Comunicarse: necesidad biológica

El lenguaje es un virus que ha venido del espacio exterior, proponía William S. Burroughs. En realidad no hay que salir del planeta para encontrar el origen, pero no deja de ser fascinante ver cómo los humanos aprendemos a comunicarnos. Lo vivo estos días a través de mi hijo de 4 años, que está iniciándose en la segunda fase del proceso: leer y escribir. Aquí en el Reino Unido esto se enseña con el sistema llamado Phonics, basado en familiarizarse poco a poco con los grafemas que representan cada uno de los más de 40 fonemas que tiene el inglés. Semejante, por lo que tengo entendido, a cómo se hace en otros lugares. Un experimento llevado a cabo en la Universidad de Marsella, y publicado recientemente en la revista Science, sugiere que el cerebro sabe usar caminos más directos para lanzarse a la lectura.

El doctor Jonathan Grainger y su equipo enseñaron 8.000 combinaciones de cuatro letras a unos babuinos. La mayoría eran asociaciones aleatorias y solo 500 correspondían a palabras reales. Si apretaban un botón cuando el ordenador les presentaba una de estas palabras, los monos recibían una recompensa. Tras un mes y medio, ya los reconocían el 75% de las veces. Hay que pensar que los monos no sabían el significado: a pesar de no poder asignarle un concepto o una cadena de sonidos, como hacemos nosotros, eran capaces de identificarlos. Es decir, el lenguaje no tiene nada que ver. Las palabras se pueden recordar por sus formas y sus partes, como si fueran objetos. Si incluso unos parientes lejanos como los babuinos saben hacerlo, a nuestras crías no les debería costar mucho.

¿Estamos desestimando entonces nuestra capacidad visual de aprender a leer, en favor de un sistema innecesariamente complicado? Cuando empezamos a hablar, asociamos sonidos a una imagen. ¿No podríamos hacer lo mismo con grupos de letras? Si los niños acaban reconociendo la morfología de una silla, también deberían ser capaces de distinguir los seis signos que juntos forman su nombre.

Un argumento en contra es que hay tantas palabras en un idioma que un proceso así sería poco práctico. Pero dicen que alguien de nivel universitario solo sabe unas 20.000, las mismas que se ha calculado que Shakespeare usó en sus obras. De hecho, se considera que si conoces 15.000 palabras puedes entender el 98% de los textos escritos en inglés y que un nativo habitualmente solo usa unas 3.000 para comunicarse. Si un mono puede identificar medio millar en cuestión de semanas, ¿hasta dónde podría llegar un chaval de párvulos?

Puede que este debate en el fondo no sea relevante y que los humanos tengamos la habilidad de aprender a leer y escribir independientemente de los métodos que se empleen, casi como si fuera una necesidad orgánica. Lo demostraría el hecho de que cada país utiliza su sistema, radicalmente diferente en algunos casos, y al final los resultados son los mismos. Recordemos que los diarios hablaban hace unos días de una maestra andorrana que había sido expulsada de la escuela porque sus alumnos ya sabían leer y empezaban a escribir, actividades que no están incluidas oficialmente en el currículo de P4. En cambio, esto es precisamente lo que ha estado aprendiendo mi hijo este año. Mientras en Andorra consideran que a esta edad no están preparados para ciertos retos, aquí han creído que era el momento oportuno. ¿Serán menos diestros con las letras los andorranos que los británicos por culpa de eso? Es poco probable.

No es extraño que el lenguaje se infiltre en nuestras mentes con independencia de las puertas que le abrimos. Sería imposible imaginar los progresos de la humanidad sin este intercambio de ideas. Se cree que nuestros cerebros se abrieron al lenguaje a la vez que las manos aprendían a hacer herramientas. Por lo tanto, hay un sustrato físico que nos condiciona.

Podría ser en medida responsable un gen llamado Foxp2, que el año pasado se descubrió que favorece las conexiones entre neuronas. La capacidad de comunicarnos es, pues, fruto de unos cambios biológicos, aunque las lenguas sean un producto de la cultura. Y para cerrar el círculo, el lenguaje también modifica el cerebro. Según el último estudio sobre el tema, publicado hace solo unos días, los que dominan dos idiomas son más hábiles a la hora de bloquear el ruido de fondo y distinguir la voz de quien les habla, e incluso podrían ser más refractarios a las demencias.

El lenguaje es el cemento de la sociedad, pero además nos permite acceder a un grupo de mundos reales y ficticios que nuestras mentes construyen solo con palabras. Gracias a él podemos también condensar sentimientos indescriptibles en unos cuantos versos, el mismo Shakespeare era un maestro de esto, o incluso resumir las frustraciones de una vida con una sola palabra, como el moribundo Charles Foster Kane hizo con su «rosebud». Hemos de agradecer a la evolución que nos haya forzado a inventar una cosa tan bonita.

Salvador Macip, Médico e investigador de la Universidad de Leicester.

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