Como inmigrante y padre, espero el fin de la era xenófoba de Trump

Una bandera estadounidense descansa justo al norte de una nueva sección del muro fronterizo cerca de Tecate, California. Este escenario se ha vuelto un símbolo de la xenofobia de Trump, un ataque a la migración (Gregory Bull/AP)
Una bandera estadounidense descansa justo al norte de una nueva sección del muro fronterizo cerca de Tecate, California. Este escenario se ha vuelto un símbolo de la xenofobia de Trump, un ataque a la migración (Gregory Bull/AP)

Soy el presentador de un programa de entrevistas que se emite todas las tardes en Los Ángeles. California. Durante las últimas semanas, he tenido muchas conversaciones con simpatizantes de Donald Trump que han llamado para quejarse de que, desde ya hace un tiempo, me haya propuesto explicar cómo su candidato ha fracasado como presidente de Estados Unidos. He escuchado una gran cantidad de recriminaciones, muchas de ellas hilarantemente conspirativas. Cuando doy mis argumentos para oponerme a Trump, sus partidarios me acusan de apoyar al Partido Demócrata, de defender una agenda progresista o, peor aún, de traicionar el compromiso con la imparcialidad del oficio periodístico.

Este, por supuesto, no es el caso. La objetividad periodística no es equivalente a la indiferencia humana. Y por supuesto, no soy un agente demócrata ni un experto progresista. Como periodista hispano e inmigrante mexicano, mis reservas sobre Trump no son políticas ni ideológicas. Son morales. Para ilustrar por qué, a menudo recurro a una anécdota personal.

Hace cuatro años, temprano en la mañana después las elecciones presidenciales, tuve una conversación con mi hijo Mateo. Trump había ganado la presidencia y Mateo, de solo ocho años, había seguido con angustia los resultados. No me sorprendió. Por meses, mi hijo había escuchado a Trump burlarse de los inmigrantes y jactarse de la construcción de un muro fronterizo para separar el México natal de mi hijo de Estados Unidos, su país adoptivo. Mateo estaba en silencio, sentado del otro lado de la mesa. Le pregunté cómo se sentía. “No entiendo cómo tanta gente pudo haber votado por un hombre tan malo”, dijo. “Eso es democracia”, le respondí. Mateo se puso de pie y caminó por la cocina. Regresó después de un par de minutos y se paró a mi lado. “Bueno papi”, dijo. “Al menos no luzco como un mexicano”.

Nunca he olvidado esas palabras. Un niño pequeño que se describe a sí mismo como un inmigrante bicultural, binacional y bilingüe, el orgulloso producto de dos naciones estrechamente unidas, forzado por su instinto a adoptar un modo de supervivencia. Me rompió el alma.

Aún así, Mateo, como sus padres, es en efecto muy afortunado y privilegiado. Es residente permanente en Estados Unidos, y está protegido (al menos en teoría) de los peores impulsos del nativismo del gobierno de Trump. Millones de otros inmigrantes, con el mismo nivel de orgullo y con un derecho aún más fuerte sobre esta tierra que mi propia familia, no han sido tan afortunados.

Durante los últimos cuatro años he entrevistado a cientos de inmigrantes indocumentados que han visto sus vidas ser trastocadas de formas impensadas, sus búsquedas de la felicidad arrebatadas por las políticas draconianas de inmigración de Trump o la retórica incendiaria xenófoba del presidente. Ambas comparten un objetivo: hacer que esos inmigrantes —estadounidenses en todos los sentidos menos en un papel— se sientan indeseados. Entre los rechazados de forma sumaria por la xenofobia de la Casa Blanca se encuentran millones de trabajadores esenciales, que son la columna vertebral de la economía estadounidense y, como ha demostrado la pandemia, de la misma sociedad estadounidense. Estas son las personas a las que Trump ha perseguido y despreciado.

Las consecuencias del prejuicio de Trump no han sido abstractas. Su gobierno ha implementado activamente políticas de separación de familias que han dejado atrás a cientos de inmigrantes huérfanos. El rechazo de Trump por la tradición estadounidense de ser un refugio seguro para migrantes que huyen de sus tierras ha producido una crisis humanitaria a lo largo de la frontera norte de México, donde miles viven en la miseria. Trump ha acosado a cientos de miles de “dreamers”, jóvenes inmigrantes indocumentados traídos al país siendo niños, quienes durante décadas han construido vidas productivas y se han convertido en padres de miles de ciudadanos estadounidenses.

El presidente ha tergiversado y reducido repetidas veces las contribuciones reales de la comunidad migrante, la cual es demostrablemente valiosa y honesta, a un puñado de casos individuales de criminalidad. El gobierno de Trump ha rechazado proporcionar cualquier tipo de apoyo financiero significativo a millones de trabajadores indocumentados mientras al mismo tiempo los etiqueta como trabajadores esenciales, un acto de cinismo despiadado. En El Paso, la retórica xenófoba de Trump presuntamente inspiró a Patrick Crusius, el hombre acusado de desatar la peor masacre contra estadounidenses hispanos en la historia moderna del país.

El “nativismo” en Estados Unidos tiene precedentes, pero la magnitud del implacable ataque de Trump a los inmigrantes es ciertamente inédito. Es también una traición al lado más humano del Partido Republicano y el movimiento conservador. Pero sobre todo, es profundamente inmoral. Ningún niño inmigrante en Estados Unidos debería temer por el retorno seguro de sus padres a casa después de un duro día de trabajo. Ningún inmigrante debería cuestionar su derecho a pertenecer a un país en el que ha encontrado vida, amor, trabajo honesto y progenie.

Ningún niño debería mirarse al espejo para saber si, en tiempos de prejuicio, “luce” o no mexicano. Esto no es digno del proyecto virtuoso de los Estados Unidos de América y es la razón, a pocos días de las elecciones, por la que espero que el país que crecí admirando —en el cual mi primogénito pronto se convertirá en ciudadano y mis otros dos hijos nacieron en un día soleado de enero— vote para ponerle fin a la era perversa e indecente de Donald Trump.

León Krauze is an award-winning Mexican journalist, author and news anchor. He is currently the lead anchor at KMEX, Univision’s station in Los Angeles. Follow

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