¿Cómo elegimos a los políticos?

¿Cómo elegimos a los políticos?

Cuando se habla con algunos de los protagonistas de la transición política no es extraño que, más pronto que tarde, salga a relucir el desencanto que, de manera casi unánime, sienten muchos de ellos, si no todos, ante la situación política española. Los más jóvenes pueden pensar que ese sentir no deja de ser un ejemplo más de la propensión al desánimo que se apodera con frecuencia de las personas que han vivido una vida ya larga. Ese sentimiento se convierte en un huracán de desengaño en el notabilísimo testimonio que nos ha dejado Alejandro Nieto, un auténtico sabio, que se ha convertido en testigo despiadado de nuestros muchos desatinos de las últimas décadas: no dejen de leer, por cierto, su libro El mundo visto a los noventa años, me lo agradecerán y sentirán que un torrente de lucidez, no siempre cómoda, les aclara el caso.

No quiero analizar ahora la razón, o las sinrazones, de esa clase de desengaños, pero sí me gustaría dedicar unos párrafos a explicar cómo elegimos ahora a nuestros políticos y si el sistema que estamos siguiendo tiene sentido. La transición se hizo con lo mejor que se tenía a mano, fue una leva generacional de españoles dispuestos a poner una democracia en píe, un comienzo en el que las reglas formales o todavía no existían o a nadie le importaban, pero el experimento salió bastante bien, digan lo que digan los que quieren presumir de ser más dignos, más valientes y más listos que nadie.

“Después de Franco las instituciones”, eso se decía, pero lo que ocurrió es que las instituciones de la dictadura fueron desmanteladas en un plazo de tiempo bastante breve y se crearon las instituciones democráticas fundamentales inspirándose en los países de nuestro entorno. ¿Qué podía salir mal? Lo previsible es que el impulso hacia la libertad y las instituciones de las democracias lograsen crear una entente duradera capaz de albergar una democracia liberal madura y responsable. ¿Ha sido así? Pues no del todo, pero lo razonable sería que no nos empeñásemos en destruir lo que sí tenemos, y no es poco, sino en perfeccionarlo, en corregir algunos de los procedimientos que nos condenan a una cierta esterilidad política, a repetir de manera monótona y aburrida una serie de maniobras de poder que no buscan asentar una democracia admirable sino, tan solo, asentar el poder de los partidos.

En lenguaje académico, hemos transformado una democracia incipiente en una partitocracia tan enrevesada y perversa que ha conseguido, incluso, deglutir los intentos que, desde la derecha, el centro o la izquierda, se han llevado a cabo para corregirla. Muchos pensarán que esto es inevitable, y, en efecto, no hay manera de hacer una democracia sin partidos, pero sí es posible corromper cualquier democracia, incluso las más maduras, si los partidos dejan de ser lo que tienen que ser, representantes de la sociedad civil, y se convierten en búnkeres que defienden a sus líderes y someten al ciudadano a la presión insoportable de una polarización extremista y ciega.

Esta clase de fenómenos no es exclusiva de España, por descontado, basta echar un vistazo a lo que ocurre en democracias mucho más asentadas, como la inglesa o la americana, para ver como el partidismo, la demagogia y la polarización pueden llevar a un país al enfrentamiento civil en lugar de conducirle hacia el progreso, la paz, el orden y la libertad. En España parece como si los partidos se lucrasen de los efectos contrarios a la maldición que sobre ellos hacía recaer el franquismo y que, en parte por eso, se confunda cualquier crítica a su funcionamiento, con una crítica a la democracia, un proceso que conduce a dos realidades muy desagradables: la sacralización de los partidos y su sumisión absoluta al dictado de un líder y así hablamos del PP de Feijóo, o del de Ayuso, del PSOE de Sánchez, del partido de Abascal, etc.

Hay quien piensa que el ideal de que los partidos tengan un funcionamiento democrático y no se rindan al cesarismo de turno es, a la vez, imposible e irrelevante, es decir que los mandatos constitucionales al respecto, que recogen la experiencia de muchos años de funcionamiento de las democracias maduras son un mero brindis al Sol. Para desmentirlo me fijaré en una serie de fenómenos que ocurren de forma casi indefectible cuando los partidos dejan de ser lo que tendrían que ser.

Lo primero que ocurre es que los partidos se transforman en una especie de empresas con empleados a sueldo en las que el criterio del dueño es lo único que importa. La consecuencia más grave de esto es que los partidos dejan de recoger la opinión ciudadana, se convierten en insensibles frente a toda clase de fenómenos sociales, porque a ellos no les llega la información oportuna, y empiezan a fiar toda su política no en el empeño por resolver problemas sino en las artes que lleven a consolidar su imagen, a mantener un alto porcentaje de voto cautivo. La falta de capilaridad de los partidos los convierte en marcas y en oficinas de imagen al servicio del líder que, además, buscan mucho más el voto basado en la creencia y el dogmatismo que un voto convencido por análisis y buenas razones. Los partidos se convierten en fuente de torpezas.

La segunda consecuencia de esta transformación esencial es que los partidos necesitan tomar cada vez más poderes, la prensa, la administración, las universidades, etc. porque tienen que colocar a muchos de sus empleados y porque saben que solo el poder les permitirá doblegar de manera indiscutible la voluntad popular. Como consecuencia de esto, todos los partidos, aun los que se querrían proclamar liberales, se hacen cada vez más estatistas, solo confían en el gasto público creciente, detestan a cualquiera que quiera hacer números y calcular la eficacia de sus medidas, y solo saben manejarse bien con una orgía de gasto indiscriminado que permita la alegría de sus ejecutivos y otorgue a los votantes la sensación de que se hace algo por ellos.

En tercer lugar, los partidos llegan a convencerse de su poder ilimitado y convierten la acción política en puro populismo, en un sucedáneo burdo de las religiones, de manera que pasean a sus líderes como si fueran santos que van curando las enfermedades de quienes se acercan a ellos, y llegan a creer que una visita de su líder a territorios hostiles tendrá efectos taumatúrgicos, pura magia. Todo ello es posible porque los partidos se encierran en una poderosa burbuja de empleados, interesados, subvencionados y medios afines que acaban por convertirlos en organismos insensibles a cualquier aspecto de la realidad que no cuadre con sus intereses y, de este modo, se convierten en fuerzas ciegas que no ven sino lo que quieren ver.

La transición, podríamos decir, pudo salir bien porque los partidos no eran todavía lo que son ahora, apenas tenían aparato, eran bastante plurales, lo que facilitaba el acercamiento entre unos y otros a la hora de acordar cosas, y no se dejaban reducir con tanta facilidad como ahora existe a una falange unánime y bien disciplinada que decora con su presencia las apariciones del líder y aplaude con fingido entusiasmo cualquiera de sus palabras, aun las más necias.

Antes decíamos que en la transición se copiaron las instituciones de las democracias maduras y eso se hizo bastante bien, pero los partidos no se pueden copiar porque no son modelos abstractos sino grupos de poder que se van autoorganizando conforme a normas muy generales y que no están escritas de manera clara en ningún manual; tienen sus propias tradiciones y una cultura peculiar que podría haber evolucionado en línea con lo deseable en una democracia liberal, pero que ha evolucionado, más bien, en una línea autoritaria nada ajena a nuestra más peculiar tradición política.

¿Tiene todo esto arreglo? Es fácil ser escéptico, pero hay que tratar de no serlo. La solución solo puede venir de la autocrítica interna, pero en todas partes se considera que esa medicina es venenosa, o bien de la deserción de los votantes y del intento de forzar a los partidos a abrirse más. Aquí los casos de la izquierda y la derecha difieren un poco, pero en ambas zonas del espectro persiste todavía un cultivo del cesarismo que debiera ser puesto muy en cuarentena. De momento, lo que hemos podido ver es que los partidos surgidos para evitar los defectos de los tradicionales no han podido con ellos y han pasado (véase, en especial, los casos de Ciudadanos y de Podemos) de la promesa de un modelo nuevo, al caudillismo… y, en la práctica, a su desaparición.

No es raro que haya sido así, pero los fracasos constituyen la mejor enseñanza posible para mejorar, y hay que esperar que los españoles seamos capaces de darnos cuenta de que algo va mal en nuestros partidos cuando España está sumida en una crisis económica y política muy grave, cuando nuestro bienestar económico no crece al menos desde 2005, y cuando les esperanzas en que la democracia podría entregarnos una España mejor están dando lugar, día a día, a una decepción creciente. Preguntarnos qué está pasando es la única manera de conseguir que podamos dejar de estar al pairo, y eso es responsabilidad de todos, en especial de los militantes de los partidos que quieran hacer política de verdad y no se limiten a esperar el magro reparto de dividendos que dan las empresas en crisis.

José Luis González Quirós es filósofo y analista político. Su último libro publicado es La virtud de la política (La Antorcha).

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