia y África.

Las fuerzas de seguridad en el Sudeste asiático están infectadas de manera importante con el plasmodium falciparum, un parásito que causa una forma letal de la enfermedad. Por ejemplo, en 2016 un equipo de investigación liderado por el Instituto estadounidense de Estudios de las Ciencias Médicas en las Fuerzas Armadas (AFRIMS, por sus siglas en inglés) descubrió en Bangkok que un 10% del personal militar en el Noroeste de Camboya era portador de este parásito. Cuando se despliegan soldados camboyanos en África, como muchos lo han sido entre 2010 y 2016, se corre el riesgo de que se propaguen cepas virulentas de malaria.

Desde Camboya las cepas del parásito de la malaria pueden cruzar Myanmar hacia India y Bangladesh, donde están desplegadas cerca de un 15% de las fuerzas de paz de las Naciones Unidas. Si los soldados indios y bangladeshíes se despliegan en África sin que se les hagan exámenes de malaria, puede aumentar radicalmente el riesgo de transmisión letal.

Esta forma de malaria se podría contener con pruebas previas al despliegue, medicamentos y un uso generalizado de uniformes tratados con insecticida. Sin embargo, por el momento la mayoría de los gobiernos y organizaciones de ayuda mantienen un statu quo que excluye a estos grupos de alto riesgo. Por ejemplo, hemos visto que las redes antimosquitos tratadas, que son un medio eficaz de prevención de esta enfermedad, no se distribuyen en áreas de alta transmisión y aun allí el uso de las redes disponibles es extremadamente bajo.

En 2015, la OMS fijó el año 2020 como plazo para detener la transmisión del plasmodium falciparum en Camboya, y llamó a la eliminación total de la malaria de la Subregión del Gran Mekong del Sudeste Asiático para 2030. Todavía son objetivos alcanzables, pero solo si se da respuesta a tres retos clave.

Primero, se precisa una estrategia coordinada para combatir la enfermedad en las áreas de mayor transmisión, las llamadas islas de malaria. Si bien muchos de los recursos para lograrlo ya están disponibles, será esencial contar con fondos flexibles y nuevas alianzas para reducir las tasas de infección entre los militares, personal forestal y policías, así como otras poblaciones en riesgo.

En segundo lugar, los donantes internacionales deben reconocer la urgencia de la inminente pandemia de malaria. De momento, su compromiso sigue siendo insuficiente. Por ejemplo, El Fondo Global, una de las organizaciones que más fondos aporta a la lucha contra la malaria, sufre de falta de eficacia en su financiación. Los recipientes de ayuda de la región se quejan de que el dinero del Fondo no se puede usar para necesidades no logradas, entre ellas los incentivos por desempeño para motivar al personal. El Fondo Global justifica este enfoque como necesario para asegurar la sostenibilidad de largo plazo y la participación de los países anfitriones. Pero, ante una emergencia de salud pública en el Sudeste asiático y, por extensión, en África, es posible que insistir en una adherencia rígida a las reglas de financiamiento estándar sea pan para hoy y hambre para mañana.

Y, finalmente, necesitamos nuevas fuentes de dinero. Un lugar natural hacia el que mirar es el ejército de Estados Unidos, para el que la malaria es la amenaza número uno de la región. Por desgracia, el Departamento de Defensa estadounidense ha declinado ofrecer nada más que apoyo a la investigación, lo que puede llevar a unas cuantas publicaciones más, pero no a la eliminación de esta amenaza. A menos que haya un cambio de actitud, las organizaciones filantrópicas –especialmente la Fundación Bill y Melinda Gates- serán esenciales para llenar los vacíos de financiación eficaz, especialmente el ofrecer incentivos financieros para la aplicación de operaciones de eliminación comprobables.

Con los niveles correctos de apoyo y coordinación, podemos eliminar la malaria falciparum resistente a los medicamentos en el Sudeste asiático. La alternativa (mala implementación, gastos ineficaces e investigación mal orientada) significaría que los parásitos de la malaria aún en evolución acabarán por alcanzar África en un escenario letal que desharía décadas de avances.

Andrea Boggio is a professor of legal studies at Bryant University, where he researches the intersection of health and science policy. Colin Ohrt, Founding Director of the Consortium for Health Action, is a physician who works on eliminating drug-resistant malaria. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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