Como el sol por un cristal

Mi liberada:

La primera entrevista la publicó el diario La Vanguardia el 8 de enero de 1956. El tiempo ha convertido en una delicia su primer párrafo: «Rafael Sánchez Ferlosio, ganador del premio Eugenio Nadal 1955, se encuentra en Barcelona desde anoche, acompañado de su esposa, la joven escritora Carmen Martín Gaite. Llegaron ambos sigilosamente del mismo modo que habían partido de Granada a las cuatro de la tarde (…) ‘Desde luego quisimos escuchar la radio –nos ha dicho–. Pero no supimos a quién acudir, para estar a la vera del receptor’». El editor de Deliberar, José Lázaro, ha reunido hasta 45 entrevistas del escritor a lo largo de 60 años (1957-2017) en el volumen Diálogos con Ferlosio que acaba de publicar. Roza las 500 páginas y de su lectura se obtiene el inesperado fruto de una benéfica traición: la autobiografía hablada de aquel que fue tan reacio a toda forma autobiográfica. El alfa y el omega del volumen, y hasta de la propia trayectoria literaria del autor, cabe entre estos dos fragmentos. El primero de la misma entrevista de La Vanguardia. Le pregunta el anónimo periodista:

Como el sol por un cristal-¿Otras actividades suyas?

-Solo escritor profesional.

Dios Santo. ¡Profesional! Ferlosio habría matado a aquel chaval de 28 años que acababa de ganar el premio literario más prestigioso de España. De hecho, lo mató. Treinta años después José Antonio Gabriel y Galán le preguntaría por su época productiva, la de El Jarama. Aún se escucha el brrr furibundo del maestro:

-El Jarama, que hoy detesto, fue en notable medida escrito por esa motivación profesional, fue un producto profesional y no una obra. La detesto porque es un artificio que no se sabe a qué viene.

Durante estos últimos años fue un tópico de la relación entre los periodistas y Ferlosio el misterio sobre El Jarama. Era difícil sacar en claro los motivos de la repugnancia que sentía Ferlosio por esa obra, ¡tanto le repugnaba! Estos Diálogos lo aclaran, a poco que el lector sea paciente y vaya cerniendo sus palabras. No hay un solo motivo y apuntaré aquí el principal. Ferlosio acabó creyendo que El Jarama no lo había escrito él, sino que el llamado realismo social se lo había dictado a aquel muchacho de ilusa ambición: «Uno quería ser aceptado y reconocido entre los rojos y entonces no tenía la libertad para escribir lo que le diera la gana. Si no escribía El Jarama, que era un libro que podría ser afecto de un modo inmediato, superficial y pueril…», le confesó a Julio Llamazares en 1987.

En el libro hay tres entrevistas a este muchacho. La última en 1957. Entonces aún se atrevían a hacerle preguntas como la de Pedro Mario Herrero:

-Defínete a ti mismo.

-No se me ocurre nada. No puedo definirme porque solo tengo exterior.

Por la pregunta y por la respuesta se comprobará que la entrevista es el género que fomenta hasta un lugar indescriptible la estupidez creativa.

Pasan 30 años. Blanca Berasátegui entra en su zulo de la glorieta de Bilbao y escribe unas líneas muy vivas y valiosas. Ferlosio está saliendo de los años de las anfetaminas y de la enfermedad –él la llamaría «Altos Estudios Eclesiásticos»– del lenguaje, pero el paisaje permanece: «La escena es tan precaria, tan desoladora y tan adusta, que el visitante, convertido en intruso de inmediato, comprende a la primera que el que allí habita tiene alma de realquilado. Están todos los ingredientes del hiperrealismo al por mayor: un suelo de baldosas desconchadas, una cama deshecha, ropa tirada por la silla, calzado por el suelo, carpetas de esas azules empolvadas, un escritorio maltrecho, libros y papeles por ahí, el ruido y el frío que suben de la calle como el humo de una churrería (…) Vive de espaldas al confort, a la complacencia, a la autoestima, instalado así en su piso como en su alma: como un inquilino de paso con derecho a cocina».

Las editoriales, con sucesivas promesas de limpiar, ordenar y fijar su obra completa, lo hacen volver cíclicamente a las entrevistas. Siempre las recibe de malhumor o incluso afectando malhumor. A veces escribe las respuestas, otras las rumia largamente. Inevitablemente se desliza el lugar común, las opiniones repetidas. Pero, de repente, entre la chatarra, advienen bellísimos milagros: «He pasado por el mundo o el mundo ha pasado por mi alma como el sol por un cristal, sin romperlo ni mancharlo» (Javier López Rejas, 1992).

En todas las conversaciones, sin excepción, Ferlosio se muestra seguro de su lugar. Es decir, del lugar del intelectual. Sin pusilanimidad, sin acomplejamientos, sin caridad.

«Desprecio a aquel que dice que no se cree, que no se pretende, en posesión de la verdad. Si no te crees en posesión de la verdad, por muy relativa y circunstancial que sea la referencia, por mucha humildad que la experiencia del error te haga añadir por fuera, cállate» (Manuel Rivas, 1988).

«A los que podrían querer chantajearme con el miedo a la tacha de elitismo o de ‘encerrarme en mi torre de marfil’ les respondo humildemente: ¡A mucha honra! No me gusta el mundo, no me gusta la calle, no me gusta el gentío, ¿qué le voy a hacer?» (López Rejas, 1992).

«El amarillismo está en los ojos de los periodistas, como una ictericia. Ya no se puede alternar porque las conversaciones también están dominadas por la negrita. ¿A eso le llaman estar en contacto con la sociedad, con la calle, con la vida? Pues entonces me digo, torre de marfil». (Patxo Unzueta, 1993)

El mundo de Ferlosio. Su humilde arrogancia, ese lugar que tal vez sea el único lugar posible de un intelectual. Hoy más que nunca. Hoy que el comunismo y su política de igualación por abajo, después de fracasar en la política y en la economía, se han hecho fuerte en la cultura y en la conversación pública. Las redes sociales, la desaparición del intermediario y de cualquier canon permiten constatar el hecho asombroso de que los medios de producción –cultural– han pasado finalmente a manos colectivas. Y que antes de que la definitiva y feliz igualación reduzca al silencio cualquier diálogo es preciso atravesar la fase dura, intermedia e inexorable de la lucha, la llamada dictadura del proletarado (¡ojo linotipista!), que, en nombre del nacionalismo, la religión, el ecologismo, o cualquier forma de identidad, de irrisorio name dropping, reprima toda señal de inteligencia crítica y de libertad. Este calamitoso periodo de la historia de Occidente es lo que hace plenamente subversivo este libro, que deben pasarse con precaución y bajo mano todos los humildes y arrogantes de este mundo, porque en él hay eficaces instrucciones para fabricar artefactos nucleares del pensamiento. Estos diálogos –debo aclarárselo por último a tu cabecita lenta–, de Rafael Sánchez Ferlosio consigo mismo.

Y sigue ciega, tu camino

Arcadi Espada

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