¿Cómo nace las ideas?

En la gigantesca obra de Maynard Keynes, la palabra citada con más frecuencia no está relacionada con la ciencia económica, sino que describe la genealogía de las políticas. Los políticos, escribía Keynes, aplican sin saberlo unas ideas expresadas por unos economistas muertos desde hace mucho tiempo y cuyo nombre, por lo general, ignoran. Tomado en conjunto, Keynes tiene razón en este punto ya que las políticas llamadas de reactivación económica son derivados de su obra que, en general, los políticos no han leído. Existe al menos una excepción al teorema de Keynes. En la década de 1980, Margaret Thatcher y Ronald Reagan conversaban con el economista Friedrich Hayek y aplicaban sus recomendaciones. Hayek, que por aquel entonces rondaba los 90 años, concluía de ello con humor que sin duda había vivido demasiado tiempo, solo para demostrar cuánto se equivocaba Keynes.

Este debate sobre la influencia oculta de los economistas resurge con la reciente desaparición, el 3 de mayo, de Gary Becker, catedrático de Economía de la Universidad de Chicago, sucesor de Milton Friedman, sin duda el más creativo de los pensadores desde Hayek y, probablemente, el más controvertido también y, quizás a la larga, el más influyente. A diferencia de Keynes y de Hayek, que son tanto filósofos como economistas y que conciben políticas derivadas de su razonamiento más que de datos objetivos, Gary Becker basaba todas sus conclusiones y recomendaciones en datos estadísticos infinitos, producto de nuestra era informática. Sus conclusiones disgustaban, sobre todo a la izquierda, pero no se puede negar que son objetivas. Naturalmente, está permitido darle la espalda a la realidad en nombre de unos principios superiores que calificaremos, si fuese preciso, de morales o políticos. Ilustremos la aportación de Gary Becker con algunas opiniones de sus tesis, que están entre las más discutidas, pero también entre las más ancladas en la realidad. Becker se aventuró en unos campos en los que habitualmente los economistas no se adentran, como la delincuencia, la vida en familia y la discriminación racial.

Empecemos por la delincuencia: los estudios cuantificados de Becker demostraron que los delincuentes eran en conjunto racionales (Becker siempre razona basándose en unas medias estadísticas, no en un individuo dado) y, a su manera, unos empresarios. Los delincuentes infringían la ley si les parecía que los réditos del delito serían probablemente superiores a su coste, es decir al riesgo judicial que corrían. Por consiguiente, la delincuencia no sería una consecuencia de una infancia desgraciada o de una cultura laxista sino que la economía de mercado bastaría para explicarla. De la teoría de Becker se concluye –en Estados Unidos sobre todo– que la represión es eficaz porque incrementa el coste del delito, lo que obliga a los delincuentes a revisar su cálculo y a realizar, por ejemplo, pequeños hurtos en vez de atracos. Pero en la economía, todas las curvas tienen forma de «U». Un nivel exacto de represión disuade a la delincuencia, mientras que un exceso de represión contra los delitos menores lleva a los delincuentes a pasar a delitos más graves. Es cuestión de cálculo: si no se corren más riesgos atracando un banco que robando un bolso de mano, mejor atracar el banco. Una mayor represión hace que disminuya la delincuencia y un exceso de represión la fomenta. Becker era más sutil que los políticos que se declaran seguidores suyos.

Analicemos otra teoría de Becker, igual de controvertida, también basada en hechos cuantificados y con unas implicaciones igual de embarazosas: la discriminación de las mujeres en el trabajo. Los empresarios dudan en contratar mujeres con el mismo salario que los hombres para empleos equivalentes. ¿Debería luchar la ley contra la pura discriminación? Desde un punto de vista moral, sí, pero las leyes contra la discriminación de género corren el riesgo de dar un resultado opuesto al objetivo declarado. La duda de los empresarios, demuestra Becker, se basa en hechos porque las mujeres, tentadas por la maternidad, por las bajas de maternidad y por su vida familiar, hacen correr a la empresa más riesgos que los hombres.

Por tanto, el cálculo económico para la discriminación incita a pagarles menos, y si la ley obliga a pagarles lo mismo, los empresarios racionales estarán aún menos dispuestos a contratarlas. Gary Becker aplicó el mismo racionamiento a la discriminación contra las minorías raciales. Como el racismo existe objetivamente, demuestra Becker, un salario menor puede considerarse inmoral, pero facilita la integración de las minorías en la sociedad. ¿Se debería ignorar la discriminación objetiva e imponer salarios iguales? Lo que es moralmente justo puede resultar socialmente contraproducente. Becker no abogaba por disminuir los sueldos de las minorías, sino que deseaba que las políticas medien con conocimiento de causa.

Terminaremos con un último ejemplo dedicado a la desigualdad. Becker demostró que el indudable aumento de las desigualdades de ingresos en nuestra época se debía a la rentabilidad cada vez mayor de la educación superior, una rentabilidad del capital humano incrementada por la globalización y la innovación. Y como las familias más favorecidas tienden a invertir lo máximo posible en la educación superior de sus hijos y tienen ventaja a la hora de hacerlo, las consecuencias en lo que respecta a las desigualdades son acumulativas. ¿Cómo se puede reequilibrar esta lógica económica? La gratuidad de los estudios superiores es inútil, observa Becker, porque beneficia a los más pudientes. Solo la inversión pública en la educación en una edad lo más temprana posible puede frenar la fuerte tendencia a la desigualdad.

Lo más decisivo que nos deja la obra de Becker es su método: basar la política en la observación de la realidad, por perturbadora que sea, y actuar en conciencia, pero también con conocimiento de causa.

Guy Sorman

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