Cómo tratar la yihad

Por Fawaz A. Gerges, cátedra de Oriente Medio y Asuntos Internacionales del Sarah Lawrence College, Nueva Jersey (Estados Unidos). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 24/10/07):

Zarqaui está muerto – dijo el presidente Bush al día siguiente de la muerte del líder de Al Qaeda en Mesopotamia-, pero continúa la difícil y necesaria misión en Iraq ya que los terroristas e insurgentes seguirán actuando sin él”. Pese a tal cautela (el atractivo de la militancia islámica es más peligroso que las figuras que la promueven), la estrategia de Estados Unidos sigue por la ineficaz y costosa senda de la caza de recompensas y los asesinatos selectivos. Los políticos estadounidenses suelen preferir la larga e ineficaz caza de líderes destacados en lugar de hacer frente a la ideología y factores socioeconómicos y políticos subyacentes que permiten que el mensaje en cuestión tenga tanto eco en numerosas comunidades islámicas del planeta.

Desde el 11-S, Estados Unidos ha metido en el mismo saco a diversos grupos panislamistas y nacionalistas islámicos de modo vago y confuso de manera que no sólo se exagera la influencia y capacidad del liderazgo de Al Qaeda sino que además no distingue adecuadamente los matices y conflictos de ámbito regional y local. Tal enfoque no distingue, en efecto, los objetivos y tácticas de grupos islámicos nacionalistas como Hizbulah, Hamas y Guardias Revolucionarios de Irán de facciones terroristas como Al Fatah al Islam, Jaysh al Islam y Al Qaeda en Mesopotamia que son rotundamente más afines a la ideología de Bin Laden y Zauahiri.

Pese a ciertas coincidencias ideológicas y estratégicas de ambas orientaciones, difieren esencialmente en su alcance y grado de disposición a la hora de perseguir sus objetivos correspondientes: en tanto la mayoría de islamistas sospechan de las intenciones de Estados Unidos en Oriente Medio y suscriben las metas de sus correligionarios en Iraq, Cachemira y los territorios palestinos ocupados, no todos pueden o quieren emprender acciones del grado de violencia que solemos asociar a Al Qaeda y sus vástagos.

Numerosos datos indican actualmente que muchos islamistas han vuelto la espalda a la cúpula de la Al Qaeda de Bin Laden y Zauahiri y han condenado públicamente sus objetivos de acabar con la vida de civiles estadounidenses y occidentales en general. No obstante, pese a las acusaciones de destacados líderes religiosos como Salman al Uada en el sentido de que “el 11-S ha empañado la reputación de los musulmanes”, el reclutamiento que engrosa las filas de la insurgencia iraquí prosigue con renovado vigor.

El flujo de jóvenes árabes y musulmanes en dirección a Iraq obedece en mayor medida a la rabia y la cólera generadas por la invasión y ocupación de Iraq liderada por Estados Unidos en el 2003, que al respaldo y número de efectivos de la cúpula de Al Qaeda. Es urgente entender las diferencias y matices existentes entre conflictos regionales específicos y grupos panislamistas como Al Qaeda. Meter todo en el mismo saco etiquetándolo de islamofascismo no sólo es falso sino desastroso en términos de política estratégica.

En los últimos quince meses he entrevistado a decenas de jóvenes y adolescentes árabes y musulmanes en Oriente Medio y Europa que declaran estar deseosos de sumarse al combate contra los “ocupantes” estadounidenses en Iraq. Dicen que sus líderes religiosos les explican las atrocidades de las tropas estadounidenses contra hombres y mujeres iraquíes recordándoles que la yihad es un empeño personal. Estos jóvenes y adolescentes del Golfo, Líbano, campos de refugiados palestinos, Egipto, Jordania, Siria, España, Francia e Italia tratan desesperadamente de reunir unos cientos de dólares para dirigirse a Iraq a través de la frontera sirio-iraquí. La mayoría no tenía relación alguna anterior con la militancia islamista ni con Al Qaeda. Tras mis entrevistas, diría que de no ser por obstáculos logísticos, el flujo de voluntarios árabes y musulmanes a Iraq podría superar el encaminado a Afganistán en los años ochenta y noventa.

El enfoque de analistas de seguridad e instituciones influyentes estadounidenses y occidentales puede servir para explicar los esfuerzos de Al Qaeda para reconstruir su infraestructura y rejuvenecer a sus mandos en las regiones tribales de la frontera afgano-pakistaní, pero su estrechez de miras no explica las alarmantes nuevas tendencias radicalizadas y militarizadas que conllevan notables riesgos para la seguridad regional e internacional.

A la vuelta de mi periplo, me sorprende hasta qué punto la ideología de Al Qaeda (en contraposición con factores como la táctica y el número de seguidores) ha encontrado oídos prestos tanto entre los radicales como entre la opinión pública musulmana en general. De hecho, la juventud descontenta y empobrecida de Marruecos, Túnez, Egipto, Siria, India, Líbano, Argelia, Yemen, campos de refugiados palestinos e incluso enclaves musulmanes en Europa se ha mostrado muy sensible a los llamamientos para alzarse en armas contra los regímenes musulmanes locales y sus patronos occidentales.

Hay pruebas de que los enclaves musulmanes en los países europeos se hallan crecientemente decepcionados por la exclusión social que padecen y las políticas exteriores de sus gobiernos. Si los propagandistas y jefes de Al Qaeda capitalizan sus frustraciones, pueden estar seguros de que el terror de motivación política no sólo persistirá sino que registrará una escalada y se extenderá. Un líder yemení se ha jactado de que incluso si Bin Laden y sus colaboradores fueran eliminados mañana, sus ideas sembradas en fértiles (aunque descuidados) suelos musulmanes en todo el mundo les respaldarían aún durante muchos años.

La creciente popularidad de la militancia islamista y la descentralización yihadista en red en unión de los numerosos conflictos regionales y el malestar social me han inducido a cuestionar seriamente la eficacia y filosofía de la “táctica de cortar cabezas”. Pensar que la eliminación de Bin Laden y sus adláteres equivale a hundir un clavo letal en el ataúd de Al Qaeda no es sólo presuntuoso sino que significa ignorar la historia y genealogía del movimiento islamista desde su nacimiento en Egipto en 1930.

La militancia islamista, pese a los golpes recibidos durante los últimos 70 años – incluido el asesinato y ejecución de sus líderes-, ha sobrevivido y aun prosperado gracias a una dieta de persecución y ataques. Desde la segunda mitad del siglo XX los gobiernos musulmanes han encarcelado y ejecutado a líderes destacados de grupos islamistas radicales sin cosechar otra cosa que renovadas amenazas.

Suprimir la cúpula directiva de Al Qaeda no menguará sensiblemente el grado de amenaza de la militancia islamista contra los gobiernos musulmanes y sus aliados occidentales. El desafío que afrontan estriba en cómo rivalizar y neutralizar a la vez las letales y explosivas ideas que propulsan el motor yihadista. Yno resta más opción que responder a este envite desde su propio nivel ideológico-dialéctico. Lo que significa, de hecho, prestar atención a la importancia ideológica de los combates de alcance simbólico que se libran en Palestina, Cachemira, Afganistán y recientemente Iraq.

El eco del mensaje yihadista procede sobre todo de entornos radicalizados combinados con malestar social que explotan los yihadistas para llegar a más amplias audiencias. Por tanto, la batalla por “las ideas y los corazones” debe involucrar necesariamente a los líderes religiosos musulmanes mejor preparados y formados para contrarrestar la ideología de Al Qaeda. Mi temor radica en que mientras se enfoquen erróneamente los conflictos regionales y los propagandistas de la yihad exploten estos fracasos, la amenaza terrorista en Oriente Medio y en Occidente no disminuirá.

Es menester apartar la vista, en consecuencia, de la costosa e ineficaz caza del hombre, que exagera la importancia de la influencia y lugar central de la vanguardia yihadista. La comunidad internacional, por el contrario, ha de encarar cuestiones de mayor calado como la de los instrumentos ideológicos empleados para atraer voluntarios, así como la de la situación social que torna vulnerables a la yihad a las comunidades musulmanas.