Con el Estatut, sin complejos

Por Oriol Bohigas, arquitecto (EL PERIÓDICO, 12/10/05):

Empieza un año muy duro en la lucha para la aprobación final del Estatut. Tendremos que aguantar insultos, groseras desconsideraciones, gestos ordinarios de la derecha vieja y de la no tan vieja, amenazas y gritos contradictorios como los que nos califican de indeseables y a la vez reclaman nuestra permanencia para sustentar “la unidad de la patria”. Nos quieren tanto que no nos dejan marchar y nos quieren tan poco que no aceptan nuestras identidades. Esta lucha deben dirigirla, evidentemente, los cuatro partidos catalanes, juntos y en concordia. Lo harán, estoy seguro, y lo harán bien, sin disputas. Pero para una eficacia radical debemos contar con tres condiciones que podemos considerar estratégicas: que los partidos mantengan una firme unidad de ideas y de gestión; que los ciudadanos y políticos, sin complejos, estén convencidos de que el éxito final es justo, exigible y alcanzable, y que todo el pueblo de Catalunya dé su apoyo de forma continua y ostensible.

La unidad de los partidos y los gestores dialogantes. La más pequeña grieta puede ser letal. Tiemblo al oír algunos de nuestros socialistas hablando sobre posibles correcciones o cuando llegan alusiones directas o indirectas de gente del PSOE. Sólo me tranquilizo cuando Maragall lo corrige con ambigüedades esperanzadoras. Estas posibles grietas darían oportunidad a las cuñas demoledoras de los enemigos. No basta con una gestión directa unitaria –De Madre, Carod y Mas–; es necesario que desde los cuatro partidos no den pistas de debilidad con las opiniones, a menudo inconsistentes, de algunos cargos representativos y algunos conspicuos militantes. No hay que dudar. Defendamos sólo un texto: el Estatut aprobado en el Parlament por una mayoría indiscutible.

La superación de los complejos negativos. Que el texto aprobado por el Parlament es justo, exigible y alcanzable me parece evidente. Y todo el mundo debería entenderlo así, especialmente los que deben llevar las negociaciones con firmeza y sin dudas iniciales, sin los complejos que tan a menudo salpican la política catalana en momentos difíciles. Estamos en una buena situación: debemos creernos las promesas formuladas por Rodríguez Zapatero y debemos tener en cuenta que un fracaso o un recorte esencial comportaría un desprestigio de los socialistas –y especialmente de Maragall y Zapatero– con graves consecuencias electorales en Catalunya y, por lo tanto, en los porcentajes de las votaciones españolas. Una mayoría como la obtenida en el Parlament de Catalunya no puede ser rechazada sin pagar por ello un elevado y decisivo precio. No es ni comparable con el caso del plan Ibarretxe, para el que la mayoría de apoyo fue claramente escasa. Pero hay otro hecho importante: la dificultad –o casi imposibilidad– de aprobar las enmiendas que el PSOE pueda presentar al Congreso si no cambian mucho las circunstancias. El PP va a votar desde el principio en contra y no creo que pueda entrar en la discusión de las enmiendas si no son a la totalidad. Entonces, atendiendo a la composición de la Cámara, sólo podrán ser aprobadas por el PSOE con el voto a favor de los partidos catalanes. Ya sé que puede haber un pacto PSOE-PP, pese a contradecir la normal estructura de los debates parlamentarios, pero lo veo difícil y de graves consecuencias. Por lo tanto, los partidos que deben defender el texto actual tienen muy buenas cartas en la mano, unas cartas que deben saber jugar con firmeza si quieren pactar una solución. Muchos de estos complejos se amparan en el miedo a los argumentos de la inconstitucionalidad que los conservadores manipulan tan fácilmente. Creo que todo ello es una trampa. Primero, porque tras tantos usos contradictorios del texto de la Constitución no creo que no sean válidas unas interpretaciones menos literales. Segundo, porque sería un acto antidemocrático interpretarla como una orden estricta bajada del cielo como la antigua justificación de la realeza de por la gracia de Dios. La Constitución debe ser, por el contrario, el resumen de las distintas demandas de los diversos pueblos que constituyen el Estado.

Es un documento que, en las actuales circunstancias, debe nacer desde abajo y no desde arriba, en un proceso inductivo y no simplemente deductivo. Si algún episodio de este proceso inductivo presenta pequeñas contradicciones formales, los técnicos deben hallar un sistema de corrección simultánea o de espera comprometida. Y no creo que eso se produzca si hay la adecuada comprensión sobre cuáles son las auténticas formas democráticas. Quizá será el buen camino para dejarse de eufemismos y proclamar un Estado federal o confederal.

El apoyo popular. Finalmente, todo esto debe ser entendido por el pueblo de Catalunya. Y debe hacerlo suyo con optimismo y exigencia, sin contentarse con perspectivas victimistas. Debe apoyar todo el proceso, mientras los políticos discuten, y debe hacerlo desde la calle, las tribunas más reconocidas, los medios de comunicación. Sería penoso que en Madrid notaran una indiferencia popular. Y peor aún si adivinaran la aceptación mansa de los recortes, acompañados de los habituales desprecios a los que el país se ha acostumbrado durante siglos. El Govern y los partidos deberían fomentar la organización de campañas que expresaran en la calle la autenticidad de esta mayoría del 90%. Así es como veo el panorama de la temporada que empieza. Con optimismo quizá un poco exagerado. Pero aunque fuera exagerado, me gustaría mantenerlo como una manera, en sí misma, de dar apoyo a uno de los objetivos hoy más importantes de la política catalana.