Cómo puede ayudar Bush a Tony

Por Timothy Garton Ash, historiador británico y director del Centro de Estudios Europeos, St. Antony’s College (EL PAIS, 21/11/03):

El jueves pasado, los que se dirigían hacia la manifestación contra Bush se cruzaron, al llegar al centro de Londres, con la gente que volvía de un funeral en la catedral de Westminster por Hugo Young, uno de los principales comentaristas liberales de Gran Bretaña. Algunos, quizá, incluso acudieron a los dos actos.

Hugo Young pasó los últimos años de su vida intentando conseguir que los británicos se dieran cuenta de que son europeos. A primera vista, parece irónico que su funeral coincida con una celebración solemne y ostentosa de la “relación especial” entre Estados Unidos y Gran Bretaña, de cuyos mitos e ilusiones tanto desconfiaba él. Pero pensemos en ello un momento. La forma en la que los británicos han acogido la visita de Estado del presidente Bush demuestra hasta qué punto Gran Bretaña se ha convertido, efectivamente, en un país europeo. Una visita de Eisenhower a Churchill, hace 50 años, habría sido muy distinta.

Ser un país europeo no significa ser antiamericano. En muchos aspectos, significa ser muy americano: en la música, la vestimenta, el entretenimiento, la comida rápida e incluso el inglés que hablan la mayoría de las personas menores de 30 años. Los británicos estamos muchísimo más americanizados que hace 50 años. Incluso para criticar a Estados Unidos acudimos a Estados Unidos; no hay más que ver la inmensa popularidad de Michael Moore entre nosotros.

No, ser europeos en el año 2003 no significa ser antiamericanos; significa verse desgarrados a propósito de Estados Unidos. Es esa mezcla de fascinación y resentimiento, de que nos encante El ala oeste de la Casa Blanca y detestemos a George W. Bush. En nosotros, el lado estadounidense es un poco más intenso que para la mayoría de los europeos continentales, porque compartimos la lengua y la historia. Pero también los polacos, los italianos o los alemanes tienen sus propias historias de amor y odio con Estados Unidos. Gran Bretaña tiene una derecha más o menos pro-americana y una izquierda más o menos pro-europea. Como Italia. Como España. Somos iguales; sólo que un poco más.

Por supuesto, se puede decir que todo el mundo está así en estos momentos, y es verdad que, en un mundo unipolar, nadie queda al margen de lo que hace la hiperpotencia. Pero los chinos, los indios o los africanos no viven en esta intensa ambivalencia cotidiana respecto a Estados Unidos. Sólo les ocurre a los pueblos que se han acostumbrado a pensar que forman parte de una única civilización occidental (es decir, Canadá y Australia están tan desgarrados como nosotros).

En el momento de su muerte cruelmente prematura, hace unos meses, Hugh Young estaba profundamente decepcionado por cómo parecía que Tony Blair se había alineado con Estados Unidos en detrimento de las relaciones de Gran Bretaña con Europa. Pero Tony Blair es un microcosmos de la Gran Bretaña actual, un país europeo incómodamente suspendido, como otros muchos países europeos, entre las torres gemelas de la UE y EE UU. No se trata meramente de que se ponga de parte de la Unión Europea a propósito de los aranceles para el acero. En la mitad de los temas de política internacional, como el proceso de paz para Israel y Palestina, Irán, el medio ambiente y el Tribunal Penal Internacional, Blair está más cerca de sus homólogos europeos que de Bush. Como señaló en un elocuente discurso pronunciado en el Guidhall de Londres la semana pasada, su misión es aproximarlos.

Por consiguiente, entre la comida supervisada por la famosa cocinera Nigella Lawson y los sandwiches de pepino de la reina, va a reanudar sus esfuerzos: intentará empujar al Gobierno de Bush hacia unas posiciones más “europeas” respecto a diversos problemas, desde Guantánamo y el acero hasta Irak e Irán. En el discurso pronunciado el miércoles en el salón de banquetes de Whitehall, Bush alentó enormemente a su “amigo”, y no por pura bondad. Porque tanto él como su Gobierno son mucho más complicados que la caricatura habitual con la que se les representa en Europa. No todos son nacionalistas, unilateralistas, militaristas y de exterma derecha. Ni mucho menos. Por ejemplo, algunos, de vez en cuando, tienen un genuino deseo misionero de llevar las bendiciones de la democracia a Oriente Próximo. El presidente Bush transmitió ese mensaje el miércoles, aunque reconoció los errores cometidos en el pasado por Estados Unidos con su apoyo a las clases dirigentes autocráticas de los países árabes. Este fervor democratizador recuerda al último presidente de Estados Unidos que realizó una visita de Estado a Londres, Woodrow Wilson. En Irak puede verse el “wilsonismo con botas”, como lo denomina el estudioso francés Pierre Hassner, si bien no es la única tendencia visible en la política aplicada por Estados Unidos. El columnista de The New York Times Tom Friedman, que no es ningún amigo de Bush, ha calificado la ambición estadounidense de transformar el mundo árabe mediante su democratización como una revolución liberal puesta en marcha por conservadores radicales. El propio Bush habló de “una revolución democrática”.

¿Servirá un cambio de tono en el Gobierno de Bush para salvar el abismo actual entre Estados Unidos y Europa? Prácticamente seguro que no. Casi todos los europeos tienen ya una imagen tan negativa y tan asentada del presidente Bush que es difícil ver qué podría hacerles cambiar de opinión. Y esa opinión, quizá, es injusta. El discurso del salón de banquetes tuvo mucho de sensato, aunque sospecho que no fue una obra tan personal del orador como los grandes discursos de Tony Blair. En privado, Bush puede ser afectuoso, simpático y bastante listo. Por desgracia, todo eso no sirve para nada. En estos casos, la imagen es la realidad.

Pero existe otra realidad: la mitad de Estados Unidos está de acuerdo. Lo que hemos visto en Londres es una reunión entre el primer ministro de un país dividido y el presidente de otro; y no hablo de Corea ni Chipre. A medida que la unidad patriótica producida por los atentados del 11 de septiembre ha ido desvaneciéndose y en Irak siguen muriendo soldados estadounidenses, la gran división que existía en el momento de la elección de Bush ha reaparecido. Una encuesta reciente del Centro de Investigaciones Pew mostraba un país dividido por la mitad, 50/50, y más polarizado que nunca. Y no se trata sólo de la toma preelectoral de posiciones entre republicanos y demócratas. Es una profunda escisión cultural entre las costas, más progresistas, y el interior y el sur, religiosos y conservadores; lo que a veces se llama, para granconfusión por nuestra parte, el Estados Unidos “rojo” (la zona conservadora) y el Estados Unidos “azul” (las zonas costeras progresistas). La zona “azul” tiene unas actitudes mucho más similares a las de los europeos. Por ejemplo, en la encuesta de Pew, el 72% de los demócratas decía que el Gobierno tiene que hacer más cosas para ayudar a los necesitados, aunque suponga incrementar el déficit, frente a sólo el 39% de los republicanos. De modo que podríamos decir, según se prefiera, que la mitad de los estadounidenses son europeos, o que la mayoría de los europeos son demócratas.

Un estadounidense muy europeo, George Soros, ha prometido dedicar la próxima etapa de su vida y una porción de sus miles de millones a derrocar a George W. Bush. El apasionado desdén con el que los estadounidenses progresistas e internacionalistas hablan de Bush sólo es comparable al apasionado desdén con el que los republicanos conservadores hablan de Clinton y todas sus obras. En Estados Unidos, por lo general, la guerra civil cultural se libra a propósito de asuntos nacionales, pero tiene enormes repercusiones en su papel en el mundo. Los principales aspirantes demócratas a la candidatura presidencial han empezado a explicar sus posturas sobre política exterior, y lo que se está viendo es una especie de internacionalismo progresista y agresivo -firme con el terrorismo y firme con las causas del terrorismo- que encaja muy bien con la visión de Blair de lo que tienen que hacer Europa y Estados Unidos juntos en el mundo. Y los resultados de las encuestas en toda Europa sugieren que la llegada de un presidente distinto podría transformar la relación transatlántica.

La conclusión es evidente. Tony Blair quiere que Gran Bretaña se sienta a gusto siendo lo que ya es, un país europeo. Ahora, la clave para reparar las agitadas relaciones políticas con el continente no está en Londres, sino en Washington. Hay un auténtico favor que George W. Bush puede hacerle a su amigo Tony, y es perder las elecciones presidenciales del próximo mes de noviembre. ¿Quizá Su Majestad podría sugerírselo?