¿Cómo vivimos hoy?

Por Niall Ferguson, profesor de Historia Laurence A. Tisch de la Universidad de Harvard y miembro de la junta de gobierno del Jesus College de Oxford. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 23/06/06):

En la centelleante novela Cómo vivimos hoy (1875), de Anthony Trollope (1815-1882), la alta sociedad victoriana se ve en un principio deslumbrada para verse posteriormente hecha trizas por efecto del frenesí de la especulación bursátil personificada en el financiero corrupto y sin escrúpulos Auguste Melmotte. Los interesados en las crisis financieras deberían leer, subrayar y digerir esta magnifica obra: pocos escritores han captado mejor la evolución de la emoción y las expectativas económicas y mercantiles, desde la euforia al escepticismo y la incertidumbre para desembocar en el pánico declarado y total.

En la cima de su éxito y prosperidad – elegido además diputado de la Cámara de los Comunes-, Malmotte es saludado como un héroe por el nuevo periodicucho La Cuadrilla,que predica, al referirse a sus transacciones y operaciones económicas, la sublime y excelsa doctrina de que “el factor de la envergadura en los negocios es buena cobertura y argumento frente a determinadas irregularidades”. No obstante, ya han empezado a circular rumores sobre la impotencia de Malmotte para terminar de comprar una propiedad inmobiliaria… Las noticias de última hora propagan el caso, de forma que llega a Westminster y de allí alcanza el corazón de la City. Sobreviene efectivamente la quiebra en cuestión de horas y Melmotte, arruinado, es hallado muerto tras haber tomado la decisión de suicidarse a fin de eludir a sus acreedores.

Recientemente pudo percibirse un cierto efluvio Melmotte en esas áreas del West End londinense donde proliferan los fondos de cobertura y riesgo. Se anularon de repente muchas reservas en fachendosos restaurantes, se mandaron numerosas cartas transidas de desazón a otros tantos inversores. Oí que alguien preguntaba: “¿Es el fin del mundo?”. En todo caso, el reciente Festival de los Fondos de Riesgo, Hedgestock, celebrado a principios de junio en Knebworth, Hertsforshire (Reino Unido) no es que haya sido tampoco un Woodstock contracultural, dominado como ha estado por una escasa volatilidad y oscilación financiera…

El caso es que Hedgestock se anunciaba a bombo y platillo, ¡casi como si del festival de Woodstock se tratara!, con la diferencia de que este último congregó una elevada asistencia, en tanto que Hedgestock sólo contaba de salida con los recursos de su patrimonio neto. ¡Cómo habría disfrutado Trollope pintando tal arrogancia! Porque lo cierto es que, a los pocos días del dichoso festival, numerosos fondos de riesgo sufrían justo castigo por su presunción… Y, aunque mayo pueda ser recordado ciertamente como un mes malo, junio lo será por ser el mes de Hedgestock.

En fin, al cierre de Hedgestock no había mercado bursátil en el planeta que no hubiera sufrido algún tropiezo. Los mercados de fondos de riesgo, incluidos los casos de Brasil, Rusia e India se llevaron la palma. Suele hablarse de ellos – en unión del caso de China- al referirse a los llamados países en rápido proceso de industrialización…, pero este mes las piezas de ese puzzle se vinieron abajo. También los mercados del sector de los países desarrollados lo han pasado mal, sobre todo los alemanes y japoneses. Petróleo, oro y otras materias primas sufrieron asimismo caídas. En un momento dado los mercados se recuperaron, pero sólo para apagarse a continuación.

¿Qué demonios entonces pasa aquí? Hace menos de dos meses asistí a una importante conferencia de fondos de riesgo en California, donde tuve ocasión de comprobar una notable pasión alcista en relación con todo tipo de activos: títulos, bonos y otras cotizaciones. Casi nadie me dio la razón, por cierto, cuando me atreví a aventurar que podíamos encaminarnos hacia una renovada situación de alta volatilidad y oscilación.

La explicación estriba en que los directores de los fondos de riesgo y los gobernadores de los bancos centrales no piensan de la misma manera. Para ser exactos, los segundos tienen más memoria. El gran mandamás de la Reserva Federal, Ben Bernanke, ha tenido ocasión de aprender hasta qué punto en ciertos momentos – y en contra del refrán- las palabras pesan y valen más que las acciones… Tras afirmar el pasado 27 de abril que tanto él como sus colegas podrían “no adoptar ninguna iniciativa especial (…) para dejar que el transcurso del tiempo aporte más información a fin de proceder en consecuencia” (léase: “No den por sentado que vamos a subir nuevamente los tipos de interés”), Bernanke cayó en la cuenta de que los fondos de riesgo se habían limitado a tomarse tales declaraciones como una señal como tantas otras en el sentido de animarse y comprar.

De repente, al presidente de la Reserva Federal le asaltó un pensamiento horrible: tal vez se había mostrado demasiado blando… ¡Tal vez la combinación de los precios de materias primas al alza y el aumento del crédito podría devolver al mundo a los inflacionarios años setenta! El caso es que el 23 de mayo cambió de disco. Había, de hecho, “riesgos de inflación”… Menos de quince días después, ya prometía vigilancia y supervisión antiinflacionistas… Léase: “Perdonen ustedes, quise decir que efectivamente vamos a subir los tipos”.

A Bernanke le preocupa la inflación porque es lo que les preocupa a los directores de los bancos centrales. Tal vez piensen ustedes que una inflación subyacente de precios al consumo del 2,4% (última tasa estadounidense) no es tampoco motivo para preocuparse tanto. Por más que haya que hablar de una inflación sextuplicada respecto de los años setenta, hay que añadir que cualquier tasa de inflación superior a los objetivos “no declarados pero restrictivos” de la Reserva Federal sobre la cuestión pone nerviosos a los bancos centrales. Lo propio sucede en el Reino Unido. Recientemente, el gobernador del Banco de Inglaterra, Mervyn King, nos advirtió de que nos preparáramos para “un próximo trecho del camino un tanto pedregoso y accidentado”. ¿Por qué? Porque, al tiempo de perseguir y alcanzar al menos en cierta medida el objetivo del 2% de tasa de inflación, el banco puede haber estado infravalorando las fuerzas y tendencias de la economía global – “importaciones asiáticas baratas, mano de obra barata del Este europeo-, que en realidad han estado impulsando el paro a la baja y el crecimiento económico al alza.

En un planeta crecientemente globalizado – nos dicen los gobernadores de los bancos centrales-, su política monetaria puede resultar “en exceso acomodaticia”, y de ahí las recientes burbujas en los sectores de mercados de títulos, propiedades y materias primas. El Banco de Japón ya empezó a referirse a tal perspectiva hace un tiempo. Y el Banco Central Europeo hizo lo propio.

Este tono de restricción global – a primera vista sin visión alguna coordinada- deja trasquilados a los fondos de riesgo… Durante años han estado acumulando dinero gracias a tasas de interés de los bancos centrales próximas a cero, especulando en los mercados más interesantes y atractivos. La mencionada actitud “en exceso acomodaticia” de las instituciones implicó poca volatilidad y oscilación… ahora de regreso. El factor clave, sin embargo, estriba en que numerosos fondos de riesgo temen que los gobernadores de los bancos centrales vayan a cerrar demasiado el grifo. Temen una fuerte desaceleración – si no una recesión- en Estados Unidos y, en consecuencia, en el resto del mundo. Si están en lo cierto, resultará que los directores de los bancos centrales habrán actuado como los generales que han lanzado su último cartucho. Pronto, en lugar de preocuparse por la inflación, habrán de preocuparse por la deflación.

Este panorama explica un importante – aunque inadvertido- rasgo propio de los últimas semanas. Son los mercados de títulos y acciones, no los de bonos y obligaciones, los embrollados y confusos. Si a los inversores les hubiera preocupado efectivamente la inflación (factor realmente negativo en el segundo caso), no se habría producido el problema.

Al contrario que Ben Bernanke, quien se tituló en 1979, los directores de los fondos de riesgo no recuerdan los años setenta: la mayoría de ellos iba en pantalón corto. Sin embargo, es posible que den más en el blanco que los directores de los bancos centrales, absortos en la lucha contra la inflación. En primer lugar, hay escasos indicios de momento en el sentido de que los tipos altos estén reduciendo el crecimiento del crédito. El último informe de la Reserva Federal sobre el flujo de fondos indica que el primer trimestre de este año el endeudamiento de los hogares en Estados Unidos creció un 32% respecto del año pasado. Una barbaridad: significa que los tipos más altos aún no han inducido a numerosas familias estadounidenses a rebajar su alto tren de vida.

El creciente endeudamiento familiar en Estados Unidos ha constituido el mayor factor de impulso de crecimiento global a lo largo del último lustro. Cuando los estadounidenses acaben de endeudarse de una vez y comiencen a ahorrar, los efectos pueden ser mayores de lo que se imaginan los gobernadores de los bancos centrales (un dato: el 29% de los solicitantes de hipotecas en Estados Unidos el último año deben más que lo que vale su vivienda). Me atrevo a pensar que ya se están apretando el cinturón. Y, por supuesto, la confianza del consumidor ha descendido a niveles que sólo hemos presenciado en dos ocasiones en el último decenio.

“El factor de la envergadura en los negocios es buena cobertura y argumento frente a determinadas irregularidades”: suelo pensar en la divisa de Melmotte cuando paseo por el West End londinense, donde asoman por doquier los fondos de riesgo. Naturalmente, nuestro estilo y modo de vida actual difiere en muchos aspectos del de los coetáneos de Trollope (ellos no convivían con Gran Hermano ni con el Mundial de Fútbol). Pero ciertas cosas son como entonces. “Todo el mundo sabía que el dinero anda ahora muy escaso en la City” es la respuesta de Melmotte cuando sus acreedores le apremian al pago de sus deudas. Gracias a los gobernadores de los bancos centrales y a sus objetivos sobre la inflación, el dinero vuelve hoy a ser crecientemente escaso… ¿Cuánto tiempo pasará hasta que el capitán de uno de esos fondos de riesgo eche el resto? ¿O pestañearán antes los gobernadores de los bancos centrales?