Cómo funciona la ‘vía afgana’ (2)

[Leer primera parte del artículo]

Afganistán es un país de pueblos y aldeas. En las alrededor de 22.000 comunidades, los vecinos asignan los asuntos locales mediante reuniones conocidas (según las distintas regiones del país) como jirgas, shuras o ulus. Estas reuniones no constituyen propiamente hablando instituciones como tales, sino más bien acontecimientos o ceremonias y se convocan cuando alguna cuestión urgente no puede solucionarse mediante la intervención de un jefe tribal local o una figura religiosa respetada, o cuando dos o más familias muestran discrepancias. Estas reuniones son en todo caso lo más parecido en Afganistán a una democracia participativa.

Mientras la característica aldea afgana es autónoma política y económicamente, los consejos forman el estrato inferior de una especie de pirámide de legitimación.Por encima de ellos, distritos y tribus forman también asambleas, que a su vez formarán parte de una ceremonia nacional de carácter general conocida como Loya Jirga. Tradicionalmente, la Loya Jirga no se constituye mediante un proceso electoral y no forma un cuerpo de gobierno. Más bien podría caracterizarse como una asamblea constitucional. Su tarea se cifra en fijar una orientación general de la política. Como en el caso de los consejos locales, se trata de una reunión de figuras respetadas en sus respectivas comunidades, seleccionadas mediante consenso y no por elección.

Durante la ocupación estadounidense, preocupados por imponer nuestra idea de democracia, hemos intentado que los propios afganos eligieran un gobierno; sin embargo, no es esta la vía afgana y no ha funcionado. Si queremos un sistema de gobierno que funcione, debemos prestar atención a las tradiciones afganas. Y llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿de qué forma sintonizan nuestras iniciativas y forma de actuar con la vía afgana?

La respuesta breve y concisa es “no de forma positiva”. Hemos intentado imponer nuestras ideas y programas con la pura fuerza. No ha funcionado. La tan publicitada campaña del área de Marja en el valle de Helmand fue un fracaso. Naturalmente, nuestra superior capacidad militar ganó todas las batallas. Pero, mediante el empleo de la clásica táctica guerrillera, los insurgentes opusieron parcial resistencia para esfumarse a continuación. Luego volvieron a la menor ocasión y se infiltraron en las comunidades para restablecer sus antiguas posiciones. Esa era su táctica; la nuestra, la contrainsurgencia.

La teoría de la contrainsurgencia demanda una proporción de tropas modernas por habitante, incluyendo insurgentes, de alrededor de 1: 50; en la campaña de Marja, la proporción aumentó a 1: 2. A continuación, hubo que “poner al gobierno en una caja, listo para enviarlo”, según dijo nuestro general. Pero el envío no se pudo entregar. Fracasamos. Pese a las grandes proclamas de éxito por todo Afganistán y especialmente en el núcleo de Kandahar, personalmente pronostico que veremos una repetición de Marja.

La importancia de la cuestión excede el plano local. La percepción afgana de los hechos no inició, pero sí acentuó, la tendencia de la élite gobernante afgana a cubrirse las espaldas, élite sobre cuyos hombros han de descansar los logros de nuestra política actual. La mayoría de la élite gobernante prepara su escapada trasladando a sus familias al extranjero, adquiriendo la doble nacionalidad y transfiriendo dinero – el suyo y el nuestro-a bancos en el extranjero. Una repetición del fracaso de Marja en la campaña de Kandahar acentuaría indudablemente esta deriva.

Mientras tanto, tenga o no planes personalmente el presidente Karzai para abandonar la nave, ha estado intentando dar con el modo de defender su régimen y, posiblemente, su propia vida mediante algún tipo de acuerdo o compromiso con los talibanes.

Los talibanes consideran que su régimen es detestable. La corrupción empapa todos los entresijos de la burocracia estatal desde la cúspide del régimen afgano. Casi nada sucede sin que medie un soborno. La ONU calculó a principios de este año que prácticamente la mitad del sueldo de un ciudadano corriente se desembolsa en forma de sobornos o fondos para tareas de protección.

Aunque, incluso en el sur pastún, los talibanes son observados como mínimo bajo sombra de sospecha, los sentimientos sobre ellos se ponderan estableciendo una comparación con la corrupción gubernamental, la ausencia de ley y el terror de los señores de la guerra. Incluso afganos que trabajan para los estadounidenses me explicaron que a diferencia de la corrupción oficial y de los señores de la guerra, no hay corrupción en las áreas bajo control de los talibanes. Fuera de la capital, Kabul, los talibanes constituyen normalmente la única institución eficaz y bastante legal.

Tal es el caso incluso en las áreas no pastunes. El radio de gobierno no alcanza gran cosa fuera de Kabul. La guerra es una guerra rural. Pero incluso en la capital, como me explicó el embajador ruso y otras personas han confirmado, los talibanes tienen agentes o partidarios en todas las oficinas gubernamentales, debido, en gran parte, al palpable sentido de desánimo que uno experimenta en toda conversación incluso con los afganos que temen a los talibanes. En mi próximo artículo comentaré por qué esto es así.

William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John. F. Kennedy. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.