Cómo evitar la turistificación de Madrid

Cómo evitar la turistificación de Madrid

En poco tiempo, la capital de España se está convirtiendo en uno de los destinos turísticos más concurridos del país y de Europa. Según la Encuesta de Ocupación Hotelera del Instituto Nacional de Estadística, Madrid tuvo más de 9,3 millones de visitas internacionales en 2017. Solo en julio de ese año, la ciudad recibió 590.311 turistas. Pese a que el verano de 2018 fue la peor temporada turística en los últimos años en España, Madrid es la única comunidad autónoma que se ha beneficiado de un aumento de visitantes: la ciudad tuvo un 6,7 por ciento más de turistas.

Históricamente, la joya de la corona del turismo español ha sido Barcelona. Y lo sigue siendo. Pero el atentado de las Ramblas en agosto de 2017, el movimiento independentista catalán y la creciente turismofobia —las muestras de odio hacias los turistas, representadas tanto en pintas callejeras que advierten “Tourist, go home” como en activismo contra el turismo—  han provocado una caída del flujo de visitantes.

Solo el año pasado, Europa recibió a aproximadamente 670 millones de personas. La naturaleza predadora del turismo de masas de nuestro siglo, posible gracias a la cada vez mayor accesibilidad del transporte y al ensanchamiento de las clases medias de más regiones del mundo, ha generado ganancias enormes para las ciudades, pero también algunos males, como el desborde de servicios públicos y rentas infladas por visitantes dispuestos a pagar más que los residentes.

Las ciudades que se convierten en destinos de moda acaban redistribuyéndose para favorecer la visita de sus millones de turistas y obtener el beneficio económico derivado de él. A menudo, por lo tanto, los espacios sociales de las ciudades más visitadas terminan transformados en espacios comerciales. El dinero inyectado por el turismo puede facilitar el crecimiento económico de las ciudades pero, en los peores casos, también hacer que se diluya su identidad y patrimonio hasta convertirse en lo que los viajeros esperan encontrar en su destino.

Barcelona se ha convertido en lo que el mercadeo vacacional ha creado, no en un lugar que sorprenda al viajero. Este empobrecimiento cultural ocasionado por lo que podemos llamar turistificación —el impacto que tiene el turismo de masas en las metrópolis— le podría suceder a cada vez más ciudades europeas, entre ellas, Madrid.

La turistificación es evidente en Venecia —en donde se han establecido turnos de entrada—, pero también en Oporto, Praga y otros destinos en los que las franquicias remplazaron a los locales tradicionales. El ritmo de apertura de franquicias —como McDonald’s, KFC y Burger King— en España ya es mayor que el de locales propios: según el informe de la Asociación Española de Franquiciadores, en 2016 ya había 24.012 de estos negocios en Madrid. La ciudad corre peligro de convertirse en otra capital uniformada más de Europa a cambio de la promesa de una fuerte inyección económica.

El turismo representa más del 11 por ciento del producto interno bruto (PIB) de España, pero eso no significa que las ganancias se redistribuyan entre todos los miembros de la sociedad. Los beneficios para los habitantes de las ciudades van poco más allá del empleo temporal, muchas veces en condiciones precarias. Esto se reveló hace unas semanas: este año España vivió el peor agosto en diez años al perder 203.000 empleos. Del total de 1,6 millones de contratos registrados ese mes, solo el 9,61 por ciento no tenían temporalidad definida.

El gran síntoma de la turistificación de Madrid es la gentrificación. El aumento del valor de las calles se eleva en función de la demanda turística, lo que afecta a los inquilinos que radican en la ciudad. En el centro, el precio del alquiler se ha disparado, igual que la oferta de pisos turísticos vía aplicaciones. Ese modelo de renta por días y sin intermediarios se presentó como una iniciativa de economía colaborativa, pero ha derivado en especulación. Ya hay empresas que gestionan edificios enteros para darlos a renta temporal después de desalojar a sus inquilinos. En cambio, hay pocos beneficios a largo plazo. Por ejemplo, la empresa Airbnb —que en 2016 obtuvo en España 5,4 millones de clientes— solo pagó 55.211 euros en impuesto de sociedades, lo que supone una considerable reducción del tributo a Hacienda.

Esta situación ha llevado al Ayuntamiento de Madrid a designar “viviendas turísticas” a las que lo sean más de noventa días, tengan acceso independiente desde la calle y cuenten con una recepción, lo que significa que el 95 por ciento de la oferta actual de pisos turísticos son ilegales. Mientras ha habido protestas de los vecinos, se han abierto casi quinientos expedientes administrativos para cesar la actividad de algunos pisos. Si no se resuelve este problema, tendremos un caldo de cultivo ideal para que en la capital española se asomen los primeros brotes de turismofobia.

Este problema es evitable si Madrid aprende de las experiencias de ciudades que ya han sufrido la turistificación. Un caso es Ámsterdam, en donde no se darán licencias para abrir más negocios turísticos en el centro y se estudia la posibilidad de prohibir los alquileres para turistas en algunas zonas. También se debe tomar nota del Plan Estratégico del Turismo 2020 de Barcelona, que sugiere una estrategia coordinada entre el gobierno y el sector privado. Al mismo tiempo, a nivel regional, el Congreso aprobó una iniciativa para garantizar el turismo seguro y “perseguir cualquier acto vandálico” en contra de los visitantes. Los habitantes de Madrid tienen que organizarse para exigir tanto al gobierno como a las empresas que se benefician del turismo un equilibrio entre un turismo razonable y el bienestar de los residentes de las ciudades.

El turista también podría exigir más como viajero. La base de un viaje es el descubrimiento, pero la turistificación ha trastocado esta perspectiva: se visitan lugares abarrotados, los visitantes quieren estar donde todos han estado antes y fotografiar lo que todos han fotografiado. Esa estandarización impersonal del viaje es el resultado de destinos turísticos que se preocupan solo por satisfacer las necesidades y el imaginario colectivo de los turistas.

Una ciudad debe ofrecer un turismo diverso y de calidad que no degrade el patrimonio cultural y no genere condiciones para la precariedad laboral, ni a costa de las condiciones más básicas de tránsito y vivienda de los residentes. Para conseguirlo, los gobiernos deben ocuparse de sus turistas tanto como de sus ciudadanos.

Carlos García Miranda es escritor y guionista. Ha escrito las novelas El club de los lectores criminales, Conexo y Enlazados. Colabora en 20 Minutos.

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