Con el debido respeto

Por José Luis Zubizarreta (EL CORREO DIGITAL, 23/09/06):

La lección magistral que Benedicto XVI impartió hace unas semanas en su antigua Universidad de Ratisbona contiene una profunda reflexión sobre asuntos que, aunque parezcan estrictamente teológicos, tienen mucho que ver con preguntas que interpelan al hombre moderno en ámbitos importantes de su vida. La disertación versó sobre el concepto cristiano de la trascendencia de Dios, la relación entre razón y fe, el encuentro entre helenismo y cristianismo, los límites del racionalismo cientificista y la posibilidad de un diálogo racional entre el mundo de la ciencia y el universo de la religión. Alejado del estilo formulario y estereotipado que es propio de los documentos papales, la lección de Benedicto XVI reflejó la personalidad de una mente versada en el manejo de los temas académicos, que no puede ser otra que la del propio teólogo Ratzinger. Nos encontramos, pues, ante una reflexión seria que invita a un debate que merezca ser adjetivado con el mismo calificativo.

Aceptando, pues, esa invitación, y confiado en que quien a tantos ha censurado admita, también él, la censura, me atrevo a proponer en este breve artículo una doble crítica que pretende ir más allá de la coyuntura y afecta tanto al enfoque global de la disertación del Papa como a sus contenidos de fondo.

Por lo que se refiere al enfoque, Benedicto XVI ha errado, en mi opinión, al desarrollar su tesis sobre los citados aspectos de la fe cristiana en contraposición al tratamiento que a los mismos daría la religión islámica. La cita de Manuel II Paleólogo, lejos de ser una alusión colateral a una polémica medieval, constituye, por su posición introductoria en el discurso y por la reiteración con que, a modo de ‘leit-motiv’, se insiste en su idea principal, el trasfondo sobre el cual se proyecta luego toda la disertación papal. El Pontífice se toma el trabajo de contextualizar las palabras del emperador bizantino, dedica cuatro párrafos a desarrollar su pensamiento, dice tomarlo como «punto de partida» para sus reflexiones y vuelve varias veces sobre la idea central del pasaje que tanta controversia ha desatado: «No actuar según la razón es contrario a la naturaleza de Dios». El error que comete Benedicto XVI no se limita, por tanto, a la inoportunidad de una cita en la que se vincula violencia e islam, sino que toca una cuestión de fondo al presentar como contrapuestas dos concepciones -la cristiana y la islámica- de la trascendencia de Dios.

Para contraponer tales concepciones, el Papa utiliza las palabras de un polemista del siglo XIV, que se encuentra precisamente, según el Pontífice explicita, en una situación de asedio por parte de los otomanos. Congela así, en un momento concreto de la historia del islam, lo que para éste ha sido un punto controvertido de su teología, y lo da además por sentado en virtud de la interpretación que de ese preciso punto hace un adversario. El islam queda así definido, en la mente de quien sigue el discurso de Benedicto XVI, como una religión en la que la trascendencia de Dios se concibe de una manera tan radical que no da cabida ni a la aproximación analógica a la divinidad ni a su más mínima comprensión racional. El Dios islámico, en contraposición al cristiano, sería un Dios desvinculado de toda racionalidad y, en consecuencia, arbitrario.

Y, sin embargo, Benedicto XVI habría podido construir su discurso en compañía del -en vez de en contraposición al- islam. Podría haber recurrido para ello, en lugar de a la visión reduccionista que de éste ofrece un enemigo acosado como Manuel II Paleólogo, a pensadores islámicos que, a lo largo de la historia, se han preocupado de las mismas cuestiones que el Papa abordó en su disertación de Ratisbona. A mano tenía, entre otros, el ejemplo del cordobés Averrores, quien, un par de siglos antes que el emperador bizantino y con mucha mayor solvencia que él, disertó precisamente sobre la trascendencia de Dios o la relación entre fe y razón, o sobre el concepto mismo de analogía, en unos términos que Benedicto XVI podía haber hecho tan suyos como propios de su pensamiento los hicieron los mejores teólogos cristianos de la Edad Media. Incluso uno de los puntos centrales de la disertación del Papa, el de la interacción entre filosofía griega y cristianismo, podría haber encontrado su mejor punto de apoyo en este mismo pensador islámico, que recuperó para el pensamiento occidental el legado perdido de la tradición helénica.

Si de este modo alternativo hubiera procedido, Benedicto XVI podría haber trasmitido el mensaje de que el esfuerzo de racionalización de la fe ha sido común, en algunos momentos de la tradición, al cristianismo y al islam, y que, si en este último se vio abortado por circunstancias de la historia, ello no implica la imposibilidad de que sea retomado en el futuro, de modo que ambas religiones puedan reencontrar en la razón el espacio desde el que entablar un diálogo productivo. Pero el Papa, en vez de en Averroes, prefirió fijarse en el Paleólogo. De ahí que lo que podría haber sido una invitación fraterna para que el islam retome aquel esfuerzo hace tiempo interrumpido se haya convertido en nueva fuente de polémica.

Por lo que se refiere a la crítica de contenidos, Benedicto XVI, en su loable empeño por cohonestar razón y fe, recurre al encuentro que desde el principio se produjo entre la predicación cristiana y la filosofía griega. Pero, al hacerlo, peca, en mi opinión, de exceso. Pensamiento helénico y fe cristiana quedan en su lección tan inextricablemente unidos que parecería contrario a la segunda desligarla del primero. Así, lo que para muchos no es sino una contingencia histórica -el acercamiento entre la fe bíblica y la filosofía griega- es presentado por el Papa como una «necesidad intrínseca». A favor de su tesis, el Pontífice busca evidencias cuyo carácter probatorio sólo puede ser aceptado por la subjetividad de quien las interpreta. Porque ni la versión veterotestamentaria de los Setenta ni el hecho de que el Nuevo Testamento fuera redactado en griego ni la invitación del macedonio para que Pablo predique en su tierra ni la cuestionable identificación del ‘logos’ de Juan con la ‘razón’ helénica ni la definición bíblica de Dios como ‘Yo soy’ servirían, en el mejor de los casos, para probar nada que vaya más allá de la facticidad de un encuentro entre dos culturas. Desde luego, nada que guarde relación, como parece deducirse del discurso papal, con una especie de predestinación mutua al encuentro ni, desde luego, con una supuesta indisolubilidad del vínculo que de aquél habría surgido.

Este exceso en la valoración ‘teológica’ del encuentro entre helenismo y cristianismo corre el riesgo de enfeudar la fe cristiana a una cultura particular y de encerrarla en un ‘eurocentrismo’ que contradiría su vocación universal y disminuiría su capacidad de difusión. Tiende, en definitiva, a confundir cristiandad con cristianismo. Es innegable que cristianismo y helenismo han trabado, a lo largo de la historia, una sociedad enormemente productiva en muchos ámbitos de la actividad humana, y que el balance de las contribuciones que se han hecho el uno al otro resulta tremendamente equilibrado. Pero de ahí a la identificación entre ambos hay un trecho que, si se recorriera, haría del cristianismo el perdedor. En el planteamiento de Benedicto XVI se escuchan en exceso los ecos de las controversias que el cardenal Ratzinger mantuvo en su día con los teólogos que se arriesgaron a razonar sobre el pluralismo cultural y la inculturación de la fe cristiana. En tal sentido, los recelos frente a los diversos procesos de ‘deshelenización’ del cristianismo que se han dado en la teología occidental están todavía demasiado vivos en su lección de Ratisbona.

Frente a este planteamiento, uno tiene el derecho a preguntarse si lo verdaderamente original y originario del cristianismo no reside precisamente en su ‘desarraigo’ respecto de cualquier hecho cultural y si una de las tareas del teólogo y del cristiano no consiste, por ello, en depurar permanentemente su fe de las adherencias que, de aquí y de allí, le han sobrevenido a lo largo de la historia. A favor de este derecho uno podría alegar, con mayor fuerza probatoria que las citas a las que recurre el Pontífice, la sentencia con que Pablo dirimió el conflicto de los judaizantes: en lo que a la fe cristiana respecta, «no hay judío ni gentil, ni griego ni bárbaro».