Como una película de Berlanga

Luis Berlanga ha fallecido a los 89  años. Probablemente ha sido el más importante director del cine español. Su obra ha sido de una gran altura artística y, a la vez, en sus tiempos, fue muy popular, muy querida por todo tipo de públicos, no importaba la edad o la condición social o cultural.

En efecto, más allá del tema, del título y de los protagonistas, la gente iba al cine a ver “una película de Berlanga” porque sabía que tenía un toque especial, un estilo propio. Y sus fieles seguidores no eran sólo una élite cultural determinada, sino una inmensa mayoría. Ibas a ver “la última de Berlanga” como también ibas a ver la última de Hitchcock, de Fellini o, en la actualidad, la última de Woody Allen. Era casi un deber: “Me he perdido la última de Berlanga”, nos lamentábamos.

Ello no es frecuente en un director de cine. Hasta que llegó Almodóvar, quizás ha sido el único director español que ha alcanzado esa condición. Es posible que Buñuel se le hubiera podido acercar, pero lo impidió su condición de exiliado. Berlanga fue, sin duda, el primero que hizo cine de autor, en todas sus películas se notaba su huella personal. Además, y eso es muy significativo, supo hacer un cine tan peculiar que convirtió su manera de retratar la vida, la sociedad y las personas, en algo a lo que dio nombre con su apellido. “Era como de película de Berlanga”, tantas veces hemos calificado así a una determinada situación y todos han comprendido su significado.

¿Cuál fue el mundo que retrató Berlanga? Creo que sus mundos fueron cambiantes, aunque la mirada no fuera muy distinta. En los años cincuenta, el cine de Berlanga tiene una neta influencia del neorrealismo italiano: el más humilde pueblo español, el más entrañable y atrasado, era visto con ternura, ironía y piedad, aunque en realidad fuera un cine de denuncia social y política, algo que los censores de la época, con su habitual ignorancia y necedad, seguramente no captaron en toda su amplitud. Los personajes de Bienvenido Mr. Marshall siguen siendo inmortales, una lección de historia y de psicología social: la realidad de la época sin insultar a nadie.

Lo mismo puede decirse de otras películas de aquella época, especialmente Calabuch,un prodigio de poesía lírica, de sensibilidad y humor sutil, en la línea de Milagro en Milán de Vittorio De Sica, con el genial Manuel Aleixandre, también recién fallecido, pintando durante días y días, como artesano lento pero honrado, las letras del nombre de una barca. Un mundo real e irreal a la vez, el testamento de una España en trance de desaparición.

En los sesenta, Berlanga dio un paso más en su actitud de denuncia: una sátira social como Plácido y una crítica política como El Verdugo son dos sensacionales piezas maestras llevadas a cabo con acidez – allí ya estaba Rafael Azcona-pero también con una piadosa conmiseración por la pobre gente, la buena gente, obligada a pasar por las situaciones más absurdas, y hasta macabras y crueles, para así poder sobrevivir. Eso sí que es memoria histórica de verdad, con todos sus tonos, luces y sombras, y no la película de buenos y malos con la que pretenden adoctrinarnos ahora los grandes simplificadores, aquellos que pretenden sacar réditos políticos de las tragedias humanas.

En los setenta y ochenta, ya en democracia, Berlanga derivó, en general, hacia la astracanada: La escopeta nacional y compañía. A mi parecer, perdió en calidad, en agudeza e ingenio, como si la supresión de la censura afectara a su estilo: ya no era necesaria la insinuación y el matiz, bastaba con plasmar la realidad con trazo grueso. Del humor irónico y poético quizás pasó Berlanga a una excesiva vulgaridad.

Berlanga fue uno de aquellos fenómenos culturales que tuvieron lugar bajo el franquismo y pese a la dictadura. Una muestra más de que una cosa eran las estructuras del régimen y otra la sociedad. Con censura, represión política y miedo generalizado, hubo resquicios por donde asomaba una cierta España que no fue liquidada del todo en la guerra y que no estaba en el exilio. Jordi Gracia lo ha estudiado bien.

Podríamos ampliar la mirada hacia otros campos, pero si nos ceñimos al cine, Berlanga no estaba solo. Naturalmente, estaba Juan Antonio Bardem. Y junto a ellos, la productora que dirigía Muñoz Suay, aunque parezca mentira en el entorno – o en el núcleo-del PCE. A mitades de los cincuenta tuvieron lugar las “Conversaciones de Salamanca”, con un duro manifiesto redactado por Bardem que hoy convendría releer. Y el cine- club del SEU (el sindicato estudiantil único y oficial) de Salamanca publicaba la excelente revista de izquierdas Cinema Universitario,dirigida por un joven Luciano G. Egido, que en su madurez ha sido un gran escritor. Sin contar los “estrenos Destino”, patrocinados por la revista del mismo nombre en Barcelona y que seleccionaba el crítico José Palau.

En todo caso, en aquella España que, efectivamente, en muchos, muchísimos aspectos, era “como una película de Berlanga”, Berlanga – y tantos otros-tuvieron la habilidad de sortear la censura y tender un puente hacia el mundo libre y civilizado del que aprendió toda una joven generación.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.