Cómo poseer los libros que no tenemos

Lo que más me impresionó de la biblioteca de Montaigne fueron sus paredes desnudas. La ausencia de libros en aquel monumento a la lectura. Y sin embargo, desde que visité su torreón en las proximidades de Burdeos, cada vez que vuelvo a los Ensayos, abriéndolos casi al azar, pienso en su permanente relación con los libros. No hay una sola de sus páginas que no incluya alguna cita, alusión o referencia a algo que otro escribió antes. No es difícil imaginarlo en esa estancia circular levantándose constantemente de la silla, encaramándose a algún taburete o escalera, para buscar esa reflexión ajena que quería incorporar a su texto, «en modo alguno para formar mis ideas; sí para una vez formadas, ayudarlas, secundarlas y servirlas».

En el prólogo a la selección de mis Cartas del Director de los domingos, Umbral elogió generosamente mi recurso a la «intertextualidad». Es lo que nos queda a quienes no segregamos, sudamos o eyaculamos literatura como le ocurría a él. Ser pescadores de perlas o husmeadores de cubos de la basura. En todo caso, traperos de lo ajeno. El periodismo, como manera de vivir, me ha enseñado a «estar muy atento a los libros» para «acecharlos», como decía Montaigne, «por ver si podré sisar algo con que esmaltar y apuntalar el mío».

Siendo cierto que todo lo que no es tradición es plagio, resulta imposible separar a un escritor de sus libros. Petrarca decía que él era un «ignorante», pero sus libros no lo eran; y Alberto Manguel ha llegado a escribir que está «muy agradecido» a sus libros por «tolerar» su presencia cotidiana en las inmediaciones.

¿Cuáles eran los libros en los que Montaigne confesaba que «revoloteaba y pellizcaba, de aquí y de allá, ora de un autor, ora de otro»? Las cuatro docenas de citas de autores clásicos, grabadas en las vigas de madera del techo de ese torreón, nos dan pistas muy consistentes, pero el absoluto vacío que rodea sus paredes -ni siquiera hay anaqueles, baldas o estantes- nos impide ir más allá. Como no sabemos qué libros tenía Montaigne, como sólo sabemos que aquellos que citaba incluyen una deslumbrante amplitud de temas, épocas y autores, casi podemos imaginar que debía poseer todos los publicados hasta la fecha con algún mérito y que el tejado de aquel torreón comunicaba imaginariamente con la biblioteca universal albergada en la bóveda del cielo.

Quizás por aquello de que, según Hegel, es en la oscuridad cuando «despliega sus alas el búho de Minerva», Álvaro Muñoz Robledano, especialista en la obra de Montaigne, lo imagina al caer la noche, junto a la luz de las velas, «acariciando los lomos de los libros con la fruición con que un niño mira las golosinas del mercado o un joven los cuerpos de las rameras que pasean por la taberna». Y, sin embargo, el propio Montaigne nos dejó escrito que prefería la luz del día, que nunca subía a la biblioteca por las noches.

Yo, en cambio, entiendo por qué Manguel tituló su gran homenaje a los libros como La biblioteca de noche, pues cuando todo alrededor está a oscuras es cuando más brilla no sólo la lámpara sobre la mesa de lectura sino también la luz que encendemos al abrir cada volumen. Si tuviera que elegir la imagen de mí mismo que me gustaría contemplar en la distancia, pediría verme leyendo, ya de madrugada, desde las tinieblas del cercano robledal cuando estamos en el campo o desde algún semáforo en los que el tráfico se detiene siete pisos más abajo de mi casa cuando estamos en la ciudad. Hace tiempo que he dejado de ir al cine y hay muy pocas cenas que cambiaría por un rato equivalente de lectura. Si tuviera que darles un único consejo a mis hijos les diría que en ningún sitio encontrarán tanta felicidad como en los libros.

Lo que a Montaigne le obsesionaba de su relación con los libros era su mala memoria. No ya porque tendía a no recordar muchas de las cosas que le interesaban o llamaban su atención en un libro, sino porque a menudo lo que olvidaba era haber leído el libro. De ahí que recurriera a escribir una especie de resúmenes -casi diríamos chuletas- para recordar al menos «el aire y la idea general que del autor había concebido al leerlo»; y así, por ejemplo conocemos el reproche que le hacía a Cicerón no «por la imperfección de hacer versos malos, sino por la falta de juicio al no haberse percatado de cuán indignos eran de la gloria de su nombre»; o el no sé si peor elogio que dirigía a Terencio porque «tanto nos llena el alma con sus gracias que olvidamos las de su fábula».

La gran ventaja de ver las paredes desnudas en el torreón de Montaigne es que nos exime de especular sobre cuántos libros leyó, cuántos olvidó y cuántos ni siquiera llegó a abrir. Ese espacio vacío fecunda en cambio la provocadora tesis de Pierre Bayard de que tal vez la única manera posible de leer sea no leer. Si sus libros siguieran exhibiéndose allí donde los tuvo, mi curiosidad como visitante habría quedado inmediatamente prendida de las hileras de volúmenes colocadas en derredor. Veinte minutos que hubiera estado en la estancia, veinte minutos que habría dedicado a pasar revista a los títulos inscritos en los lomos. Si no puedo evitar hacerlo cada vez que alguien, instruido o no, me invita a conocer su casa, cuanto más no me habría ocurrido chez Montaigne.

Sólo al no encontrar allí ningún libro pude imaginarlos todos. El ensayo de Bayard titulado Cómo hablar sobre libros que no has leído puede parecer una frivolidad, pero no lo es. Parte del episodio de El hombre sin atributos de Musil en el que un general se da cuenta de que, si leyera un libro al día, necesitaría diez mil años para leer todos los volúmenes de la modesta biblioteca nacional de la imaginaria Kakania. En cambio, el bibliotecario le dice que puede hablarle de cualquiera de ellos gracias a que su regla de oro es no leer nunca ninguno.

Siempre que me preguntan por las cualidades que debe tener un periodista, añado a la de ser buena persona dos características bastante relacionadas entre sí: una formación humanística lo más amplia posible y saber dónde buscar las cosas. En resumen, saber quién ha escrito sobre qué y cómo localizar un texto. Eso se aprende en los colegios y universidades, pero mucho más en los escaparates y estanterías de las librerías y en los catálogos y comunicaciones que nos remitís los libreros. Ojalá pudiera dedicar cada día un par de horas a jugar a ese maravilloso dominó por el que observas un volumen, lo tomas en tus manos o imaginas que lo haces, lees la recensión o la solapa y pasas a continuación al siguiente que un librero profesional ha colocado al lado por ser del mismo autor, de la misma materia o del mismo periodo. Esas son las hojas de ruta del saber y la civilización humana.

Hablar sobre esos libros que has hojeado y ojeado, virtual o físicamente, sin haberlos leído, es tan sencillo como habitual. Un poco más complicado, siguiendo las categorías de Bayard, es hablar sobre libros de los que tan solo has escuchado referencias, pero también es moneda de uso corriente. Vean si no el caso de El Primer Naufragio, con tanta notoriedad mediática desde el día de su presentación: si cada persona que lo comenta lo comprara y lo leyera, la inflamación del ego de su autor sería directamente proporcional, dada su extensión, al aumento del índice de insomnio de los españoles.

Mucho más problemático es hablar de libros que has leído y olvidado -terminar de leer es empezar a olvidar-, pero hasta eso tiene remedio mediante técnicas de autoayuda como las de Montaigne, asistidas hoy por los dispositivos electrónicos. Lo único imposible es hablar de libros que no sabes que existen y esa imposibilidad se convierte en tragedia cuando se trata de obras importantes para tu actividad, ilusiones o áreas de interés. En eso consiste la ignorancia: en no saber que hay algo que te convendría saber. Sólo hay una cosa peor y es tener la necesidad -consciente o inconsciente- de hablar de libros que ni siquiera se han escrito, porque como ha alegado George Steiner al presentar My Unwritten Books, se trata de «esos viajes que nunca hicimos». Admito que a aquellos que leen sólo por placer les resulte difícil de entender que haya quienes dediquemos tanta atención a tantos libros que probablemente nunca leeremos. Se trata, en definitiva, de una cuestión de tiempo y espacio que hace de toda biblioteca una metáfora a la vez de la finitud y del ansia de trascendencia de la condición humana.

Si Isaiah Berlin, apoyándose en Arquíloco, dividía a los grandes escritores en «zorros» que saben «muchas cosas» y en «erizos» que saben «una gran cosa», otro tanto podría hacerse con los lectores. Yo soy zorro cuando estoy en el campo, pues tengo una biblioteca ordenada cronológicamente dedicada a partes iguales a todos los periodos de la Historia Universal y la Historia de España; y soy erizo en la ciudad, pues, excepto los de referencia -los de Shakespeare y sobre Shakespeare, los de Churchill y sobre Churchill y algunos de pensamiento-, todos mis libros están aquí dedicados a la Revolución Francesa y sus alrededores.

Cada una de mis dos bibliotecas tiene unos cuatro mil quinientos volúmenes y en ambas sólo queda espacio, como mucho, para otros quinientos más. Reconozco que así como soy un gran apóstol de Orbyt y en general de cualquier sistema de lectura de prensa a través de las tabletas táctiles, el libro electrónico no es para mí una alternativa. ¿Por qué? Porque los periódicos los tiro o los archivo y los libros los guardo. Archivar no es guardar, como ver no es mirar, ni estirar los labios, sonreír.

Aun en el supuesto de que viviera los 30 años necesarios y no hiciera otra cosa que devorar un libro completo al día, incluidos los ya leídos y olvidados, con esos nueve mil y pico volúmenes no tendría yo ni para empezar, si consideramos todo lo que sé que debo saber, o para ser más exactos todo lo que he leído que debo leer.

Comprenderéis pues que cada vez que recibo el último catálogo de Maggs o Peter Harrington, de Bonnefoi, la Librería Histórica Clavreuil, o de mi amigo el librero de Ámsterdam Arnoud Gerits o, por supuesto, de cualquiera de vosotros, sienta la enorme satisfacción de ver cómo mis dos bibliotecas se ensanchan. En el propio catálogo de este XIV Salón del Libro Antiguo que me habéis dado el honor de pregonar ya he visto volúmenes que forman parte de una de estas categorías: libros que aún no he comprado pero sé que compraré, libros que no he comprado y no sé si compraré, libros que ni he comprado ni compraré cuya existencia recordaba, libros que ni he comprado ni compraré cuya existencia había olvidado y libros que ni he comprado ni compraré cuya existencia ignoraba. Y, claro, como en todo buen parchís, cada vez que se tiran los dados se avanza una casilla hasta ir engordando el carrito de la compra.

En todo caso, el mero hecho de que esos libros estén en vuestro catálogo ya es una forma de poseerlos, aunque sea mediante un préstamo temporal imaginario. Porque al saber que están ahí ya empiezan a completar, como diría mi querida Carmen Iglesias citando a Havel, los muchos «huecos y fragmentos» de mis dos bibliotecas y de mis pocos conocimientos.

Gracias pues, queridos amigos libreros, por ser los guardianes de todos los tesoros del arca perdida, por permitirnos vestir de mil modos y maneras, como en los recortables de nuestra infancia, las paredes desnudas de la biblioteca del torreón de Montaigne; y gracias, sobre todo, por ayudarnos a entender el significado profundo de la inscripción número 21 grabada en las vigas de madera de su techo: «Si alguien cree que sabe algo, que sepa que ni siquiera sabe cómo debería saberlo». Es de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios.

Este artículo es la transcripción del pregón pronunciado ayer por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, en la inauguración del XIV Salón del Libro Antiguo (EL MUNDO, 25/11/11):

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