Cómo establecer objetivos

Al inicio de este siglo, los líderes de todos los países aceptaron llevar a cabo los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. La ambición era mejorar significativamente la situación de los ciudadanos más desfavorecidos del planeta antes de 2015.

La intención era loable, pero en 11 años los avances para el logro de los ODM han sido desiguales. A medida que los responsables políticos comienzan a considerar lo que deberían ser nuestras aspiraciones después de que venza el plazo fijado, vale la pena considerar lo que funcionó, lo que no y cómo podríamos hacerlo mejor.

Básicamente, los objetivos fijados por los ODM equivalían a una lista de “cosas que sería bueno conseguir”. Hemos avanzado en casi todos ellos, pero no lo suficiente en la mayoría. Lo hemos hecho razonablemente bien para garantizar que un niño nacido en el año 2015 probablemente enfrente menos cargas materiales que sus padres. Sin embargo, sigue habiendo importantes desafíos y desigualdades. Como siempre, debemos preguntarnos cómo podemos garantizar un ritmo de avance  más rápido.

Los ODM comprendían ocho amplias intenciones: el mundo decidió erradicar la pobreza y el hambre extremas; lograr la enseñanza primaria universal; promover la igualdad entre los géneros y dar más poder a las mujeres; reducir las tasas de mortalidad infantil; mejorar la salud materna; combatir el VIH / SIDA, la malaria y otras enfermedades; asegurar la sostenibilidad del medio ambiente, y fomentar una relación de colaboración mundial para el desarrollo.

Estos objetivos se sustentaban en objetivos concretos. Por ejemplo, apuntamos a reducir a la mitad la proporción de personas que viven con menos de 1 dólar al día; lograr empleo decente para las mujeres, los hombres y los jóvenes; reducir en tres cuartas partes la tasa de mortalidad materna, y reducir en dos terceras partes la tasa de mortalidad de menores de cinco años.

Nadie podría rebatir ninguno de estos objetivos. Sin embargo, su formulación es poco consistente. ¿Por qué buscan reducir la pobreza a la mitad, la mortalidad materna en tres cuartas partes, y la de menores de cinco años en dos terceras partes? ¿Por qué establecer objetivos específicos de reducción en estas áreas, y sin embargo seguir siendo vagos en nuestro deseo de “lograr empleo decente”?

¿Y por qué estos objetivos en particular? ¿Por qué aspirar a mejorar el acceso a tecnologías de la información (Internet, teléfonos móviles), pero no a energía básica? Hoy en día, 1,6 mil millones de personas no tienen electricidad y, cuando se pone el sol, sus vidas están literalmente sumidas en la oscuridad. ¿Y por qué no plantearse el objetivo de reducir los 1,4 millones de muertes que ocurren cada año debido a la contaminación del aire en interiores, en gran parte causada por el uso de combustibles pobres como la madera, el cartón y el estiércol para cocinar y dar calor?

Los ODM han ayudado a centrar la atención en algunas áreas de necesidad. El agua limpia y el saneamiento, la deforestación y la desigualdad de género en la educación no son temas que reciben gran atención de los medios o en los países desarrollados. Los ODM contribuyó a que estos problemas no desaparezcan de la agenda política y, en parte como resultado de ello, se ha avanzado en por lo menos las dos primeras áreas.

Sin embargo, podríamos haber ido un paso más allá y prestar mayor atención a las áreas en las que podría lograr el mayor bien. En realidad sabíamos en el año 2000 que eran pocas  las probabilidades de alcanzar los objetivos: el Banco Mundial estimaba que, además de las reformas de políticas y prestación de servicios en muchos países, la ayuda anual para el desarrollo en el extranjero tendría que aumentar en $50 mil millones de dólares.

En lugar de estar de acuerdo con aspiraciones generales, habría servido más utilizar las metas para resaltar inversiones específicas y más alcanzables. Según un análisis realizado por premios Nobel y otros economistas de prestigio para el Centro del Consenso de Copenhague, estas inversiones incluyen ampliar la vacunación de los niños, esfuerzos por reducir el precio de la escolaridad, e iniciativas para poner fin al “hambre silenciosa” de la deficiencia de micronutrientes.

A pesar de la amplitud de los ODM, un problema ha recibido, con mucho, la mayor atención en la última década: el calentamiento global. De hecho, entre los líderes mundiales y los políticos, ningún otro tema relacionado con el desarrollo le llegó a los talones. La política de la Unión Europea sobre el clima está costando $250 mil millones al año, lo suficiente como para haber logrado todos los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Sin embargo, su efecto en la temperatura global dentro de cien años será ínfimo.

Cuando se trata de “hacer el bien” en el mundo, hay una gran diferencia entre centrarse en los problemas y centrarse en las soluciones. El calentamiento global pone de relieve este contraste. Comprensiblemente, nos centramos en el problema y luego damos por sentado que un acuerdo global de reducción de las emisiones de carbono es la única solución lógica.

Pero un acuerdo global de ese tipo parece ser políticamente imposible, y ha demostrado ser muy ineficaz. Si bien el calentamiento global es un serio desafío (que exacerbará problemas de otro tipo), la reducción de emisiones de carbono es una mala solución y un mal uso de fondos en comparación con las alternativas.

Encontrar las soluciones más inteligentes a los problemas requiere priorizar, un esfuerzo que los ODM no hacen explícitamente y que muchas personas encuentran desagradable. Pero si no elegimos explícitamente entre las políticas sobre la base de su eficacia, a menudo otros factores deciden por nosotros, como qué problema atrae más atención de los medios o cuenta con empresas y activistas con intereses propios que presionan por una inversión específica.

Un tema general de los ODM es reducir la pobreza. Para el año 2015 habremos reducido a la mitad el porcentaje de personas cuyos ingresos sean inferiores a 1 dólar por día. Pero esto se debe casi en su totalidad a los masivos avances económicos emprendidos por China y la India, que muestran con qué eficacia el comercio puede reducir la pobreza. Sin embargo, los países desarrollados han hecho reformas políticamente imposibles que reducirían las barreras comerciales para los países en desarrollo. A pesar de que hemos destinado todo nuestro tiempo a escribir un tratado que suceda al Protocolo de Kyoto, hemos olvidado la Ronda de Doha de negociaciones comerciales.

En general, los Objetivos de Desarrollo del Milenio han mejorado el planeta. Pero cuando nos fijemos nuevos objetivos en el año 2015, tendremos que ser mucho más honestos sobre centrarnos en áreas en las que podamos lograr el mayor bien.

Bjørn Lomborg, director del Centro del Consenso de Copenhague de la Escuela de Negocios de Copenhague, profesor adjunto de la Escuela de Negocios de Copenhague y autor de El ecologista escéptico y En frío. Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

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