Cómo salvar la Amazonía sin ser condescendientes con Brasil

A fire burning in the Amazon forest in Porto Velho, Brazil.CreditCreditVictor Moriyama/Getty Images
A fire burning in the Amazon forest in Porto Velho, Brazil.CreditCreditVictor Moriyama/Getty Images

La Amazonía, el lugar donde se concentra la mayor cantidad de agua dulce del mundo y es cuna de la biodiversidad del planeta, está en llamas. Como consecuencia de su deterioro —que podría alcanzar un punto de quiebre catastrófico— habrá menos oxígeno y lluvia, y se elevarán las temperaturas. La principal causa de esta situación son las acciones humanas. En Brasil, país que alberga el 60 por ciento del bosque tropical amazónico, la expansión agrícola no regulada, que involucra incendios para limpiar la tierra (con licencia implícita de un gobierno indulgente), es la principal culpable.

No se trata de un fenómeno desconocido. En 2004, las tasas de deforestación eran mucho peores que ahora. En los últimos años de esa década, Brasil aplicó medidas para revertir la tendencia e impuso restricciones en áreas que antes eran de libre uso en la región. Ahora necesitamos ser todavía más ambiciosos.

El problema de raíz es la tenencia de la tierra. Menos del diez por ciento de la tierra en manos privadas está protegida por derechos de propiedad claros. Por lo tanto, impera el caos: nadie sabe quién es propietario de qué, así que el saqueo es más redituable que la conservación o la producción. Para acabar con el caos, debemos otorgar derechos de propiedad absolutos. Y para ello tenemos que hacer una distinción entre los ocupantes que llevan tiempo en la región y se quieren ganar el sustento en la Amazonía, y los agricultores y leñadores que son simples saqueadores.

En 2009, se estableció el fundamento legal para este cambio urgente a través de una ley que organiza la distribución de la tierra federal de la Amazonía. Los gobiernos federales subsecuentes no han aplicado estas disposiciones con agilidad, pero las autoridades estatales están listas para entrar en acción. La Amazonía brasileña es mucho más que un conjunto de árboles; alrededor de treinta millones de personas viven y trabajan en esa área. Es necesario garantizar que el bosque valga más de pie que talado. Para tal efecto, es esencial proporcionar a los habitantes de la Amazonía medios para utilizar y también conservar el ambiente.

Todavía no se han establecido vínculos entre la economía urbana y el área del bosque tropical de la Amazonía. La zona franca de Manaos, la capital del estado más grande de la Amazonía, Amazonas, bien podría estar en algún lugar de China; sus fábricas ensamblan productos como celulares y motocicletas. Las técnicas de producción adoptadas por las poblaciones nativas del interior, respetuosas del ambiente pero primitivas, no tienen la escala ni cuentan con la tecnología necesaria para crear una economía viable. En el borde de la región, el pastoreo ineficiente de ganado se ha convertido en la principal actividad realizada en la sabana.

El desastre de la Amazonía se explica en parte por el rumbo equivocado que ha tomado el país. Brasil no ha invertido suficiente en su gente y ha ido aumentando su dependencia de la producción y exportación de materias primas. En la Amazonía, la solución más fácil terminará en autodestrucción. El único sistema que puede salvar tanto a las personas como a los árboles es una economía basada en el conocimiento.

La innovación tecnológica, empresarial y legal sustentada en una adjudicación definitiva de la tenencia de la tierra puede hacer posible el aprovechamiento sostenible de los bosques tropicales heterogéneos y su uso como fuente de nuevos medicamentos y formas de energía renovable. Para que sea posible, deben prestarse servicios ambientales técnicos en más lugares que solo Europa occidental.

Solo las industrias que dependen en gran medida del conocimiento y los servicios de las ciudades podrán favorecer al bosque tropical en vez de afectarlo. Nuevas maneras de organizar la propiedad y de financiar la producción pueden ayudar a las empresas emergentes y comunidades locales a experimentar, competir y cooperar. Este enfoque puede empezar a darle tangibilidad al eslogan tan abstracto y repetido de “desarrollo sostenible”.

Nadie tiene por qué exigirle a Brasil convertir el 61 por ciento de su territorio nacional en un parque internacional. El mundo tampoco debe esperar que los brasileños, que han logrado proteger cerca del 80 por ciento de los bosques de su sección de la Amazonía, acepten sin más las reprimendas de países europeos cuya cobertura de árboles es mínima debido a siglos de prácticas de deforestación. Brasil debe diseñar y poner en marcha el proyecto para salvar la Amazonía; al resto del mundo, empezando por el Grupo de los Siete, que recientemente se comprometió a entregar la cantidad irrisoria de 22 millones de dólares en ayuda de emergencia, solo le toca apoyar. Si el gobierno de Bolsonaro, hundido en sus perversas guerras culturales, se niega a aceptarlos o a participar en las labores para salvar la selva, los gobiernos, instituciones de investigación y empresas del mundo deben acudir a los gobernadores y alcaldes de la Amazonía.

Los estados amazónicos han integrado una organización regional, el Consorcio Interestatal de Desarrollo Sostenido de la Amazonía Legal, perfectamente capaz de colaborar con aliados internacionales. El Brasil real está dispuesto a apostarle a combinar inteligencia y naturaleza. Cualquier ayuda es bienvenida, pero sin faltarle el respeto a la soberanía de Brasil. En vez de solo apagar incendios, la ayuda podría incluir colaboraciones para lograr los descubrimientos e innovaciones que harán posible un mejor futuro.

Se habla mucho de desarrollo sostenible en el mundo. Sin embargo, se observa muy poco en la práctica. El tono dominante del ambientalismo en los países ricos del Atlántico Norte es lastimero y escapista: la historia nos ha decepcionado, así que vamos a consolarnos en el gran jardín de la naturaleza.

Más que consuelo, los brasileños, al igual que el resto del mundo, necesitan alternativas, algunas de ellas institucionales. Si queremos rescatar a la Amazonía, necesitamos tenerlas ya.

Roberto Mangabeira Unger, catedrático de Harvard, fue ministro de Asuntos Estratégicos durante la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva y la de Dilma Rousseff.

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