Compaginar responsabilidades

En las últimas décadas se han producido muchos cambios en la sociedad que han afectado tanto a la generación de mayores como a sus hijos. Tiempo atrás las parejas se casaban jóvenes, formaban una familia y solían permanecer en el hogar familiar, a veces incluso varias generaciones simultáneamente. Los abuelos fallecían relativamente jóvenes, tras ser atendidos por sus hijos. En el ámbito laboral, la mujer quedaba al cuidado del hogar y el esposo tendía a buscar un trabajo fijo y habitualmente en su ciudad natal.

Actualmente el escenario es distinto. Las parejas se unen a una edad más madura, las relaciones suelen ser menos duraderas. Un elevado porcentaje de las madres primerizas son mayores de 30 años y se han incrementado las familias monoparentales. Como ya es bien sabido, el momento actual laboral es muy complejo y de gran inestabilidad. Lo que obliga en muchos casos a la movilidad en busca de una ocupación e impide la independización de los jóvenes. Por otro lado, una serie de avances tales como los adelantos médicos y el énfasis en la prevención de enfermedades han aumentado significativamente la esperanza de vida.

La generación que está directamente afectada por estos movimientos es la que se sitúa a partir de los 30 años hasta los 60 o incluso más. A esta generación la llamamos la generación sándwich –personas que tienen a su cargo, simultáneamente, a sus padres y a sus hijos, y al mismo tiempo mantienen una vida profesional–. La palabra sándwich, que significa bocadillo en inglés, tiene como origen el apellido del conde de Sándwich, noble británico del siglo XVIII inventor del bocadillo. El paralelismo que establezco es que tanto por encima como por debajo, hay dos focos que presionan hacia el centro, a la generación sándwich. Vamos a ver de qué modo y cuáles son las implicaciones.

La generación sándwich se enfrenta a un incremento de la población de mayores, al surgimiento de una nueva tipología de familia en la que se entremezclan hermanos, padres y abuelos postizos, un decremento de su dedicación a sus hijos y a sus mayores, una mayor presión laboral, un distanciamiento geográfico, y un largo etcétera. Y surgen cuestiones: ¿Se pueden atender adecuadamente a los abuelos? ¿Cómo se compaginan las responsabilidades familiares cuando no se reside en la misma población?¿Qué ocurre cuando la propia generación sándwich entra en la generación de mayores? Las preguntas son incontables y las respuestas difíciles de encontrar.

Algunas de las consecuencias directas de estas circunstancias son comprensiblemente el estrés, el ineludible cambio de papeles familiares, la sobrecarga emocional, o el debate sobre quién asume la responsabilidad del cuidado de los mayores. Muchos adultos viven con culpabilidad y frustración esta situación, puesto que aún cuando lo intentan, no llegan a todo. Y la sensación es de no hacer nunca lo suficiente.

No se trata de cambiar lo que no se puede cambiar, pero una mayor comprensión y aceptación de las circunstancias actuales facilitará adaptarse a ellas. También son numerosas las soluciones que se pueden aplicar para mejorar el bienestar propio y de los demás. Por ejemplo, se puede tratar de aceptar las limitaciones de los mayores y promover su autonomía. ¿Cómo se puede hacer? Detectando sus habilidades (cocinar, llevar las cuentas) y potenciándolas. Ayudarás a fomentar su sentido de utilidad y valía. O por ejemplo, intenta favorecer el contacto cualitativo (no de obligatoriedad) de nietos y abuelos. Ambas partes se enriquecerán de la relación y … te darán un respiro.

Pero todo lo que hagas por los demás, hazlo también por ti mismo. Sé consciente de tu salud física y emocional. No es suficiente con comer y dormir, sino que hay que cuidarse de una manera más amplia. Quizá alguien piense: “¿Cuidarme yo? ¡Pero si no tengo tiempo!”. Y ahí empieza el problema. Para mantener un buen estado de salud es fundamental conseguir un reparto equilibrado del tiempo en los diferentes ámbitos de la vida. Por lo tanto, dedica un tiempo racional al trabajo. Aprende a decir que no a demandas excesivas y delega cuando sea necesario. Comparte la carga emocional de la situación, pero también tiempo cualitativo con tu familia. No dejes de desarrollar tus intereses. Y mantén el optimismo; trata de no fijarte tan sólo en los aspectos negativos de lo que va aconteciendo y valora lo positivo de cada situación. Esta actitud te ayudará a afrontar mejor las nuevas experiencias que se vayan sucediendo.

Es mucho lo que se puede hacer por cuidar de la propia familia y de uno mismo. Aunque no hay soluciones mágicas ni perfectas, si eres paciente y constante en tus esfuerzos poco a poco mejorará tu calidad de vida y la de tus familiares. Y entonces habrá llegado el momento de vivir en armonía y disfrutar de cada momento compartido.

Cristina Ruiz Coloma, psicóloga clínica del centro médico Teknon y docente de ISEP.

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