Cómo fue que ‘The Wall’ de Pink Floyd me salvó y arruinó mi vida

 Una escena de "Another Brick in the Wall”, una adaptación del álbum de Pink Floyd “The Wall", interpretada por la Ópera de Montreal Credit Yves Renaud
Una escena de “Another Brick in the Wall”, una adaptación del álbum de Pink Floyd “The Wall”, interpretada por la Ópera de Montreal. Credit Yves Renaud

Como si mi adolescencia un tanto deprimente no hubiera sido lo suficientemente difícil, en noviembre de 1979 apareció el álbum The Wall para anunciar el inicio de una nueva década.

Muchas gracias, Pink Floyd.

Adelantémonos casi cuarenta años: The Wall se adaptó a una ópera y se estrenó esta semana a unos cuantos kilómetros del lugar donde nació mi existencialismo adolescente. Aunque, esta vez, me siento muy agradecido por lo que ese muro ha provocado.

Sin embargo, en 1979, una década estaba a punto de terminar, y yo estaba tratando de dejar atrás “Dust in the Wind” y otros temas depresivos de los setenta. Me esperaba un nuevo comienzo en la universidad, nuevos horizontes, y cosas por el estilo, y olvidarme del perdedor de Bartleby y su existencialismo que conocí en el penúltimo año de la clase de literatura.

Pero luego esos chicos de Pink Floyd tuvieron que encapsular en un álbum doble una dosis de guerra, padres muertos, soledad, fascismo, muros y madres que nos inculcan sus miedos. ¿Debía molestarme en ir a la universidad si de verdad “no necesitamos educación”?

De pronto, el existencialismo de Pink Floyd se convirtió en el grito de batalla de la angustia que aún no exploraba. El verso “Madre, ¿crees que lanzarán la bomba?” se quedó atorado en mi garganta adolescente después de que, al año siguiente —durante el periodo más álgido de la Guerra Fría y justo cuando estaba por cumplir 18 años—, el presidente Jimmy Carter volvió a implementar el Servicio Selectivo en Estados Unidos. Me podían reclutar. Podíamos ir a la guerra. Igual que el personaje principal de la ópera rock, yo también había perdido a mi padre cuando era un niño. El álbum encarnaba mi dolor de manera sucinta. El miedo nubló mi brillante futuro juvenil. En verdad, solo quería estar confortablemente adormecido.

Resulta que no era el único con un entusiasmo desmedido por The Wall. Desde su lanzamiento, hace casi cuatro décadas, se han vendido 23 millones de copias. Mi disco de vinilo —que compré con el escaso salario de quien, vestido completamente de poliéster, comenzaba a trabajar en un restaurante de comida rápida— sobrevivió a los rayones y al derrame de agua durante el siguiente año, a los maltratos todavía más severos a principios de los ochenta en mi cuarto universitario y después a un exilio solitario de tres décadas en tres continentes en las repisas de las distintas casas en las que viví desde que los discos compactos, iTunes y YouTube desplazaron ese formato. Ahora, increíblemente, mi LP vuelve a estar de moda por el regreso de la cultura del vinilo.

Este disco de Pink Floyd se adaptó a una película en 1982, se puso en escena en un concierto en 1990 —cerca del recién derribado Muro de Berlín—, se presentó de 2010 a 2013 en una gira con Roger Waters, cofundador de Pink Floyd, que incluyó todos los temas, y ahora es una ópera, que se estrenará en Estados Unidos este mes cerca de mi ciudad natal, en Ohio. De nuevo, The Wall logró filtrarse furtivamente en mi consciencia.

Another Brick in the Wall, concebida por Waters y el compositor de ópera Julien Bilodeau, se estrenó el 20 de julio en Estados Unidos y contará con cinco presentaciones en la Ópera de Cincinnati en uno de los edificios embrujados que me gustaba más cuando era niño: el recientemente renovado Music Hall, un ícono de Over-the-Rhine, el revitalizado barrio histórico de la ciudad. La sala de conciertos se construyó en la década de 1870 sobre una fosa común y sus legendarios avistamientos de fantasmas parecen de algún modo estar a tono con The Wall. Nada como este álbum para hacerte sentir angustiado.

Lo que hace a esta ópera tan fascinante para mí no es que sea una recreación minuciosa del álbum, como la película de Alan Parker, respetuosa pero hueca. Gran parte de la música original está presente, pero con arreglos, a excepción de los solos de guitarra de David Gilmour, que parecen llegar como un gancho al hígado desde las alturas.

La ópera narra la misma historia: una estrella de rock, cada vez más desconectada del mundo exterior, recuerda su infancia miserable en la posguerra (¿por qué me sentía identificado con este disco de adolescente?) y hace un recorrido emocional brutal hasta llegar a una suerte de redención. Sin embargo, buena parte de la música de Bilodeau recurre a un coro de 51 personas y sustituye el llanto de la guitarra por los acordes más modernos y atonales de una orquesta de 64 integrantes.

Another Brick in the Wall, que debutó el año pasado en la Ópera de Montreal, saca partido de todo lo operístico que hay en The Wall: su descripción casi mística del impacto emocional de la guerra, el aislamiento y un legado familiar que podría hacer sonrojar a la prole del ciclo El anillo del nibelungo. El álbum se presta a la perfección para una ópera. En el escenario aparecen proyecciones de video, una iluminación de concierto y personajes sombríos, pero no es tan caótica como la versión cinematográfica. Encuentra su corazón operístico.

Hace unas semanas, de vacaciones en Ohio, me uní a una visita guiada por Music Hall, justo a unos cuantos metros de donde, apenas en 2016, se encontraron más huesos de una fosa común del siglo XIX. Aquí la historia choca con el futuro. En ese momento se estaban montando las pantallas, las luces y los escenarios para Another Brick in the Wall y quedé asombrado por la forma en que The Wall está evolucionando a medida que encuentra su lugar en la historia. Tommy, de The Who, también es un álbum doble que se adaptó como una película en 1975 y, dos décadas después, fue un exitoso musical de Broadway. Tommy y The Wall son óperas de rock, pero The Wall parecía destinada a ser una ópera totalmente escenificada.

Algunas décadas después de que The Wall me sacó de mi adormilada comodidad adolescente, es tan pertinente y emocionalmente devastadora como antes. El fascismo y los muros siguen vigentes y se ven en los encabezados de los medios. También mis muros personales han ido y venido. También perdí a mi madre, quien probablemente no tuvo la intención de inculcarme todos sus miedos. Pero, así son las cosas: la música refleja nuestras vidas y nos empuja hacia el futuro sin sanar todas nuestras heridas.

Mientras Another Brick in the Wall traslada ese vinilo que guardé durante años a un escenario ubicado justo en el lugar en donde fue mi primera excursión infantil, queda claro que The Wall todavía continúa transformándose. Su metáfora de los ladrillos que se colocan uno sobre otro para formar un muro —y el resplandor de la esperanza mientras se derrumban lentamente— siempre será un elemento constante para mí.

Así que, maestro, por favor, derribe este muro.

David Belcher es editor de la sección de Opinión en la oficina de The New York Times en Hong Kong.

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