Cómo salvar la Navidad del colapso mundial de la cadena de suministros

Cuesta recordar un tiempo en que las palabras Bruselas y crisis no fueran de la mano diariamente en los titulares sobre la Unión Europea (UE). Desde los shocks económicos que han sacudido al continente en la última década hasta las tragedias humanitarias y los desafíos geopolíticos que se acumulan en nuestras fronteras, pasando por las emergencias sanitarias de escala global, la capital comunitaria se ha convertido en un centro de gestión permanente de emergencias.

Pero si hay una crisis en Europa a la que pocos imaginaron que deberían enfrentarse es la que ya se cierne sobre las familias europeas y que esta semana hemos debatimos en la Eurocámara: cómo salvar la Navidad de la crisis mundial de suministros.

Que los hogares españoles puedan echar en falta en las próximas semanas muchos de los productos básicos de su lista de la compra (o de la carta a los Reyes Magos) es una posibilidad muy real. Por ello, los poderes públicos tenemos la responsabilidad de asegurar a los ciudadanos unas fiestas en paz.

Aunque aún queda un mes para la Navidad, los comercios de medio mundo ya se están enfrentando en estos días a su primera prueba de fuego con el inicio del Black Friday, un balón de oxígeno para muchos negocios afectados por la pandemia, pero al que el espectro del desabastecimiento ha restado el tirón de ediciones anteriores.

Dar respuesta a esta crisis requiere entender por qué ha sucedido y tomar las medidas adecuadas para paliar sus efectos y evitar que se vuelva a producir: un objetivo que Europa debe convertir en prioridad impostergable.

Empecemos por las causas.

En el mundo prepandémico, hoy tan lejano, los mercados globales se acostumbraron a operar de una manera deslocalizada, orientados más a la eficiencia que a la seguridad. Las cadenas internacionales de suministros conectaban directa y rápidamente las fábricas de Asia con los consumidores finales en el otro extremo del mundo, manteniendo los stocks al mínimo.

El sistema logró reducir los costes y hacer accesibles al gran público productos, como los tecnológicos, que antes sólo unos pocos se podían permitir. Pero esta misma cadena, basada en la deslocalización y la inmediatez, conllevaba una fragilidad que ha quedado patente en crisis que se desató en 2020.

Con el estallido de la pandemia de la Covid-19 y las medidas globales para contener los contagios, la producción mundial de desplomó dramáticamente. ¿Cuándo? Justo en el momento en que una población mundial confinada empezó a gastar en productos el dinero que no podía gastar en servicios, tensionando las cadenas de suministro en plena pandemia.

Y ha sido la relajación de las medidas sanitarias la que ha terminado por desatar una tormenta perfecta, al despegar súbitamente la demanda a un ritmo al que ni la producción ni las cadenas logísticas pudieron adaptarse.

Esta disparidad entre una demanda en aumento y una producción incapaz de satisfacerla se ha visto a su vez agravada por la crisis mundial del transporte, que afecta a todos y cada uno de sus eslabones. Escasean los contenedores para el transporte marítimo, responsable del 80% del comercio mundial, pero faltan también barcos y tripulaciones para trasladarlos y espacio en los puertos para procesarlos, lo que dispara a su vez los precios.

Nos encontramos así con cuellos de botella en la cadena de suministro que los expertos predicen que podrían prolongarse hasta 2023, poniendo en peligro el tejido mismo de nuestra sociedad de consumo.

Culpar sólo a la pandemia o a las fuerzas del mercado sería un error que nos impediría aprovechar esta crisis para construir el modelo que Europa necesita si quiere garantizar su seguridad y prosperidad futuras. Por ello, debemos ir más allá si queremos dar respuesta a este reto.

Europa debe potenciar urgentemente sus propias industrias, e impulsar una ambiciosa campaña de inversiones en infraestructuras que refuercen la capacidad de los puertos de la UE, las conexiones ferroviarias, el transporte rodado y la intermodalidad, así como mejorar las instalaciones de almacenamiento.

Pero la crisis de suministros y transporte a la que hoy nos enfrentamos es de carácter global y la UE, como un actor económico que aspira también a serlo geopolítico, debe asumir un papel mucho más activo en la recuperación y el crecimiento de nuestros socios, abriendo nuevos mercados que reduzcan la dependencia con China y nos hagan menos vulnerables a las crisis en ese país.

El transporte, y especialmente el marítimo, ha sido un elemento esencial para la prosperidad de los Estados y el bienestar de las sociedades. Tomarnos en serio su importancia y apostar por su futuro no sólo sacará a Europa de la crisis actual: es un imperativo para todos los europeos que creemos en el potencial de nuestro continente para volver a ser el centro del comercio y la prosperidad mundiales.

José Ramón Bauzá es eurodiputado de Ciudadanos en el Parlamento Europeo y coordinador de Transportes y Turismo del grupo liberal en la Eurocámara.

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