Cómo no combatir los bulos en la era digital

Unos días después de ejecutar en la hoguera a Girolamo Savonarola, las autoridades florentinas juzgaron, condenaron, arrestaron y sentenciaron a medio siglo en el exilio a la campana del convento de San Marco, que los seguidores del fraile rebelde habían hecho tañer para atraer refuerzos contra sus adversarios en la primavera de 1498. La campana fue azotada por un verdugo y conducida en un carro a una iglesia de las afueras en un gesto simbólico dirigido a desposeer a los sediciosos de una herramienta de propaganda y a exhibir el poder del gobierno de la ciudad.

Este episodio que cuenta el profesor Jeff Jarvis en su ensayo más reciente evoca las palabras de Pedro Sánchez contra los periodistas que han publicado información veraz sobre las actividades de Begoña Gómez. Conducir al exilio a una campana es un empeño tan inútil como clamar contra "la máquina del fango" o contra "los bulos" de los medios digitales. Identifica un adversario difuso, ignora la evidencia científica sobre el problema, señala desde el poder al periodismo de interés público y no propone ninguna medida que ayude a mejorar la calidad del ecosistema informativo español.

Cómo no combatir los bulos en la era digital
Javier Olivares

La preocupación por la desinformación ni siquiera ha crecido en España en los últimos años. Más bien ha caído ligeramente desde enero de 2018, en una trayectoria que se observa también en otros países, según las cifras del Digital News Report. Este informe, que publicamos cada año en el Instituto Reuters, cubre 46 países de todo el mundo y sugiere que las audiencias no perciben que el origen del problema esté sólo en las redes sociales o en el entorno digital. Les preocupan igualmente las falsedades que encuentran en la radio, en la televisión o en los diarios de papel.

Es una actitud comprensible. Como explica Yochai Benkler en Network Propaganda, un libro clave sobre la desinformación en Estados Unidos, locutores de radio como Rush Limbaugh y medios analógicos como Fox News difundieron mentiras durante décadas, mucho antes de la llegada de internet. El entorno digital ha ejercido luego como un acelerador de esos fenómenos. Pero esto no ha ocurrido siempre de la misma forma ni en todos los países por igual.

La preocupación por las mentiras y la desconfianza hacia las noticias es mucho menor en países como Portugal o Finlandia. Los bulos se nutren de problemas específicos en la esfera pública de cada territorio. No son una plaga bíblica que se haya extendido por todo el mundo desde la llegada de internet.

Si de verdad queremos atenuar (que no resolver) el problema de la desinformación, es importante saber primero qué entienden las audiencias por él. Al preguntarles por el tipo de desinformación que les preocupa, a menudo mencionan las mentiras o medias verdades de los políticos, así como diversas formas de mala praxis periodística: el sensacionalismo, la publicidad encubierta, el periodismo sesgado o impreciso, y una proximidad excesiva al poder.

Nuestras cifras sugieren que es mucho mayor la exposición de las audiencias a cada una de estas prácticas que a los agitadores o pseudomedios que producen noticias puramente falsas. La audiencia de este tipo de actores a izquierda y derecha es minúscula, y sólo resuenan de verdad en la escena pública cuando los amplifican los líderes políticos, a menudo para criticarlos y crear la caricatura más ridícula posible del partido rival.

Es importante subrayar que los estudios más recientes sugieren que los efectos de la desinformación son menores de lo que cabría pensar a la luz de los discursos más negativos. Las noticias falsas representan un porcentaje muy pequeño de la dieta informativa de una persona corriente y los expertos subrayan que es muy difícil que empujen a alguien a cambiar de opinión.

Y sin embargo, a menudo encontramos voces que se sienten inmunes a los efectos de los bulos pero llaman a regularlos por los efectos devastadores que tienen sobre los demás. Esta actitud, que el sociólogo W. Phillips Davison definió como "el efecto tercera persona", es aún más común entre las personas más formadas y más frecuente entre quienes no consumen los contenidos que se propone regular o censurar.

Al contrario de lo que sugieren las voces más pesimistas, internet tampoco nos está encerrando en cámaras de eco. Un estudio publicado en 2021 demostró que menos del 5% de las audiencias de siete países (entre ellos España) se informa con fuentes sólo de izquierdas o sólo de derechas. Nuestra dieta informativa es mucho más variada en el entorno digital.

El problema más grave de la esfera pública española no son los bulos de un puñado de pseudomedios ni las voces estridentes que alimentan la crispación a izquierda y derecha, sino el porcentaje creciente de personas que desconfía de las noticias y las evita a propósito, y el porcentaje menguante que se interesa por ellas.

Las cifras son desoladoras. Nuestro estudio sugiere que sólo uno de cada diez españoles cree que los medios son independientes de la influencia del poder político y del poder económico; el interés por las noticias ha caído 34 puntos en apenas ocho años; y sólo un tercio de la población dice confiar en las noticias, 18 puntos menos que hace siete años y 25 puntos menos que en nuestro vecino Portugal.

Los defectos del periodismo español son bastante transversales y no están circunscritos al entorno digital: el partidismo irracional, el énfasis excesivo en las oscuras guerras internas de los partidos, la mezcla de información y opinión. Internet ha tenido en cambio un efecto benéfico innegable: ha potenciado el pluralismo, ha ayudado a fiscalizar al poder desde perspectivas distintas y ha impulsado el mejor periodismo de investigación. Es importante subrayar que además ha ayudado a crear medios digitales rentables e influyentes que a menudo son propiedad de sus periodistas, algo imposible de imaginar en el restrictivo mundo de las rotativas de papel.

Expertos como Paul Starr, Tim Wu o Andie Tucher han documentado en sus libros cómo surgen pánicos morales cada vez que asoma una nueva tecnología, un nuevo producto cultural o un nuevo canal de comunicación. Los discursos apocalípticos que hoy escuchamos sobre las redes sociales, los teléfonos móviles o los medios digitales son muy similares a las críticas que se dirigieron en su día contra los folletines decimonónicos, los daguerrotipos, la fotografía, el telégrafo, la radio, la televisión o los videojuegos.

Clamar contra el periodismo en internet es un sinsentido absoluto en la España de 2024, donde todos los medios son medios digitales y donde la mayoría se esfuerza por publicar información veraz desde perspectivas distintas y amparados por la Constitución. Hacer este discurso desde el poder y sin distinciones es muy peligroso, porque coloca a los medios en el centro del debate político y señala a quienes ejercen de forma legítima el periodismo de investigación.

En la España analógica los medios eran más masculinos, más uniformes, menos plurales y menos propensos a corregir errores. ¿De verdad merece la pena volver al mundo de ayer?

Si los políticos españoles quieren elevar la calidad del periodismo, podrían hacer dos cosas: mejorar la transparencia en el reparto de la publicidad institucional y garantizar la independencia de los medios de comunicación públicos. Estas medidas requieren consensos y voluntad política, y no se aprueban porque los políticos no quieren desprenderse de dos armas que critican con dureza desde la oposición y utilizan después al llegar al poder.

Empujar al exilio a la campana de San Marco no acabó con la corrupción ni con la desigualdad que denunciaba Savonarola, cuyos seguidores volvieron a rebelarse en Florencia y en otras ciudades italianas. Señalar a medios legítimos tampoco resolverá el problema de los bulos y no atenuará los defectos de nuestra esfera pública, cuya mejora no debería ser un arma arrojadiza sino una causa de todos.

Eduardo Suárez es periodista y director editorial del Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo de la Universidad de Oxford.

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