Cómo evitar que Grecia sea un Estado fallido

Lo peor del problema de Grecia es que no tiene solución buena. A partir de ahí, se impone la búsqueda de la que menos estragos cause. A eso estaban entregados hasta ayer, con más tesón que éxito, tanto su gobierno como las fuerzas de la Troika (hoy llamadas santurronamente «instituciones») y los jefes de Estado europeos.

Muchos periodistas y académicos de prestigio del mundo anglosajón se han empeñado en dar por terminado el experimento del euro. Y todo por la pequeña Grecia. Como si la quiebra de Detroit o la que parece la próxima suspensión de pagos de Puerto Rico pudiera arrastrar a EEUU o al dólar a su desaparición.

Es verdad que en EEUU tienen una gran ventaja, un Tesoro Único, algo que por ahora en Europa es sólo un objetivo distante (como lo era la moneda única en 1992). Pero ese era también un objetivo lejano para EEUU a finales del siglo XVIII, cuando Alexander Hamilton se esforzaba por centralizar fiscalmente a una Confederación dispersa, algo que sólo logró a cambio de que el Tesoro común se hiciera cargo de las deudas de los diferentes estados. Un ejemplo que seguramente llegará pero que ya se está tardando en imitar en Europa.

Cómo evitar que Grecia sea un Estado fallidoLa mayoría de las argumentaciones apocalípticas sobre el euro son brillantes y, como todo lo brillante, simplistas. La tarea de los analistas es precisamente esa: poner por escrito de manera esquemática lo que a otros le cuesta más trabajo desmenuzar, de forma que el problema se pueda entender. Pero desmenuzar y analizar no es lo mismo que negociar y hacerse responsable de decisiones que afectan a millones de personas. De ahí que los jefes de Estado y de Gobierno europeos actúen con bastante más prudencia.

Así, en ese tipo de análisis se van acumulando los argumentos del tipo de: «La salida de Grecia del euro llevaría a plantearse cuál es el siguiente candidato a salir y por tanto sería el principio del fin del euro».

La experiencia dice que cuando algún Gobierno o empresa muestra un flanco débil siempre habrá fondos de inversión libre (hedge funds) dispuestos a lanzarle un ataque especulativo para aprovecharse de esa debilidad. Pero también es verdad que ese tipo de ataques no tienen garantizado el éxito, aunque a veces lo parezca, ya que se hacen famosos cuando triunfan pero no cuando fracasan. Y esos fracasos son innumerables.

En 1992, el Sistema Monetario Europeo soportó enormes presiones pero sobrevivió y fue la base para la creación del euro siete años más tarde. La salida simultánea entonces de la libra (definitiva) y de la lira (transitoria) no arrastró a los otros miembros más débiles: peseta o escudo. De ahí que haya al menos un contraejemplo que niega la doctrina de «la salida que arrastra a otros».

Entre las preocupaciones de quienes profetizan el fin del euro está la aparición de movimientos populistas por cualquiera de los dos extremos que, de ganar simultáneamente las elecciones, harían ingobernable Europa.

Todo es posible, pero la experiencia de los 64 años transcurridos desde que apareció el primer embrión de la Unión Europea desmiente ese tipo de temores excesivos. Sólo hay que recordar que François Mitterrand ganó las elecciones a la Presidencia de la República Francesa en 1981 y que gobernó en coalición y con ministros del entonces poderoso Partido Comunista francés. Todo ello en una Francia que permanecía, aunque sólo fuera políticamente, en la OTAN y en una etapa en la que en EEUU gobernaba Ronald Reagan y en Reino Unido, país de la Unión Europea, Margaret Thatcher. Ahora parece lo más natural considerar que aquella «cohabitación» no tuvo nada de especial pero hay que recordar que la Unión Soviética había invadido Afganistán sólo dos años antes y que Ronald Reagan iba a lanzar su programa armamentístico conocido como «Guerra de las Galaxias».

Para colmo, EEUU iniciaba una profunda recesión y Mitterrand acometía un programa de gasto público que desestabilizó la economía francesa, además de nacionalizar lo que quedaba de banca privada. Si en este clima pudo convivir con Margaret Thatcher y Ronald Reagan y, además, la Unión Europea sobrevivió, probablemente es que ésta era ya entonces, y sigue siendo ahora, mucho más resistente de lo que se cree.

A nadie en Europa le conviene que Grecia se convierta en un Estado fallido. Es verdad que Grecia no podrá pagar su deuda. Pero ni Grecia ni ningún otro país si tuviera que hacerlo. Ni siquiera EEUU. Pero la deuda pública en la mayor parte de los países no se paga: se renueva, y solo da problemas de verdad cuando hay una ola de pánico y desconfianza que lo impide. Hasta tal punto, que cuatro billones de dólares de la deuda de EEUU (la que tiene la Reserva Federal en su cartera) se han convertido por ahora en deuda perpetua, por la vía de renovarla cuando vence.

Así, el primero y principal error del Gobierno griego actual fue anunciar que no pagaría la deuda. Con esto las agencias le rebajaron la calificación crediticia, de modo que su deuda dejó de ser apta para que el BCE la incluyera en su programa de compras por valor de 1,1 billones de euros. Después, por razones parecidas, el BCE le cortó la línea de liquidez (la de ahora, de emergencia, no es del BCE propiamente dicho sino del Banco de Grecia; el BCE solo la autoriza).

Pero, además de dejar de hablar de la deuda, Grecia tiene que hacer reformas que la conviertan en un estado moderno. Quien tenga dudas sobre lo que eso quiere decir que piense en lo que hubiera sido de España si no hubiesen hecho Felipe González y su Gobierno la reconversión industrial en 1985. Algo con lo que se enfrentaron a intereses de todo tipo, legítimos y no; de trabajadores, proveedores e industria auxiliar; de empresarios, directivos y sindicatos; que llevó el paro a más del 22% por primera vez en España y que terminó (junto con las pensiones privadas) costándole la huelga general más exitosa de la historia.

Pues bien, para que Grecia se convierta en un Estado moderno tiene que tomar decisiones que la sacudirán internamente como le pasó a España entonces. Los obstáculos mayores no están fuera (en la Troika) sino dentro. Y si a un «enemigo/espantajo» exterior es fácil atacarlo, no lo es tanto cuando ese enemigo está dentro, cuando está formado en buena parte por partidarios o beneficiarios de cada gobierno de turno que defienden, como es natural, sus intereses.

Grecia debe encarar el futuro haciendo una declaración en que no cuestione la deuda, de forma que ésta sea elegible para la operativa del BCE. Eso es compatible con: 1) reclamar el cumplimiento del compromiso que asumió la Troika en 2012 de reducir la carga financiera; 2) negociar duramente el plan de emergencia humanitaria, y 3) acordar un Plan de Estabilidad soportable. Lo demás debería venir por añadidura: un uso más heterodoxo por el BCE de las herramientas que tiene a su disposición. Si EEUU, Japón, Reino Unido y China lo han hecho y lo hacen, ¿por qué no Europa?. Todo ello combinado con una propuesta de Tesoro Único Europeo, aunque sea gradual y cautelosamente llevada a la práctica.

Si el ambiente creado no fuera tan malo se podría ir más lejos e imitar a la Terranova de 1933, dejando por cinco o diez años la gestión del Tesoro griego en manos conjuntas de Bruselas y Atenas.

El gobierno de Syriza resiste las demandas de los acreedores y no quiere que su país se empobrezca más. Pero Grecia ya está empobrecida y cualquiera que sea la solución que se adopte solo será una manera específica de certificar ese hecho. Dentro del euro será muy duro pero fuera lo será más aún: un vistazo a sus vecinos de frontera Albania, Macedonia, Bulgaria o Turquía no le dejará lugar a dudas.

Naturalmente todo esto deja mil cuestiones sin cerrar y, por tanto, un poso de inquietud. Pero así son las cosas en la vida real aunque después parezcan mucho más nítidas en los relatos históricos. No hay cosas tales como «el fin de la Historia». No hay parada. No hay reposo. Siempre hay alguien que viene por detrás compitiendo (países emergentes) o que va por delante aprovechando las mejores ocasiones. Y aunque los objetivos sean claros (permanecer en el euro y formar parte del proyecto político europeo) nada podrá evitar que, a la vez, haya una continua corrección del rumbo.

Juan Ignacio Crespo es estadístico del Estado y autor del libro Cómo acabar de una vez por todas con los mercados.

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