Cómo muere el PSOE

Hannah Arendt. «La política no es lugar para críos» es la frase de un cómico, pero hoy en España habría que tomársela muy en serio. O, siguiendo a Hannah Arendt, no deberíamos banalizar la acción política. Cuando se toca la catástrofe, los pueblos que se hacen los tontos siempre terminan pagándolo caro.

Pedro Sánchez afirmaba recientemente: «hemos salvado 450.000 vidas». En esta crisis ya hemos aprendido que por un lado van los hechos -y los datos- y por otro, las declaraciones del Gobierno, que, como decía Don Manuel Azaña, son actos de gobierno. Obsesionados con la creación de narrativas, no son conscientes del significado de dislates como éste, que un crío podría desmontar.

Pero, cuando baja la marea, todo se hace visible. Como ocurre al publicar el Imperial College de Londres el «umbral de movilidad» de 53 países, que mide el nivel de confinamiento que necesitó cada uno para lograr la disminución de nuevas infecciones. Demuestra que, por la negligencia del Gobierno, los españoles estuvimos obligados a reducir la movilidad el doble de los que contaron con autoridades diligentes. Así «salvó» Sánchez casi medio millón de vidas.

La encuesta del Parlamento Europeo sitúa a Sánchez el último en valoración sobre gestión de la crisis. Aunque, muchos seguidores acérrimos han caído sin remedio en el «sesgo de confirmación», en la obsesión por buscar «pruebas» que permitan salvar la cara al Gobierno. Todo tan absurdo como la argucia hoy más repetida: «¡Todos somos culpables!».

Hannah Arendt explicaba esta banalización colectiva como una desviación antidemocrática con consecuencias desastrosas. Cuando el que no ha hecho nada dice «todos somos culpables» encubre a los verdaderos responsables. «Así que no debemos generalizar la culpa, pues eso equivale a encubrir a los verdaderos culpables», decía la filósofa. Para la superación de esta crisis enorme, con daños económicos aún sólo vislumbrados, anteponer la justificación de «los nuestros» pone en riesgo el futuro del país.

Pirre Rosanvallon: «Somos una democracia, pero no se nos gobierna democráticamente». Este historiador identifica la degradación institucional provocada por populismos como «crisis de la imputación», una actitud tramposa para no responder por los actos de gobierno. Con la coalición Sánchez-Iglesias habría encontrado material abundante para sus tesis.

De prueba, un botón. Todos los españoles sabemos que hay algo seguro en la España sanchista: nadie del Gobierno dimitirá, pase lo que pase. Como ejemplo, el ministro Marlaska y su acto de desprecio al poder legislativo, al poder judicial y al conjunto de la nación. No es una cuestión menor. En una democracia sólida, las dimisiones en el gobierno son un ejercicio de responsabilidad ante los ciudadanos, una demostración de que se les tiene en cuenta.

Sostiene Rosanvallon que la dimisión de un ministro, en cuanto figura responsable ante el Parlamento, «devuelve sentido y nobleza a la acción política». Y atribuye al gesto una dimensión moral, «ligada a la manera como los ministros se sienten responsables del fortalecimiento de la democracia antes de pensar en su carrera». Marlaska no priorizó las obligaciones de los gobernantes con los gobernados en democracia. Marca de la coalición.

Esta progresión «iliberal» no se explicaría sin un poderoso soporte mediático dispuesto a avalar lo que haga falta, desde el «lapsus» del general a la pregunta 6 de Tezanos. La baza del frente mediático es simple: se han apropiado del verificador de la corrección política y lo utilizan al servicio de la causa: «tú fascista, tú antifascista». Una maquinaria de intimidación contra la crítica al Gobierno. Y ¡qué olor a cinismo desprende el incienso de la beatificación de Fernando Simón!

Daron Acemoglu. Hace unos días el ministro Alberto Garzón declaraba que el comunismo sigue vigente. También ha exhibido su admiración por Lenin y la revolución bolchevique. Tienen importancia estas opiniones para comprender la naturaleza del Gobierno Sánchez-Iglesias, sobre todo en relación con los desafíos actuales.

El economista Daron Acemoglu, a partir del ejemplo de Suecia en los primeros años del siglo XX, mantiene la tesis de la necesidad de cumplir dos condiciones para la construcción de sociedades inclusivas, socialdemócratas, o como ha explicado recientemente basadas en un «Estado de bienestar 3.0», que él propone como alternativa post-Covid.

La primera, formar coaliciones que incluyan a las empresas, como promovió en su día el SAP, partido socialdemócrata sueco. En segundo lugar, rechazar una visión marxista asociada a la lucha de clases, como la que los ministros de UP defienden. La obsesión contra el empresario Amancio Ortega no es casual.

Los partidos socialdemócratas europeos, incluido el PSOE, fueron rompiendo con esa conexión marxista y enlazaron con la trayectoria a la que se refiere Acemoglu, que pone de relieve cómo el SAP tuvo éxito a partir de «rechazar reiteradamente aliarse con los comunistas y no practicar la nacionalización y la abierta expropiación de beneficios o capital».

La historia no se repite, pero alecciona. Para este economista, la verdadera innovación de la experiencia nórdica «no fue crear un Estado más intervencionista y redistributivo, sino hacerlo bajo los auspicios de una coalición en la que estaban las empresas», no contra ellas. Y destaca –El pasillo estrecho– que una sociedad inclusiva nunca es viable si se produce una degradación de las instituciones democráticas.

Lo contrario a la aventura en la que el sanchismo ha embarcado al histórico PSOE, comprometiendo las negociaciones en Bruselas sobre un Fondo que tiene objetivos políticos obvios. Intentar frenar los populismos en Europa y comprobar que, en el Gobierno español, éstos están dentro no va a facilitar las cosas. Populistas con retórica de izquierda, sí, pero como señala el economista de izquierda Dani Rodrik similares a los que se han desarrollado en América Latina, e igual de dañinos.

Arendt, Rosanvallon y Acemoglu coinciden: los populismos, de derecha y de izquierda, promueven el autoritarismo y son un riesgo para la salud democrática. La deriva del gobierno sanchista lo demuestra. La polarización sembrada evidencia que están incapacitados para unir a la nación. Un desastre ante nuestra peor crisis.

Muchos españoles apoyan a Sánchez porque creen que si no lo hicieran estarían favoreciendo a la derecha. Arthur Koestler que, cuando denunciaba los crímenes de Stalin, era criticado por coincidir con la derecha, respondía: «Uno no puede evitar que la gente tenga razón por motivos equivocados».

Jesús Cuadrado fue diputado nacional del PSOE por Zamora.

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