Companys, Tarradellas, Puigdemont

A principios de 1976 –ha llovido mucho– dirigí y escribí la colección de fascículos «Los Líderes» para presentar al lector, entonces ávido de información política, a quienes serían protagonistas en un cercano futuro. Cada fascículo nacía de largas conversaciones que a veces duraban días. Inicié la serie con Felipe González, hasta hacía poco el casi desconocido «Isidoro», y para la cuota catalana elegí a Josep Tarradellas, exiliado presidente de la Generalitat e histórica personalidad de una ERC sensata, y a Jordi Pujol, un catalanista moderado. Releo aquellos textos y confirmo que a lo que aspiraba Pujol, que se declaraba no separatista, era a recuperar el Estatuto de Autonomía de Cataluña conseguido durante la República. Apostaba por el Estado de las Autonomías que habría de consagrar la Constitución de 1978.

Ahora que Lluis Companys es un mito del soberanismo y encabeza su martirologio, releo lo dicho por Tarradellas en su austera casona de Saint-Martin-le-Beau, en el centro de Francia: «El 6 de octubre fue un gravísimo error; entonces por esta idea de la izquierda unida, de luchar todos unidos, nos metieron en un conflicto que no nos afectaba». El viejo representante de una Generalitat proscrita creía que haber hecho seguidismo de la revolución de Asturias y, por ello, que Companys proclamase el Estat Catalá «dentro de la República Federal Española» (que no existía como tal) fue un despropósito. Y opinó contundente: «Por esa doble responsabilidad de ser presidente de la Generalitat y representante del Estado, el presidente de la Generalitat no se puede sublevar contra el Estado». Cuando poco más de un año después de estas palabras Tarradellas se asomó al balcón del Palau de la Plaza de Sant Jaume –«Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí»– tenía claro que el nuevo Estatuto debía recoger esa doble representación Generalitat-Estado de los presidentes de la Autonomía catalana que ya figuraba en el Estatuto de 1932.

Companys se dejó llevar por la izquierda, por el radicalismo soberanista. Acaso por ello Stanley G. Payne en «La primera democracia española», de 1995, le define como «un hombre básicamente sensato que llevaba meses sometido a presiones extremas de los catalanistas radicales». Poco antes de retirarse del balcón tras proclamar el Estat Catalá parece que Companys dijo: «Ara ja no direu que no sóc prou catalanista» («Ahora ya no diréis que no soy suficientemente catalanista»). Los historiadores catalanes, desde luego los rigurosos, ofrecen en general una consideración muy crítica sobre el golpe del 6 de octubre, y el juicio más duro es el de Jaume Vicens Vives, padre de la moderna historiografía catalana, en «Noticia de Cataluña».

Carles Puigdemont repite el error más de ochenta años después. Pueden encontrarse motivos. Puigdemont no llegó a la presidencia de la Generalitat en unas elecciones; recibió esa responsabilidad cuando, ya quemado, su mentor Artur Mas decidió proponerlo a sus socios políticos. Acaso por esa quiebra en el origen democrático de su mandato se marcó como objetivo pasar a la Enciclopèdia Catalana y más dudosamente a la Historia con mayúscula. Esa voluntad sin marcha atrás que a través del tiempo dio al traste con tantos sueños: el «sostenella y no enmendalla» que aparece en las «Mocedades del Cid», de Guillèn de Castro, lo llevó hasta donde está.

Por una tenaz rebeldía, aprovechada por sus socios más radicales, repitió la aventura de Lluis Companys con el mismo camino hacia el fracaso y sin medir los daños colaterales. Artur Mas se sentía cercano al Macià de la intentona de Prats de Molló en 1926 que acabó en nada, o del pronunciamiento del 14 de abril de 1931, sin consecuencias por su pacto posterior con el recién constituido Gobierno de la República. Puigdemont eligió el espejo de Companys; el peor.

Desde Hurtado a Ferrater Mora pasando por Vicens Vives se ha entendido que aquel golpe de Companys del 6 de octubre de 1934 quebró la visión que los españoles tenían de los catalanes, y tras el golpe de Puigdemont el ámbito de la decepción tiene dimensión europea. En 1934 los catalanes soberanistas dejaron de dar testimonio de su responsabilidad y madurez para el resto de los españoles. Como ahora. Los catalanes soberanistas rompieron, y lo repiten ahora, la imagen de las virtudes unidas al carácter catalán: el

seny (la sensatez), la mesura, el justo medio. Los catalanes soberanistas orillaron entonces y orillan ahora la virtud que más ha aportado a Cataluña a lo largo de su historia: su capacidad de pacto. Tarradellas en su larga conversación en Saint-Martin-le-Beau invocaba repetidamente la sabiduría del pactismo. Él la practicó con éxito. Y, por último, los catalanes soberanistas de 1934 y de la experiencia actual prefirieron y prefieren romper las reglas por las que accedieron al poder, adoptando reglas improvisadas y falaces desde la presunción infantil de que su soberbia voluntarista les lleva al éxito en lugar de al aislamiento y al fracaso.

Los dos años anteriores al golpe separatista de 1934 se caracterizaron por las quemas de banderas españolas (la bandera era la tricolor republicana) y se multiplicó en las calles la estrellada, que no era, como no lo es hoy, la oficial de Cataluña. Las sentencias del Tribunal de Garantías Constitucionales no eran acatadas. El Gobierno de la República no reaccionaba y la Fiscalía de la República tampoco. El Gobierno buscaba «fórmulas jurídicas» para resolver habilidosamente las situaciones que la Generalitat complicaba cada día. ¿Nos suena de algo?

El presidente Companys y su Gobierno pasaron de los despachos a la cárcel, la Generalitat fue suspendida y el Gobierno de la República nombró para asumir sus funciones como gobernador general de Cataluña a Manuel Portela Valladares. Poco antes de la independencia unilateral proclamada por Companys, los periódicos catalanes afines a la Generalitat titulaban: «El Parlamento de Madrid prepara la ofensiva contra Cataluña», «El Gobierno español vacila», «Cataluña ha marcado su directriz y tiene a su lado a los republicanos y socialistas españoles», «El Gobierno Samper, débil», «El Gobierno de Madrid tiene miedo». Y proclamas más fuertes: «Este es un momento trascendental. Todos en guardia», «Os pueden llamar a filas hoy mismo», refiriéndose a la organización paramilitar, uniformada y armada, que funcionaba como Ejército catalán bajo el control del consejero Dencás.

Karl Marx en «El 18 de Brumario de Luis Bonaparte» anota: «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa». Esperemos que Puigdemont sea la farsa posterior a la tragedia de Companys y no que en esta ocasión la tragedia suceda a la farsa.

Juan Van-Halen, escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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