Cómo salir del laberinto afgano (y 4)

Las personas mejor informadas con quien he estado hablando en Afganistán creen que la guerra se está perdiendo.

Incluso si conseguimos mantener nuestra posición durante meses o años, la OTAN, en definitiva, habrá de retirarse, de modo que las cuestiones en suspenso no son si, sino cuándo y bajo qué circunstancias.Por tanto, se nos plantea la siguiente pregunta: ¿qué debemos hacer?

Volviendo la mirada a los movimientos de insurgencia que he tenido ocasión de estudiar y reflexionando sobre el medio siglo en que he seguido la evolución de Afganistán, creo que lo que voy a reproducir seguidamente es la secuencia con más sentido y seguridad frente al fracaso.

Primer paso: fijar una fecha clara, firme, inequívoca y razonablemente precisa de la retirada. Los críticos dirán que los talibanes se sentirán entonces envalentonados para esperar que nos hayamos ido a fin de avanzar y tomar el país. Pero los talibanes leen en la prensa que los gobiernos occidentales están cansados de la guerra y saben que habremos de irnos en el futuro cercano, así que fijar una fecha no afectará a la política talibán. Tampoco es probable que ejerza gran efecto sobre la elite del poder, que ya saca del país su dinero y a sus familias.

¿Por qué, pues, hacerlo?

Porque tendría un efecto positivo sobre quienes viven donde se libra la guerra, las aldeas. Para ellos cambiaría la psicología política de la guerra. Ello se debe a que los afganos consideran los programas de ayuda en los términos proclamados por el general David Petraeus: “El dinero es mi munición más importante…”. Si se construye un puente, se abre una escuela o incluso se funda una clínica, los talibanes y otros afganos lo ven como una táctica militar; de hecho, como una prueba de que tenemos la intención de quedarnos por más tiempo. Por tanto, para impulsar a Afganistán hacia la seguridad, la autosuficiencia y un menor odio hacia nosotros, necesitamos cambiar el contexto de nuestras actividades: en lugar de utilizar la acción cívica como parte de nuestra estrategia militar, hemos de desvincular el combate de los programas en beneficio de la gente. El primer paso crucial en este proceso es, pues, fijar una fecha para la retirada.

¿Por qué? Porque si una fecha en firme es creíble, los afganos entenderán que su objetivo principal, y universalmente compartido, se ha conseguido: hemos acordado irnos. En tal caso, la construcción de una clínica, una escuela o una carretera ya no se considerará como una táctica empleada para dominarlos. Al contrario, las shuras, jirgas o ulus en cada una de las 22.000 aldeas de Afganistán valorarán notablemente estos progresos.

Pero los críticos dirán: “¿No seguirán obstaculizando los talibanes este proceso matando a cooperantes y a quienes aceptan su ayuda?”. Es probable que lo intenten. Pero si lo hacen, perderán el apoyo que ahora disfrutan de los aldeanos. En este nuevo contexto, su causa nacionalista se habrá vuelto fútil ya que hemos acordado irnos y su oposición a las actividades positivas será vista claramente como antisocial.

De este modo, y como Mao Tse Tung escribió, el agua de la aldea que ahora cobija a los peces insurgentes se evaporará.

Segundo paso: del mismo modo que los aldeanos comenzarán a ver sus intereses bajo una nueva luz, así también lo harán las personas que viven en los pueblos y ciudades. Y, sobre todo, el activo más preciado de Afganistán, su gente formada y culta, muchos que ahora se encuentran en el exilio, empezará a volver al país. Incluso hoy, un sentimiento de nostalgia y patriotismo son importantes atractivos; si se les añade un nuevo sentido de esperanza, asomará la luz al final del túnel.

Tercer paso: habiendo empezado a mejorar psicológicamente, los afganos serán capaces de abordar la tarea política de la que dependerá su futuro: crear un nuevo gobierno. Incluso el presidente Karzai ha proclamado al efecto que han de negociar con los talibanes. Pero nosotros nos hemos opuesto a las negociaciones. El mayor obstáculo que alzamos nosotros fue la Lista conjunta priorizada de efectos (JPEL) que nombra y autoriza el asesinato de casi todos los líderes de los talibanes, unas dos mil personas. La Task Force 373 opera como la Spetsnaz soviética (fuerzas especiales de la antigua URSS) de los años 80. El asesinato no les  funcionó a los rusos y no nos funciona a nosotros, pero tornan las negociaciones prácticamente imposibles.

En la actualidad, los talibanes tienen escasos incentivos para negociar. Sienten que el tiempo, su número y la fe están de su parte. Pero si cambiamos la psicología política,los talibanes se verán impulsados a negociar. Entonces podremos acelerar con seguridad el proceso de retirada de tropas como hemos prometido que haríamos.

En conclusión, después de nueve años de denodados esfuerzos, enormes dispendios de recursos y dolorosas pérdidas de personas, tanto afganas como extranjeras, creo que esta política debe emprenderse con urgencia.

William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John. F. Kennedy. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.

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