¿Cómo hemos llegado a esto?

Todo empezó con la Transacción (perdón, quise decir Transición). Para Torcuato Fernández Miranda la fórmula autonómica era una gravísima irresponsabilidad «que no solo podrá despertar y acelerar el riesgo separatista, sino que las comunidades y regiones (…) podrían llegar a contaminarse de los mismos males y transformarse en franquicias de poder federal o casi (…) con el regreso a un caciquismo de amargo recuerdo».

De parecida opinión era el otro asturiano sensato de esta historia, Sabino Fernández Campo: «Se consideró que el café para todos era la solución, pero no todos se conformaron con el mismo café y las aspiraciones de disfrutar de más o de mejor clase no cesaron».

La torpe Ley Electoral confería una representatividad desproporcionada a los separatistas. Felipe González y Aznar acudían a las puertas del molt honorable o del lehendakari para mendigar los votos de CiU y el PNV y ellos los chalaneaban a cambio de nuevas competencias.

El que más aprovechó esta circunstancia fue Jordi Pujol, que en sus veintitrés años de mandato, entre 1980 y 2003, consiguió los dos objetivos vitales que se había marcado: el desmedido enriquecimiento de su familia mediante métodos mafiosos y el adoctrinamiento de la población catalana en el separatismo y el odio a España. Para este último fin se valió de dos controles típicamente goebbelianos: la compra o soborno de la prensa y la orientación hispanófoba de la educación (una parcela que el Estado central nunca debió transferir).

A Pujol sucedieron unos obedientes continuadores que llegan hasta nuestros días. Ello explica que, después de cuarenta años de intenso adoctrinamiento, el voto separatista haya crecido de un 15 a un 45%. No hace falta ser adivino para deducir que, si el adoctrinamiento antiespañol sigue en las escuelas, las nuevas generaciones que alcancen la edad de votar ascenderán esa cifra a un 80% dentro de otros cuarenta años, con lo que se habrá cumplido exitosamente el plan del antes molt honorable y hoy molt multimillonario Pujol: hoy paciencia, mañana independencia.

¿Reaccionará el Estado? No es probable. Mientras los separatistas consiguen sus metas, los políticos cortoplacistas de Madrid anteponen los intereses del partido a los de España y pactan con ellos para obtener la poltrona de la Moncloa o para mantenerse en ella. De este modo asistimos a la disolución de España que acertaron a profetizar los ya olvidados Torcuato y Sabino.

A la vista de los sucesos de Cataluña, muchos españoles se preguntan ¿cómo hemos llegado a esto?

Hagamos memoria. En plena crisis mundial, con la débil economía española hecha unos zorros, Artur Mas se presentó en la Moncloa con unos papeles preparados por el economista por la escuela de Chicago y enorme patriota Ramon Trias i Fargas, quien, tras estudiar las balanzas fiscales del Estat Espanyol, había llegado a la conclusión de que Cataluña financiaba la prosperidad de las otras regiones españolas, o dicho en modo separatista Espanya ens roba («España nos roba»). El déficit fiscal de Cataluña se cifraba en 16.000 millones de euros (después se ha demostrado que no sobrepasa los 3.000).

Lo que Artur Mas pretendía era un tratamiento fiscal privilegiado como ya lo disfrutan el País Vasco y Navarra (porque la Constitución de 1978 y el Estatuto de Guernica de 1979 reconocen los derechos históricos de los territorios forales). Conviene apuntar que Cataluña rechazó su propio pacto fiscal cuando se discutía la Constitución del 1978 por considerarlo una antigualla medieval (que sin embargo se sigue manteniendo para escándalo de la Comunidad Europea).

Rajoy hizo ver a Mas que en plena crisis no era conveniente favorecer descaradamente a Cataluña frente a las otras autonomías. La respuesta de Mas, torpe aprendiz de brujo, fue azuzar el independentismo y llevarlo a un extremo al que Pujol probablemente no se hubiera atrevido.

Lejos de nosotros la sospecha de otra oculta intención en la agitación del independentismo por parte de Mas y sus socios: escapar del lento pero inexorable brazo de la Justicia, del Tribunal Supremo que indagaba en las irregularidades financieras catalanas, sustituyéndolo por una versión catalana de Supremo más manejable y respetuosa con los corruptos.

El proceso iniciado por Mas ha ido creciendo descontrolado en manos de sucesores en los que se observa una mengua progresiva de capacidad intelectual hasta culminar con Torra, un hombre que difícilmente hubiera podido ejercer con solvencia la presidencia de una comunidad de vecinos y sin embargo, por una de esas carambolas del destino, se ve aupado a la máxima magistratura catalana en el delicado momento que vivimos.

Tras la huida de Puigdemont, dejando a sus correligionarios en la estacada, se pensó que su valido iba a ser una mera marioneta que dirigiría el prófugo desde Bruselas. Craso error. Quim Torra, un oscuro agente de seguros que figuraba en puestos alejados de las listas de candidatos como licenciado en derecho, editor y escritor (mejor escretor a juzgar por las perlas con las que muestra su odio a España), compensa sus limitaciones con una determinación suicida que supera con mucho a la de sus antecesores.

El nuevo molt honorable carece de ideas propias, pero ha adquirido, mediante lecturas, las de los ideólogos de su admirado Estat Català, el partido fascista catalán que floreció a imitación del de Mussolini en los años treinta del pasado siglo.

Los chicos incendiarios que días pasados han mostrado la cara violenta del procés contaban con las bendiciones de Torra, cuyo apoyo al incipiente terrorismo catalán se manifiesta en su negativa a condenar las algaradas, en su disculpa de los activistas de los CDR a los que se ocuparon productos para fabricar explosivos (supuestamente «materiales de fiesta mayor») y en sus posados fotográficos y afectuosos saludos con los históricos terroristas de Terra Lliure Frederic Bentanachs y Carlos Sastre, autores de numerosos atentados en el pasado y celebrados referentes de los alevines de terrorista que se crían hoy a los subvencionados pechos del CDR.

Mientras Casandra profetiza la ruina de Troya, en las llanuras del Escamandro meseteño solo se piensa en las próximas elecciones.

Juan Eslava Galán es escritor.

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