Complementar, no conllevar

El «problema catalán» sigue siendo uno de los principales de nuestro país, sin que ninguno de los remedios aplicados haya surtido efecto. Ni por las buenas ni por las malas, ni judicializando la política ni politizando la Justicia, ni con regalos ni con amenazas desaparece. Ortega, que le dedicó muchas horas, llegó a la conclusión de que sólo cabe la conllevancia, acostumbrarse a él, como uno se acostumbra al reúma tardío e incurable. Otros, en cambio, piden hacerle frente con todos los instrumentos que tiene el Estado de derecho, como ha ocurrido en aquellos países que se encontraron con brotes separatistas ilegales, empezando por los Estados Unidos. Y hay quien, con gran tristeza, se rinde: «A veces pienso que España estaría mejor sin Cataluña y el País Vasco –confesó en un curso de El Escorial uno de los mejores hispanistas norteamericanos, Stanley Paine–, pero sé que es imposible». Podía haber dicho «pero sé que no solucionaría el problema». No lo soluciona porque el problema se trasladaría al País Vasco y Cataluña: ¿qué haríamos con los vascos y catalanes que querían seguir siendo españoles y se sintieran oprimidos?

Estoy, como comprenderán, poniéndome en el peor de los escenarios y ni siquiera creo que lleguemos a él. A no creer me ayuda lo que me dijo un famoso escritor catalán cuando el franquismo se resquebrajaba como la salud de su fundador. No diré su nombre porque, aunque él ha muerto, no quiero que su familia sufra la embestida del nacionalismo, que le rindió honores por considerarle uno de los suyos, pero que hoy, acorralado como está, no le perdonaría. «Cataluña –fueron sus palabras, abriéndome un escenario inédito–, nunca será independiente. No porque no quiera, sino porque no tiene hombres con fuste para ello. Líderes que peguen un puñetazo en la mesa y ordenen ir adelante, cueste lo que cueste, salga como salga, que es como se han hecho todos los Estados. La independencia es un ideal, un sueño, un mito, pero los catalanes la queremos gratis, sin sangre desde luego, y sin costes interiores ni exteriores. Y así no se consigue. Cuando llegue la hora de la verdad, lo que dirán es nuestra palabra favorita, parlen, y hasta la próxima, porque, eso sí, los sueños nunca se olvidan».

He meditado mucho últimamente sobre esta conversación, monólogo más bien, llegando a dos conclusiones: que mi interlocutor hubiese añadido «hoy menos que nunca, porque vamos hacia la creación de grandes bloques, no hacia la fragmentación de los Estados, pese al brexit, pero los ingleses nunca se han sentido europeos», y que nada me gustaría más que se cumpliera la predicción de mi amigo. Los acontecimientos parecen darle la razón, pero entramos en una nueva era, bautizada como de la incertidumbre, y nada es seguro.

Lo único seguro es que los viejos remedios no resuelven el problema, y esa puede ser la causa de que el catalán se haya enquistado por una y otra parte. Está visto que el secesionismo se ha metido en un callejón sin salida y sin apoyos, excepto el de quienes intentan dinamitar no sólo los lazos con España, sino también el entero sistema, que no creo sea lo que desean la mayoría de los catalanes. El mejor ejemplo es que no quieren salir de Europa, ellos que se creen tan europeos. Pero si salen de España salen obligatoriamente de Europa. De ahí que lo último que buscan es más autonomía sin independencia, es decir, una autonomía soberana. Lo que va no ya contra la igualdad de todos los españoles, sino también contra la tendencia europea a ceder soberanía nacional a favor de una Europa más unida, única forma de mantenerse en el escenario mundial de gigantes que se dibuja.

La única idea original que he oído para salir de este laberinto, la escuché en los desayunos de TVE a Piqué, no el jugador del Barça, sino Josep Piqué, el que fuera ministro de tantas cosas de Aznar: «Demostrar a los catalanes que España es un buen negocio». No fue una broma ni un salirse por los cerros de Úbeda, sino un proyecto muy pensado, que demuestra cuán bien conoce el autor a los catalanes y a los españoles. Me recordó lo que me dijo otro gran amigo catalán, éste empresario de hotelería, hace ya bastantes años: «Yo no quiero separarme de España. Yo quiero comprar España». Y, en efecto iba camino de ello, pues tiene hoteles por toda la península.

Pensándolo bien, es lo que vienen haciendo los catalanes desde que entraron a formar parte del Estado español. Los catalanes, de las piedras hacen panes, reza el refrán, elogiando su laboriosidad, su iniciativa, su sentido comercial, reconocido por el resto de los españoles, no sin mal disimulada envidia. ¿Por qué creen ustedes que Franco dispuso allí la primera gran fábrica de automóviles, la primera autopista y la mayor refinería? Por creer que esas cosas las aprovecharían mejor que el resto de los españoles. Consiguiéndolo. Si han perdido terreno últimamente es por haber dedicado sus esfuerzos a la secesión más que a ninguna otra cosa. Y si se pone uno a leer historia, no la que enseñan hoy en sus escuelas, sino la de verdad, como la de Ferran Soldevila, se da uno cuenta de que España ha sido un buen negocio para Cataluña. Un excelente mercado, habiendo sido los catalanes quienes «mejor aprovecharon las medidas de liberalización del comercio tanto interior como de las Indias, en el reinado de Carlos III». Pierre Villar ha estudiado con detalle la explosión económica catalana a partir de entonces, «poniéndola a la cabeza de la economía española». No limitándose a la industria textil, sino abarcando todo tipo de manufacturas. Aún hoy, el PIB de Cataluña es casi el 20% del español. España y Cataluña se complementan, no se contraponen, por lo que España sigue siendo un buen negocio para los catalanes.

Desgraciadamente, las cifras no bastan cuando se enfrentan a los sentimientos, y el nacionalismo es uno de ellos. Más, cuando se ha sometido a los catalanes a un lavado de cerebro que desafía incluso su seny, su sentido común y práctico, mayor, en condiciones normales, que el del resto de los españoles. Se hallan en un periodo de rauxa, que imposibilita incluso el diálogo. ¿Qué podemos hacer? Al no servir las razones, habrá que esperar a que la realidad imponga su ley de hierro. Ya en otro periodo de su historia (1640), aprovechando la independencia de Portugal, Cataluña buscó la suya, y al no poder conseguirla sola, pidió ayuda a Luis XIII, para quedar bajo la corona francesa. La guerra se prolongó durante doce años, en los que los catalanes comprobaron que estar bajo Francia era bastante peor que estar bajo España, y solicitaron perdón a Felipe IV para acogerse a su corona, que se les concedió, a más de conservar sus instituciones. Eso sí, se perdió la Cataluña francesa, el Languedoc y la Cerdaña, por equivocarse. Es muy posible que, si los catalanes probasen en sus carnes qué es la independencia, con todas las cargas que lleva, junto a salir de la Unión Europea, no tardasen ni doce meses en solicitar su reincorporación a España. Pero sería muy costoso y doloroso este proceso de ida y vuelta, por lo que espero que no sea necesario, y que el seny retorne a donde nunca debió de salir.

José María Carrascal, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *