Cómo ha cambiado Jobs nuestras vidas

Lector, usted probablemente posee uno de ellos. U otro modelo de «teléfono inteligente» –un smartphone– derivado del primero, copiado o inspirado. Y quién no lo tiene, pobre o rico. El teléfono inteligente nos acompaña a todas partes, a veces días y noche, y se ha convertido en una especie de órgano artificial injertado en nuestras costumbres. ¿Qué hacíamos sin él cuando, hace apenas diez años, no existía? El primer iPhone, ancestro de todos los teléfonos inteligentes, lo dio a conocer en San Francisco Steve Jobs, entonces presidente de Apple, con vaqueros y jersey negro de cuello alto, en enero de 2007, y fue puesto a la venta el 29 de junio. La noche anterior, miles de compradores hacían cola delante de las tiendas Apple en todo Estados Unidos; un frenesí que ya es universal una o dos veces al año, cada vez que se lanza un nuevo modelo.

Este teléfono, dijo Steve Jobs en 2007, va a hacer historia («make history»), va a revolucionar nuestras vidas. Y así fue. Una revolución científica, para empezar, porque el iPhone es el resultado de dos años y medio de investigación en el mayor secreto en Cupertino, sede de Apple en Silicon Valley. El proyecto Purple –comparable por su discreción con el Proyecto Manhattan que llevó, en 1944, al armamento nuclear– protegido por trescientas patentes, unía a técnicos de todas las disciplinas. Nadie sabe quién inventó el iPhone. Detrás de él no hay ningún Edison genial. Fue un proyecto colectivo, que unió a investigadores de todo el mundo y estaba destinado a todo el mundo. A Steve Jobs le corresponde el mérito del concepto, además del diseño, su especialidad. Jobs hizo del iPhone una caja negra resplandeciente, tanto real como metafóricamente. No sabemos lo que contiene, no la podemos abrir. Esta forma no pertenece a ninguna civilización concreta, es universal. Nunca se había concebido o comercializado un objeto semejante, que asociara tantas funciones (ahora hay varios miles de aplicaciones disponibles en el iPhone) y que no ha sido inventado por nadie. En diez años se han vendido mil millones de iPhone y al menos otros tantos teléfonos inteligentes parecidos de marcas coreanas, chinas o japonesa; Europa ha pasado de largo por esa revolución. El iPhone, objeto globalizado en su concepción, por su destino, lo es igualmente en su fabricación. ¿De dónde es el iPhone? Es Made in Mundo y todos los adversarios de la globalización llevan un teléfono inteligente en el bolsillo. ¡Cualquiera entiende la contradicción! El litio de las baterías viene de Chile y Bolivia, la película que protege la pantalla táctil (una innovación decisiva) se fabrica en Japón, la mayoría de sus componentes proceden de Taiwán, Corea y de la fábrica Foxconn, taiwanesa pero establecida en China, etcétera. Evidentemente, el teléfono inteligente solo funciona conectado a redes nacionales, pero esas redes están conectadas a otras redes nacionales.

El teléfono inteligente, nacido del mundo, cambia el mundo. Para empezar, nuestras costumbres. Nos une a todo y a todos, pero al mismo tiempo nos aísla completamente. Para el poseedor de un teléfono inteligente, en concreto de un iPhone, es el objeto más importante de su vida: por ahí pasan sus amistades, sus lazos familiares, su música, sus juegos, sus entretenimientos, sus informaciones o, al contrario, la falta de todo lo anterior. Observen al usuario de un teléfono inteligente: la sociedad que le rodea ya no existe, solo ve su pantalla y «escribe» con los pulgares. Quizá esté trabajando, desde donde está, sin oficina y sin ninguna relación personal con los demás. Por medio del teléfono inteligente estamos simultáneamente en el mundo y fuera del mundo. ¿Deberíamos alegrarnos o lamentarnos por esta revolución? Porque –Steve Jobs tenía razón– lo es. Pregunta inútil, en verdad: Karl Popper, filósofo de las ciencias, prohibía a sus discípulos (entre los que me encontraba) plantear preguntas que no requieren respuesta. El teléfono inteligente lo es, es todo. Nunca nos desharemos de él, ya es de uso universal. Para algunos, abre las puertas del mundo, al trabajo, al amor, a la amistad, a los conocidos. Para otros, mata cualquier comunicación auténtica, sustituida por emoticonos. Desearemos que el teléfono inteligente acentúe los rasgos de la naturaleza humana, por lo menos hasta la milésima potencia: ¿la cambia? Pregunta sin respuesta.

Y lo mismo que del teléfono móvil, tampoco nos desharemos de la globalización de la que es fruto, y ya, acelerador. Desearemos también que sea el marcador de nuestro tiempo, igual que lo fueron, en otra época, la máquina de vapor, la electricidad, el telégrafo, el automóvil para todos. El cine es testigo de ello: en las primeras películas de James Bond, el héroe buscaba desesperadamente cabinas telefónicas; en las más recientes busca su camino con el GPS de su smartphone. Desde luego, ha habido un antes y un después del 29 de junio de 2007.

Guy Sorman

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