Comunicación antiterrorista

Por Andrés Montero Gómez, director del Instituto de Psicología de la Violencia (EL CORREO DIGITAL, 20/05/07):

Recientemente fui invitado a un desayuno de trabajo en la Embajada británica en España. El convocante era el director de política antiterrorista del Ministerio de Exteriores del Reino Unido. Ya saben cómo acostumbran a conducirse estos foros. A primera hora de la mañana y alrededor de pastas y café, el anfitrión suele exponer en un discurso más o menos estructurado una serie de ideas que después son sometidas a discusión por el resto de concurrentes. En aquella ocasión, el mandatario británico nos desgranó, con bastante honestidad y algo de idealismo tengo que decir, los principales ejes de la política antiterrorista de su país, sobre todo en lo referente a la cooperación internacional. Después llegó el turno de las preguntas, de los argumentos y de algún juicio crítico. Alguien puso sobre la mesa un importante dilema relacionado con el terrorismo yihadista, cual es lo beneficiados que están saliendo los terroristas del uso intensivo de los medios de información y comunicación para difundir la propaganda yihadista.

El planteamiento de la cuestión constituía un dilema porque las tecnologías de la información y la comunicación, por un lado, y la prensa, por otro, son elementos estructurales inherentes a nuestras democracias, a nuestra cultura, nacidos y desarrollados al abrigo de la libertad. Si algo define las operaciones del terrorismo yihadista, aparte idiosincrasias de contenido en sus discursos y tipologías de atentados, es precisamente la importancia conferida a la prensa escrita, televisiva y a la multimedia para trasladar sus mensajes, y el significado de Internet para comunicarse.

Es paradójico, porque siendo un terrorismo anclado en argumentarios reaccionarios y medievales, en cambio hace uso de las tecnologías de la libertad para intentar acallar la libertad. El yihadismo aplica los instrumentos de la modernidad demonizando al mismo tiempo en sus ideas el concepto mismo de progreso. El dilema al que nos enfrentamos parte de la circunstancia de que, sabiendo que la presencia de yihadistas de Al-Qaida en televisión favorece el terrorismo, lo fortalece y contribuye a potenciar su mensaje y a promocionar sus estrategias de reclutamiento, al mismo tiempo los Estados no pueden, no deben intervenir en los contenidos de la prensa libre, y los propios medios de comunicación no pueden, no deben dejar de informar sobre los acontecimientos.

La información, la comunicación es una batalla que estamos perdiendo en la guerra contra el terrorismo. En realidad, la tan cuestionable estrategia de la guerra contra el terrorismo ha sido una trampa que se ha mostrado tan en contra de la eficacia antiterrorista en las democracias que la han aplicado que ahora no hay manera de saber cómo salir de ella. Reconocerle a un terrorista de Al-Qaida que es un soldado de Alá haciéndole saber que estamos en guerra contra él y contra la organización de supuestos ‘no combatientes’ a la que se dice pertenecer es negativo. A nadie se le escapa, porque es de sentido común, que se sentirá más motivado para ‘luchar’. Con todo, es todavía peor si la CNN etiqueta cada noticia sobre Irak, sobre Afganistán o sobre cualquier intervención militar de EE UU en el interior o el exterior de sus fronteras como acciones de guerra contra enemigos a quienes además no se les reconoce como combatientes.

Imaginen el receptor de televisión de cualquier terrorista de Al-Qaida que le transmite el mensaje de que EE UU le reconoce como un enemigo, que es precisamente lo que le han hecho sentir que es en su adoctrinamiento yihadista. O imaginen lo que siente el muchacho británico-paquistaní residente en un barrio marginal de Londres cuando asiste sin ningún impedimento a la multidifusión de un vídeo del ‘número dos’ de Al-Qaida, Ayman Al-Zawahiri, amenazando al mundo, al tiempo que ese muchacho está siendo seducido por un reclutador terrorista. Todo puede parecer un sinsentido

Cuando los militares diseñan una estrategia de guerra, la contrapropaganda y las operaciones psicológicas siempre han sido un arma más. En esta guerra declarada por EE UU, con apoyos más o menos explícitos de varios de sus aliados, todos estamos perdiendo la batalla ideológica, que además es la más relevante. El propio George W. Bush ha declarado en varias ocasiones que la guerra contra el terrorismo es, sobre todo, una guerra de ideas. Así pues, si es que se ha decidido que la estrategia contra el terrorismo yihadista tiene que ser un tipo de guerra, es obvio que los corazones y las mentes deberían ser el objetivo militar principal. Y tengo el temor de que, siendo el principal objetivo, los estrategas de esta guerra ni siquiera se han percatado de ello.

En el desayuno de trabajo se le sugirió al director de la política antiterrorista internacional del Reino Unido la posibilidad de que la estrategia de guerra contra el terrorismo fuera una colosal equivocación y de que, quizás, los que debieran ser coherentes esfuerzos en contrapropaganda y guerra psicológica de las democracias contra el yihadismo no fueran un componente ni mínimamente pueril. La respuesta del responsable antiterrorista británico fue decorosa, aunque pidió que no saliera de aquella tertulia. Aún sin conocer esa respuesta, lo que sí puede apreciarse sin dificultad es que los corazones y las mentes de una parte (todavía no sabemos cuán importante) de los mahometanos a lo largo y ancho del mundo no están siendo seducidos por un esfuerzo de comunicación (de las democracias) y sí por otro, el yihadista, que además tiene un acceso expedito a los medios sociales de información y comunicación.

Desde luego, una de las principales motivaciones de George W. Bush para declarar la guerra al terrorismo yihadista es de naturaleza legal. Los poderes que tiene el presidente norteamericano y su capacidad de sustraerse a controles jurisdiccionales en un contexto de guerra nada tienen que ver con la fiscalización a la que tendría que someterse si se tratara a los terroristas como criminales bajo el imperio de la ley. De entrada, Guantánamo no existiría. Tampoco tendría el Pentágono protagonismo alguno, ni podrían justificarse intervenciones militares o el multienvío de ‘asesores’ militares por toda África. La guerra proporciona estas prestaciones y algunas otras más.

Tal vez estemos pensando que en una guerra declarada contra el terrorismo tanto EE UU como Reino Unido han diseñado una estrategia concreta y profesional de contrapropaganda y guerra psicológica en cooperación con democracias que, como la española, constituyen un espacio preferente de reclutamiento, asentamiento y comunicación yihadista. Tal vez estemos pensando que, como durante la guerra del mundo libre contra Hitler, el Reino Unido fue especialmente activo y creativo en el diseño de estrategias de contrapropaganda psicológica frente al nazismo en los territorios ocupados, también estarán involucrados en los mismos esfuerzos en la guerra (¿erradamente?) declarada contra el yihadismo. Tal vez todo ello se esté haciendo y nadie lo sospeche por la evidente componente secreta de estas actividades de inteligencia. Tal vez sí, tal vez no.