Cómo se le echa de menos

Se cumplen hoy cinco años ya desde que falleciera en Madrid Julián Marías. Su entierro en la Almudena fue una mañana bañada en luz del Guadarrama, esa que tanto le deleitaba, como a su querido Machado y su maestro Ortega. Poca gente acudió a su sepelio -desde luego no las multitudes que jalonaron aquel otro del pensador madrileño o el de Marañón-, como haciendo bueno el dicho orteguiano de que la filosofía era en España cosa de cuatro gatos y creo que me sobra alguno. Recuerdo que a mi lado, en el responso de entrada, una joven periodista algo despistada preguntaba a una colega por la identidad del finado para cubrir su crónica, y que ésta respondió escandalizada: «¡Es el padre de Javier Marías!». Así de filistea podía ser la tierra que dejaba nuestro pensador vallisoletano y gran iluminador nuestro.

Por eso era tan meritorio su amor por ella, asentado en dos conceptos cuya ausencia en nuestra vida pública tantas cosas explica: decencia intelectual e insobornabilidad. Justo lo que le llevó a no querer saber nada de ventas y alquilajes ni al acabar la Guerra ni al comenzar la Transición, y a colocarse siempre más allá de los «hunos y los otros», que decía Unamuno, para adscribirse al modesto negociado orteguiano de la Verdad.

Por eso, también, le gustaba rectificar aquello de Cánovas de que, con la patria, con razón y sin ella, para darnos a cambio un canon de vivire civile que nos hubiera ahorrado muchos males pasados y presentes: «Con la patria se está, pero no dándole la razón si no la tiene, sino procurando que vuelva a ella, a la razón, aun al precio de la vida propia, no de la ajena».

Y así le fue, trasterrado en su propio país. Actitud bien contraria de lo que acaeció en un 1936 tan lleno de sinrazones cuyos epígonos vivió tan dignamente junto a un admirable Besteiro. Pocos pasajes del siglo XX resultan tan conmovedores e indispensables de leer como aquel del Tomo I de sus Memorias, en que un jovencísimo Marías se despide de Julián Besteiro, entre los sótanos y su despacho del Ministerio de Hacienda. Desde luego que pocos textos como éste contribuirían a una verdadera Educación para la Ciudadanía, ahora tan en boga, aunque mucho me temo que de nada servirá la sugerencia.

Frente a ello, conllevó su sufrimiento de ser un español así -que fue mucho y continuado, aparte otros dolores más íntimos y desgarradores que enhebran los tres estadios fundamentales de su vida- con esa elegancia silenciosa propia de nuestra corte castellana, que tanto asombraba a los embajadores extranjeros y conmovía a Ortega.

Julián Marías no sabía quejarse, porque tenía otras cosas más perentorias que hacer, fiel a la máxima de «estar a la cosas» incluso cuando el dolor nos secuestra de ellas. De ahí la extraordinaria fecundidad de su pensamiento y obra -tan citada como poco leída, como si pudiéramos permitirnos tales lujos en estos tiempos de penumbras-.

Y precisamente es en esta hora tan grave nuestra, con un colapso tan formidable como poco explicado en su opacidad, cuando cabe preguntarse qué nos diría don Julián para así saber a qué atenernos en la zozobra entorno y distinguir de paso los ecos de las voces en este desconcierto.

Así, creo que nos alertaría muy seriamente sobre el hecho más inquietante de nuestro marasmo actual: la institucionalización de la mentira, que enroscada en nuestro mundo político se ha trasvasado a la esfera financiera en viaje de ida y vuelta, dando lugar a este gigantesco estado de error en que nos hallamos, donde la moneda mala ha acabado expulsando a la buena, esto es, a la verdadera.

Baste leer el reciente Informe Everis hecho llegar al Rey o el España en crisis del Colegio Libre de Eméritos para caer en la cuenta de la progresiva pérdida de realidad por parte de amplios sectores de la vida española -sin olvidar la esfera contable- y de cómo hemos ido dejando de estimar la veracidad como algo indispensable para una genuina vida política y económica.

Frente a la actual impostura ambiente, la vida de Marías se nos presenta como un radical desprecio de la mentira, de su aceptación, ficción y falsos prestigios, en aras precisamente de la pretensión de verdad que tanto echaría ahora en falta. Valga como ejemplo aquella promesa infantil que hizo con su añorado hermano Adolfo de no mentir jamás. Y se jactaba, ya en el último recodo de la vida y sin ser hombre vanidoso, de haber sido fiel a tamaño compromiso de su infancia tardía.

Frente a una actitud tal, compare el lector las falsificaciones que han tomado plaza en la vida pública y financiera en nuestros últimos años y las consecuencias que ello ha tenido sobre el tejido socioeconómico y moral. Me temo que el balance resulte desolador.

Y no menos letal ha resultado para la pérdida de la veracidad la abdicación por parte de nuestra intelligentsia de su misión crítica acompañada de silencios muy culpables, cosa que ya había predicho nuestro escritor hace algunos años.

Habría que preguntarse cómo se ha llegado a esta domesticación de la función intelectual y acudir al concepto de las técnicas de envilecimiento (techniques d´avilissement) de las que hablaba su gran amigo Gabriel Marcel. Sospecho que su extensión a la esfera intelectual nos ha traído una sistemática destrucción de lo valioso venida desde arriba, en una histórica traición de las élites que explica nuestra almoneda.

En segundo lugar, pienso que don Julián -tan genuinamente liberal- nos prevendría contra la retracción de la libertad observable de unos años a esta parte, que tantos malestares y letargos explica, además de amenazar gravemente nuestra concordia. Nos vaticinó todo ello en una memorable Tercera de 1984 –La libertad en regresión-, cuando su fino oído ya detectaba cómo en nombre de una determinada ingeniería social se nos quería hacer ir a donde seguramente no queríamos marchar. «Justo como en 1939», añadía.

Quien lea el texto en cuestión se quedará asombrado de la capacidad anticipatoria de nuestro pensador y de su vigencia. Es allí donde nos proponía un sencillo test para establecer nuestro balance de libertad basado en tres preguntas que conviene plantearse para hacer el arqueo de nuestras libertades efectivas, es decir, de nuestro destino: 1) ¿Qué puedo hacer? 2) ¿Qué no puedo hacer? 3) ¿Qué me pueden hacer?

Procure el lector darse respuesta tras la inflación de restricciones y fiebres reglamentistas acaecidas en estas dos legislaturas y saque las consecuencias. No digamos ya en Cataluña -que tan bien conocía y tanto estimaba Marías- con un Estatut que contiene ¡273 artículos!

Ante ello nos propondría que cada uno de nosotros hiciera un ejercicio continuo de su libre albedrío -sin el cual es imposible esa creatividad que ahora se nos pide-, además de solicitar una inyección de libertad en esta democracia morbosa. Para eso sería muy útil que cada uno adoptáramos en nuestra esfera de influencia -siempre mayor de la que pensamos- aquel lema vital suyo bien simple pero nada perezoso: Por mí que no quede.

Y desde luego que don Julián-tan genuinamente cristiano- no habría dejado de reaccionar contra la conversión del aborto en un derecho, cosa que no se mencionaba por cierto en el programa electoral del partido responsable. Ya nos lo había advertido en otra impagable Tercera escrita en 1994, La más grave amenaza” sólo comparable a aquella otra de su amigo Miguel Delibes. Quien se atreva a leerla se hará cargo de por qué Marías afirmaba que la aceptación social del aborto era el hecho más grave del siglo XX. Y conocía muy bien todos los horrores de la pasada centuria.

Todo eso y muchas cosas más nos pondría en claro don Julián en esta hora crítica, siempre en defensa de nuestra libertad, la dignidad de nuestro país y de nuestras mejores aspiraciones. Al fin y al cabo era un gran amigo de la palabra persona y de lo más noble que hay en ella. Por eso, en los días previos a su muerte en su casa de Vallehermoso, una de sus nietas le leía con voz clara y en el original germano fragmentos de sus queridos poetas románticos alemanes. No considero improbable que entre ellos se deslizaran aquellos versos de Goethe que tanto rememoraba Ortega en sus paseos con nuestro pensador bajo los atardecielos del Retiro: «Yo me declaro del linaje de esos /que de lo oscuro a lo claro aspiran».

Un lustro después de que culminara tal pretensión, bueno sería acudir a su lectura tan libre y verdadera. Y acometer luego como el doncel de Sigüenza la demolición pacífica y esforzada de este Retablo de las Maravillas repleto de razonadas falsedades. Para que España no sea, una vez más, la de los tristes destinos y hacer verdad aquel verso tan perentorio de Lope: «Vuelve a la Patria la razón perdida». Por nosotros al menos que no quede, mientras le echamos apenados mucho de menos.

Por Ignacio García de Leániz Caprile, profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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